Quebrantadramaturgos


Autor: Sansón Carrasco

Fecha publicación: 01/03/2022

Relato

Quebrantadramaturgos

En la agencia de turismo para la que trabajo me piden que escriba un texto promocional sobre el Pirineo catalán. La compañía pretende desembarcar allí con paquetes atractivos para el turista sudamericano, en especial para aquél que nunca ha conocido la nieve ni la montaña, como es el caso de quien esto narra, sempiterno habitante de la llanura pampeana. Pues bien, una vista aérea del valle de Espot y su aldea homónima están en el centro de una postal que mi jefe ha dejado junto al teclado para que me “inspire”. Esperan de mí, por supuesto, que escriba un panegírico; salvo que aquí no hay un quién sino un dónde para alabar. Con una sola imagen panorámica debo arreglármelas para contar las bellezas de la región, como si fuera un ejercicio literario, y aunque nunca estuve allí necesito sentir que puedo zambullirme dentro de esta fotografía que observo.
No obstante, hago trampita e investigo en Internet en busca de más datos. Luego de unos minutos conozco este nombre de la fauna local, que me gusta por cómo suena: quebrantahuesos, un buitre con un hábito alimentario muy particular: dejar caer huesos y caparazones desde las alturas para destrozarlos contra las rocas. De allí, por asociación libre, me viene a la memoria la anécdota sobre la manera tan extraña de morir del dramaturgo griego Esquilo: por culpa de un “tortugazo” que cierta águila dejó caer sobre su cabeza, seguramente con el mismo fin quebrantador del buitre que habita el Parque Nacional de Aigüestortes.
Creo vislumbrar un argumento posible para el texto que me han encargado, a quién no le gustaría ver a estas aves en acción... Aunque, bien pensado, citar el dato tanático de una muerte, aunque sea legendaria, bien podría disuadir a algún potencial cliente. ¿Y si el quebrantahuesos le quebrantaba la cabeza mientras vacacionaba? Siempre me ha gustado deslizar algún dato literario en mis textos, y la pintoresca anécdota esquiliana me tienta. No obstante, sé bien que todo turista es un Adán despreocupado que pretende habitar el Paraíso durante dos semanas, y un buitre que suelta “objetos contundentes” (diría un cronista de Policiales) desde las alturas no sería nada tranquilizador para quien sólo levanta la vista si desea contemplar la belleza del paisaje. Quebranta-huesos. La sola palabra inquieta, y supongo que a un esquiador amateur le traerá reminiscencias de aparatosas caídas y caderas fracturadas...
Todo esto sopeso con la mirada perdida en el cielo raso cuando mi jefe pasa junto al escritorio y me interpela:
―¿Avanza el texto, Martínez? Recuerde que no queremos un Shakespeare, es apenas un gancho de doscientas palabras para promocionar los folletos... No se rompa la cabeza. Redacción sencilla, frases cortas, nada de referencias enciclopédicas...
Yo asiento y me escondo detrás del monitor de la computadora. Tecleo cualquier cosa hasta que el otro se aleja. No es la primera vez que me nombra al Bardo. Él cree que yo tengo ínfulas de literato, y que por eso me demoro tanto en algo que debería salir fácil. En fin, con este mejunje de datos se me ocurre una historia para un cuento, con Esquilo y el quebrantahuesos en los papeles principales. Pero con eso no como. Como redactando textitos que atraigan a los turistas de la clase media. Y no se me ocurre nada. Nada de nada.
Me tomo diez minutos más para estimularme con la dopamina de la red, pero sigo sin tramar nada interesante. Y mi jefe acecha. Resignado, abandono toda pretensión de escribir algo con un mínimo de “contenido” y recurro al viejo truco del reciclaje. Cocino un “refrito” a partir del archivo, y de varios textos extraigo los adjetivos calificativos que no pueden faltar en ningún panegírico del turismo promocional ―magnífico, esplendoroso, exuberante, sublime, acogedor, ¡inquietante!..., aunque en nuestro caso el valle de Espot se los merece―. Luego, armado de este ejército de lugares comunes me largo a teclear, y los clichés, como autómatas, van llenando sin problemas las doscientas palabras que ocuparán una columna del folleto en tríptico, con ilustraciones y mapas de la región en elegante papel satinado.
Lo redacto y corrijo en diez minutos. Sin pérdida de tiempo se lo envío a mi jefe por el chat interno de la compañía que comunica a todas las computadoras. Su respuesta informática no se hace esperar: “OK”. Yo sonrío para mí y sin querer invierto esas iniciales: “KO”, porque escribir esos textos anodinos son como un puñetazo de knock-out para mi ego de literato (el jefe no se equivoca). No me importa. No quiero deprimirme. Es una manera de ganarse la vida, me consuelo. Cumplí con mi deber y, gracias a la fauna de los Pirineos me llevo un argumento para comenzar a esbozar no bien regrese a mi apartamento. Será una recreación moderna del incidente esquiliano. Ahora que recuerdo, ¡también existen los montes Pirineos en la luna! Y eso le da un giro fantástico al argumento. La historia será de ciencia ficción, en dos mundos y dos tiempos paralelos. Arranco una hojita morada del anotador para apuntar algunas palabras claves. Se me ocurre este título tentativo: Quebrantadramaturgos. Suena un poco surrealista, es cierto, pero su extrañeza sirve para despertar la curiosidad del lector apenas comenzado el texto. Podría funcionar, aunque sé que el definitivo me lo dará el mismo proceso de la escritura. Anoto la palabra compuesta debajo de las otras y me guardo el rectangulito de papel en el bolsillo de mi camisa, justo cuando vuelve a pasar mi jefe. Me descubre con “las manos en la masa” y me pregunta, jocoso:
―¿Practicando el ocio shakesperiano en horas de trabajo, Martínez? Venga conmigo, que le tengo otro trabajito.
Yo sonrío con timidez, me levanto de la silla y lo sigo por el zoológico de la industria del turismo: agentes, guías, inversores, operadoras de telemarketing... Poco importa esta nueva humillación que recibo en cuentagotas: sé que lo mejor del día está por venir.