Tarde de locura


Autor: Mario Sorní

Fecha publicación: 09/01/2023

Certamen: II Certamen

Resumen


Un tranquilo profesor de música es invitado a acompañar a su sobrino a su entrenamiento de futbol. Y la tarde, su tarde de descanso, se convierte en una tarde de locura.

Relato

Soy poco de fútbol, más bien nada de fútbol. No entiendo esa pasión que mueve naciones y que ocupa horas y horas en los medios de comunicación de todo el planeta. Así que cuando mi cuñado me pidió acompañar a su hijo al partidillo del sábado casi me sale un no, tanto por mis principios como por el niño en sí, que es un tanto inquieto y faltón.

Mientras mis neuronas trabajaban en dar con la excusa apropiada, caí en la cuenta de que ese crío también era sobrino de mi mujer y que ella sentía devoción por la criatura. El “no” tendría consecuencias inmediatas que podían torpedear mis planes para esa misma noche. Ya había reservado en nuestro restaurante favorito, L'Ambroisie, y no quería renunciar ni a su braseado de langostinos con semillas de sésamo, ni a lo de después. Aquellas veladas siempre concluían con una botellita de chardonnay, rematada con algunos arrumacos de los que no podía, ni quería, prescindir. Así que me vi obligado a cambiar el “no categórico” por un “sin problema”, que mi cuñado dio por bueno antes de que hubiera terminado de pronunciarlo.

Un día después, todavía con el regusto del chardonnay en la boca, llegó la fecha del evento. El sol calentaba en pleno mes de febrero y el viento, que llevaba un tiempo levantándome dolor de cabeza, decidió concederme una tregua. Todo parecía pintar bien. Incluso durante el trayecto al centro deportivo me dio por sonreír un par de veces, a pesar de que la primera de mis sonrisas fuera correspondida con una de las expresiones que más le gustaba utilizar al pequeño cabroncete que ocupaba el asiento de copiloto. «¡Chupapollas!», me soltó tal cual. Al menos esta vez no sacó la cabeza por la ventanilla para gritarles eso mismo a cada uno de los coches con los que nos cruzábamos. Ciertamente el chaval parecía algo más centrado, cosa que agradecí.

Una vez dejé al niño en los vestuarios, me dirigí a uno de los corrillos de papás que esperaban el inicio del entrenamiento. Rápidamente entablé amistad con dos afables señores que conversaban sobre un batiburrillo de temas que hilvanaban con sorprendente habilidad. Tan pronto hablaban de política internacional como de nouvelle cuisine, Neflix, o de la madre de un tal Luisito, que por lo visto estaba reventona, reventona, y recién divorciada. De fútbol, para mi sorpresa, se comentó más bien poco. ¡Qué buen rollo!, no era ni mucho menos lo que me esperaba, aunque aquello sólo fuera un espejismo.

El punto de inflexión se produjo en el mismo momento en que el entrenador se puso a repartir los petos: rojos equipo A, amarillos equipo B. Se ve que el amarillo debía combinar muy mal con el resto de la equipación, porque dos de los padres sufrieron una misteriosa transformación en sus rostros y en el tono de voz.

De repente dejaron de verme. No más política internacional, no más mamá de Luisito, ni pestañeos. Sus dilatadas pupilas se centraban en un único objetivo, "el Entrenador", que seguía dando petos, ajeno al volcán que estaba a punto de estallar.

—No me jodas, ¿otra vez ese jodido peto amarillo? —espetó uno—. No tiene ni puta idea. Este tío es tonto de cojones. Ya te dije que la tenía tomada con mi chaval. Ya es la tercera vez que no es titular...
—Pero si solo hay que ver cómo anda. Es maricón seguro —prosiguió otro—. Pero a mí que no me caliente más, que hoy no le paso una. Así no remontamos, que no, que no ganamos un partido. Y encima me pone al chaval en el extremo derecho. Que es zurdo, ¡so gilipollas!...

Tan incontestables argumentos se sumaban a un vocerío in crescendo, que se multiplicó con el inicio del partidillo. Nunca había escuchado tal amalgama de improperios, en el que destacaban términos como polla, maricón, puta, pichafloja y otros que dificultaban a los jugadores entender las indicaciones del entrenador.

—Ni puto caso hijo, escúchame, ESCÚCHAME A MÍ... ¡DALE FUERTE! Y si se te escapa, ya sabes, donde pilles, pero que no pase. Tienes que hacer que te respeten, que no digan de ti que eres maricón como ese entrenador que tienes.
—Qué cojones te están enseñando! Pero cámbiate de banda que esa no es la tuya. Menos tiki-taka y más profundidad. La madre que te parió, dale, ¡DALE!

Como era mi primer día de entrenamiento —y tenía grabado a fuego aquel dicho que decía, «donde fueres haz lo que vieres»— intenté ponerme a la altura de las circunstancias y de lo que este deporte, por lo visto, exigía. Y la verdad es que no me costó mucho. Empecé tímidamente con alguna palabra malsonante que no destacaba del murmullo general. Pasados diez minutos mis cuerdas vocales escupían veneno. Y antes del descanso era uno más del grupo. Tan saturado estaba de esa locura colectiva que no tardé en explotar…Una fuerza irrefrenable me impulsó a saltar al campo después de que a mi pequeñín le empujaran tras un saque de esquina. El pobrecito se cayó de culo manchándose los calzones. Indignante, aquello era una agresión evidente que no se podía tolerar.

Aunque mi sobrino parecía tener experiencia en técnicas de autodefensa y respondió con una sucesión de patadas dignas de Bruce Lee, decidí, puesto que ya me encontraba en el césped, echarle una mano. Entre gritos y aspavientos corrí poseído detrás del agresor, que para ser alevín era jodidamente rápido. A media carrera, boqueando como un pececito, observé que a mí también intentaban alcanzarme, y que a su vez mis perseguidores también eran perseguidos. De tal forma que en un periquete la grada entera estaba corriendo en círculos entre jadeos, tacos, y algún parón para recuperar el aliento.

Después de la tercera vuelta reflexioné al respecto y me pregunté qué puñetas estaba haciendo. Estas cosas jamás me habían sucedido con mis alumnos del conservatorio. Desde siempre he sido más de música y danza clásica, pensaba, al tiempo que alguien muy bajito me mordía la pierna con la clara intención de llegar al hueso.

Si el mordisco no me transmitía la rabia y salía vivo del envite prometí, cual misionero, dedicar mi vida a la conversión de padres y niños, a sacarlos del abismo de ese sórdido mundo capaz de enajenar las mentes más privilegiadas. Lo tenía claro, calzones y balones, por maillots, tutús y medias puntas, que aparte de transmitir disciplina, esfuerzo y compromiso, sientan la mar de bien y ayudan a estilizar la figura, y todo ello sin riesgos añadidos.