AZUL TURQUESA


Autor: INA

Fecha publicación: 02/03/2022

Relato

Azul turquesa

La ascensión, para una subida como esa, ha sido relativamente cómoda. Luego, al llegar al mirador del Estany de Sant Maurici, las vistas eran espectaculares. Sobre todo el lago, de un color azul turquesa muy delicado. Cuando hemos llegado, esperaba que me rodeara el hombro con su brazo y que juntos, delante del panel, nos dedicáramos a emparejar los picos que aparecen señalados con lo que estábamos viendo. O, simplemente que nos dejáramos llevar y nos sintiéramos felices por formar parte de aquella escena. En lugar de eso ha quitado la tapa al objetivo de su cámara y se ha dedicado a buscar encuadres. Diría que ha visto el paisaje a través del visor. Ni siquiera me ha dado un beso. ¿Qué sentido tiene subir hasta el techo del mundo y no besar a tu novia? No puedo entenderlo. Media hora larga cerca del Paraíso y casi ni me ha dirigido la palabra. Me gusta esa pasión que tiene por la fotografía, pero en su medida y a su tiempo. Diría que quiere a su réflex más que a mí. Ha estado todo el rato sacando fotos y respondiendo con monosílabos a mis preguntas. Podía haberme bajado sola y hubiera tardado en darse cuenta. Y eso que, estoy segura de que para él era un día muy señalado. Cuando volviéramos a su casa iba a sacar la cajita que le había visto esconder en la guantera y, en un momento u otro, iba a pedirme matrimonio. Él es así. Suele tener esos detalles. Seguro que los saca de alguna peli romántica de esas a las que es tan aficionado. No estoy muy convencida de que la escena de imaginarle hincando la rodilla en tierra, ofreciéndome un anillo, termine de gustarme.
Nos hemos entretenido tanto arriba que luego le han entrado las urgencias. Desconozco exactamente para qué. A Simón le gusta hacerse un mapa horario del día y luego intenta ajustarse a él. Me lo ha hecho saber, de manera literal, en más de una ocasión. Supongo que, según su plan, el que fuese, íbamos con retraso. De modo que, al bajar, se ha empeñado en caminar a mi espalda. Acercándose demasiado para meterme prisa. Se ha inventado la excusa tonta de que estando detrás de mí, podía protegerme. Como si fuera una niña pequeña. Yendo tan cerca, un paso por detrás, he caminado todo el rato con la aprensión de que estaba a punto de pisar el talón de mi zapatilla y descalzarme. No sé si el lugar que ocupábamos ha importado en lo que ha sucedido después. Qué más da. Nadie sabe lo que hubiera pasado si él hubiera ido delante. O si hubiéramos estado caminando a la misma altura. El caso es que al final de la pista, junto al punto de información, ha aparecido aquel chico con el perro. Nada más verlos, me he asustado. El animal tiraba tan fuerte de la correa que era inevitable sentir miedo pensando en que pudiera soltarse y abalanzarse sobre nosotros. Cuando ha ocurrido, he gritado. No he visto otra cosa que una gran cabeza cuadrada y el pecho ancho y negro de aquella bestia abalanzándose sobre mí. Soy tan menuda que me ha tirado al suelo solo con su impacto. Cuando iba a hacer una segunda embestida y clavarme los dientes, Simón ha sido muy generoso y se ha interpuesto. Es tan corpulento que he pensado que con eso sería suficiente para detener el ataque, pero todo ha sido un amasijo de gritos y de sangre. Estaba tan impresionada que casi no he sido consciente del peligro que corría. El muchacho ha tardado demasiado tiempo en sujetar al animal. Justo cuando lo ha conseguido, han aparecido esos excursionistas y el perro y su dueño han desaparecido. Enseguida han venido a atendernos. Las mujeres me han preguntado cómo me encontraba y han tratado de calmarme, mientras los hombres se han quedado con Simón. He visto cómo llamaban con el móvil y cómo uno de ellos se quitaba la camisa para hacerle un torniquete. No he podido parar de llorar. Finalmente me he calmado un poco. He intentado ver cómo estaba él, pero no me lo han permitido. Al cabo de un rato ha aparecido la ambulancia y se lo han llevado. Uno de los sanitarios se ha acercado a preguntarme qué tal estaba. «Apenas un rasguño, nada más», he contestado. Le he dicho que se ocuparan de Simón y he preguntado a dónde le llevaban. Me han dicho que al hospital de Vielha. Me he asustado pensando que podía ser muy grave si no bastaba con un centro de salud. Cuando se han ido me he quedado con los excursionistas que me han acompañado al coche. Por suerte llevaba las llaves del coche de Simón. Es tan metódico que, cuando salimos, siempre me hace llevar otro juego de llaves. Por si pasa algo y es necesario usarlas. Por una vez ha tenido razón.
Me he sentido rara conduciendo su coche. Al principio he intentado circular a la velocidad a la que podía estar yendo la ambulancia pero, enseguida, he abandonado la idea. Más no siendo mi coche. Lo importante es que ellos fueran rápido, y pudieran atenderle a tiempo. Así que he moderado mi velocidad no fuera a ser que, con los nervios, tuviera yo también un percance. Cuando he llegado a la altura del pueblo me he destensado. Durante los primeros kilómetros casi no había coches, iba sola, y he circulado aún más despacio. Quizás es que, de algún modo, no quería llegar. Con el relajo me ha venido el impulso de echar un vistazo a la cajita plateada que había visto esconder a Simón. He abierto la guantera y le he echado un vistazo de reojo. Me ha parecido que era un detalle muy cursi que estuviera rodeada de un lazo rosa. He estado tentada de abrirla, pero me he arrepentido. Luego, me han dado ganas de encender la radio para poder escuchar música sin que, esta vez, nadie me molestara. Le he dado al botón de encendido y había noticias. Enseguida la he apagado. No tenía ganas de andar moviendo el dial hasta encontrar una música que me gustara. Además, la oportunidad que tuve en el viaje de ida de escuchar a Janacek, se había pasado ya. Es muy difícil que lo pongan en una radio comercial. En cualquiera, diría yo. Así que cuando reconocí que era él, pedí a Simon que se callara un momento. Que era la pieza que más me gustaba, le dije. El molto adagio de Entre la bruma, es algo sublime. Subió un poco el volumen, pero siguió parloteando por encima del sonido del piano. Hay cosas que solo se pueden hacer en el más estricto silencio. Mis padres lo sabían y me ponían unos caramelos pelados encima de la falda cuando me llevaban a un concierto. Por si me daba la tos. No entendió lo que esas notas significaban para mí. Era un momento para disfrutar con los ojos cerrados, pero no lo percibió. Acepto que no le guste esa música. Tampoco es necesario. Hubiera sido suficiente con que tuviera la intuición de darse cuenta de qué es lo que de verdad me importa. Y entonces, tomarme de la mano y callar. Eso nos hubiera unido. Si no hablas el mismo idioma, el respeto por el otro también puede ser un modo de comunicarse.
Al llegar al hospital, en lugar de ir a recepción he preferido entrar en la cafetería. Necesitaba tiempo. Para recapacitar con calma sobre el sentimiento de gratitud que tenía porque Simón me hubiera salvado del ataque del perro. Y también para pensar en sus mapas horarios y su falta de sensibilidad por la música. Le he dado vueltas a sus detalles románticos que no estoy segura de que me gusten. A sus magníficas fotos, y a la obsesión por hacerlas a todas horas. Y me he dicho a mi misma que no era necesario que fuese de inmediato a ver cómo estaba. Que seguramente todavía estarían atendiéndole en urgencias y, de todos modos, no podría verle. Así que me he tomado un café y he pedido un sándwich. Y me he demorado en masticar cada bocado. Al terminar he ido a la tienda de regalos y he buscado qué comprarle, para que estuviera entretenido durante su convalecencia. He escogido un par revistas con recetas de cocina y otra de Historia. Le gustan esos temas. Procuraré no estar presente cuando las lea. Para evitar el ruido denteroso que hace al pasar las hojas con exceso. Le he cogido también unas pastillas de menta. Después de pagar, me he dirigido al mostrador de ingresos y he preguntado por él. Me han dicho que acababan de llevarle a una habitación. He tenido que atravesar varias galerías hasta dar con ella. El suelo, las paredes, las luces, todo brillaba. Tan luminoso y aséptico que era casi imposible imaginar que hubiera dramas de personas enfermas en el interior de las habitaciones. O en la gente que caminábamos por los largos pasillos. Por fin, he llegado frente a su puerta. Me sentía agitada. Me ha costado identificar por qué. Quieta, mi respiración se ha calmado y lo he ido averiguando. Inmóvil ante su habitación, he deseado con todas mis fuerzas que estuviera bien. Que no fueran más que heridas leves. Por él. Porque es una buena persona que no merece que le suceda nada malo. Y también por mí. Porque si estuviera muy malherido, me sería imposible rechazar el anillo que se esconde dentro de su cajita plateada. Cuando lo he tenido claro, he decidido no aplazar más el momento, y he entrado. Simón estaba inconsciente, seguramente sedado. Unas vendas casi le tapaban la cara. Tenía una bolsa de sangre unida a su brazo izquierdo y estaba conectado a un respirador. Varias pantallas de color turquesa no paraban de emitir gráficos. Me ha dado pena que tuvieran el mismo color que el del Estany. En el vacío de la habitación, unos exasperantes pitidos rítmicos atronaban. En ese momento han entrado varias personas con batas blancas. Una de ellas, un hombre, al verme, me ha preguntado:
—Perdone. ¿Quién es usted?
Y, fingiendo una emoción que no sentía, he respondido:
—Soy su prometida.