Una reliquia de la era glaciar


Autor: Paola Fibestra

Fecha publicación: 03/03/2022

Relato

El señor que aparece en la fotografía es tu bisabuelo, dijo mi madre mientras yo contemplaba una antigua foto, en la que aparecía un señor rodeado de altos pinos. El retrato colgaba de la pared y prácticamente quedaba oculto por unos antiguos utensilios de madera utilizados para hacer queso, que se amontonaban sobre una mesa.
Mientras mi madre iba empaquetando todo, antes de que llegasen los compradores de la casa, yo descolgué aquella foto para verla mejor. De repente, algo que estaba pegado a la foto, cayó al suelo. Desdoblé aquel papel y encontré un mapa muy simple de Espot dibujado a mano, en el que venía marcado un punto donde ponía: “Donde su casa hace la de las patas largas y pico grande”. Quizá este viaje no iba a ser tan aburrido como había imaginado, parecía que mi bisabuelo había dejado algo escondido y yo no estaba dispuesta a irme sin descubrirlo. Quedé pensando en el acertijo y no me cabía la menor duda que se refería a donde hacen el nido las cigüeñas. Tenía que tratarse de la torre de la iglesia de Santa Llogaia.
Cogí mi bicicleta y me dirigí hacia la iglesia mientras dejaba volar mi imaginación. ¿Habría escondido mi bisabuelo un tesoro en el campanario de la iglesia?, ¿cuánto tiempo tardaría en encontrarlo?, ¿me haría falta alguna herramienta? Volví a casa y preparé mi mochila con provisiones y algunos artilugios que pudieran serme útiles para sacar el tesoro.
Llegué a la iglesia y subí al campanario. No veía nada. Entonces, empecé a mirar en el nido de las cigüeñas. Encontré un huevo, así que seguí buscando con cuidado para no romperlo. Nada, allí no había nada. Cuando me fui a levantar me golpeé la cabeza con algo muy duro. Miré hacia arriba y vi que en la campana estaba grabado un mensaje que decía: “Encima del río me verás, y si te atreves, muy seguro por encima pasarás”. En lo primero que pensé fue en el puente románico sobre el río Escrita. ¡Allá vamos!
Según me acercaba al puente, iba pensando en ese tesoro que tanto quería encontrar, cuando de repente tropecé y me caí de la bici. Me levanté malhumorada y le pegué una patada a la piedra con la que había tropezado, pero esta no se movió, por tanto decidí utilizar mis herramientas para quitarla del camino. Conseguí desenterrarla y en el momento que estaba a punto de lanzarla con todas mis fuerzas, me di cuenta de que había una inscripción. ¡Había encontrado otra pista!
Tenía que bajar al río para limpiar la piedra y poder leer lo que ponía. El mensaje decía así: “De origen glaciar y nombre santo, te puedes reflejar y dar un baño”. Eso iba a hacer yo, darme un baño en el río, a ver si me despejaba un poco y descifraba el acertijo.
Mientras me bañaba, vi un cartel con indicaciones para ir al lago de Sant Maurici. Entonces, se me encendió la bombilla, esa era la respuesta de mi acertijo. Tenía que llegar al lago, pero ponía que estaba casi a ocho kilómetros. Sería mejor que merendase para coger fuerzas y poder llegar hasta allí. Me senté a la orilla del río y mientras lanzaba piedrecitas al agua, me comí el bocadillo y bebí el zumo de manzana que llevaba.
Comencé el camino hacia el tercer punto de mi recorrido, y al poco tiempo encontré a un señor que me dijo que pronto iba a anochecer. Me preguntó a donde iba y si era del pueblo, a lo que le respondí que iba al lago Sant Maurici y que no era del pueblo, pero que mi bisabuelo había nacido allí. Hablando un rato con él, resultó que le conocía. Cuando él era pequeño, su padre tenía vacas y le llevaba la leche a mi bisabuelo, para que hiciera queso. Me despedí y seguí mi camino.
Después de más de una hora pedaleando sin parar, llegué al lago. Era un paisaje precioso y muy extenso, pero ¿por dónde empezaba a buscar?, podía estar en cualquier sitio. Estaba tan cansada de la ruta en bicicleta, que me senté en la orilla del lago a contemplar el paisaje mientras descansaba un poco. No podía perder mucho tiempo, tenía que pensar donde podría haber escondido mi bisabuelo el tesoro.
De pronto, observé que se reflejaban unas letras en el agua. Miré de dónde podían salir y me di cuenta de que estaban escritas en el tronco de un árbol. Era muy curioso, porque para que se pudieran leer en el reflejo del agua desde la orilla, habían sido escritas de forma inversa en el tronco. Me costó, porque al moverse el agua las letras se veían borrosas, pero logré descifrar lo que ponía: “A la sombra de las gemelas, entre los pinos negros, se encuentra el gran tesoro que canta sordo”. Estaba muy emocionada, ¡por fin nombraba el tesoro!. Estaba claro que las gemelas era els Encantats.
Recogí mi mochila y bordeando el lago me fui acercando a las dos altas montañas. Iba con el corazón a mil por hora, observando cuidadosamente todo lo que había a mi alrededor. Alguna pista tenía que indicarme donde estaba el tesoro, pero no veía nada especial. Me tumbé sobre la hierba intentando conectar con la naturaleza, pensando donde podría estar escondido. Estaba tan cerca y a la vez tan lejos. Me había esforzado mucho en encontrarlo y me hacía tanta ilusión…
Se hacía tarde y empezaba a refrescar. Finalmente, tendría que regresar sin encontrar el tesoro. Me levanté para irme, pero cuando el último rayo de sol pasó entre las dos gemelas, escuché entre los pinos un sonido nuevo para mí. Al ver de dónde salían esos gritos quedé sin aliento. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, mientras observaba boquiabierta aquella hermosa ave que cantaba mirando al cielo, en el mismo lugar que un día mi bisabuelo se tomó la foto que colgaba del sótano.