EN SOBRE MARRÓN


Autor: MARGARITA

Fecha publicación: 19/01/2023

Certamen: II Certamen

Resumen

Historia del transporte entre zona rural y urbana años 60 en la isla de Gran Canaria. Cómo periodista y fotógrafos hacían llegar a la redacción del periódico sus crónicas desde la zona rural hasta la capital. Y cómo se mezclaba esto con el turismo y las condiciones de transporte.

Relato


En sobre marrón.
La máquina de escribir sobre la mesa de formica celeste hacía un ruido espantoso en mitad de la madrugada, más cuando en la frutería de abajo aún reinaba el silencio. Santiago cogió los folios con garra. Llevaba sin darse cuenta un cigarro en la boca. Satisfecho de acabar el artículo a tiempo, apagó la luz blanca, salió cerrando la puerta de la cocina con máximo cuidado para no despertar a su familia. Disfrutó del silencio acogedor en la azotea, respiró, cerró sus ojos, olió a laurel, a brezo, a helecho. Descansó dos horas exactas. Como si hubiese dormido toda la noche a pierna suelta, a las seis se levantó para dar clases. En aquel entonces aún no le daba para vivir dignamente sus crónicas. Compaginaba periódico, y colegio del estado. Preparó una taza de leche tibia, se fumó un cigarro mirando por la ventana, recordando el sonido de tambores y caracolas de ayer. Miró a su vecina descargando cajas de verduras y frutas e intuyó en su rostro el cansancio de quien se levanta a trabajar cuando todos duermen.
Despidiéndose de su familia con ternura, metió el artículo en un sobre arrugado. No le hacía falta reloj, llegaba puntual a la parada del “pirata”. Allí estaba siempre Nino, el cobrador, con su mono azul, que con tan sólo trece años, recomendado por un amigo de su padre se colocó a trabajar. Nino se sentía orgulloso de su trabajo, lo procuraba hacer con la máxima diligencia. Se pasaba repetidamente la palma de la mano abierta por la lengua para llevarla mojada hasta su fleco rebelde que intentaba aplastar una y otra vez. Ignoraba qué contenía aquellos papeles que el maestro le daba cada lunes. No sabía leer lo que estaba escrito en aquel sobre: Artículo de Santiago Betancor Brito, Eco de Canarias, Fiesta de la Rama, Auténtica romería votiva en la localidad norteña, 16 de septiembre de 1968. Santiago con los nervios a flor de piel, boca cerrada y dientes apretados, miraba de izquierda a derecha ladeando la cabeza con rapidez, sacó su caja azul de Rothmans y fumó. Había quedado a esa hora con Paco, se retrasaba. Era el fotógrafo con el que el día anterior hizo el recorrido entre Vergara y la iglesia. Compartían reportajes pero a Santiago le ponía de los nervios su impuntualidad. Era el mejor de la zona. Cuando por fin llegó y le dio las fotos, Santiago en silencio las metió en el sobre marrón con sumo cuidado, depositándolo después en manos de Nino junto con una perra. Para Nino era la mejor propina de la semana. Para Santiago era el mensajero fiel de sus crónicas. El “pirata” era como aquellas palomas mensajeras, empleadas para ponerse en contacto con la capital o para traer hasta el norte el resultado de los partidos de la Unión Deportiva.

La furgoneta, mitad verde mitad blanca, llegó cargada con contenedores metálicos de leche, gallinas vivas en jaulas de alambre y madera, cestas de pescado y una sueca que había pasado unos días en el balneario. Aquel viaje fue más largo de lo habitual, justo cuando bajaban Silva el palo largo y fino que era la palanca de cambio se salió. El chófer le gritó a Nino que iba a necesitar su ayuda para no volcar, que soltara peso porque llevaban demasiado. Decidieron soltar las cajas con las gallinas para que el siguiente turno las recogiera. Nino tuvo que ir ayudando al chófer agarrando con toda su fuerza la palanca. Al ocupar ambas manos se puso de mal humor porque los flecos ya no le lucían aplastados. Mientras, el chófer sudoroso mantenía el volante como si estuviera sosteniendo la vida. Relajada y tostada venía la extranjera, pero con las curvas y el olor a pescado, a mitad de camino la piel se le tornó lila. No pudo más. Intentó sacar a tiempo la cabeza por la ventana alta pero no le cabía, vomitó dentro.
Nino, cumplidor devoto de sus recados, nada más poner un pie en la capital, apurado buscó al destinatario, el director del periódico, que le esperaba en el terreguero donde finalizaba el trayecto norte. Lo encontró, le entregó el sobre de Santiago, pero con alguna gota salpicada de la extranjera y con varias horas de retraso.