La Luz


Autor: Hipatia

Fecha publicación: 16/03/2022

Relato

La Luz
I. Espacio
Una vida entera, bajo un techo y entre paredes de piedra, que doña Paquita veía al detalle, como si los tuviera delante.
Sobre todo el salón. A ella siempre le había encantado el salón de su casa, porque, aunque la suya era una casita pequeña, de dos dormitorios estrechos más bien oscuros y cocina y baño mínimos, el salón era cuadrado, amplio y muy luminoso. Con orientación sureste, para ella era un placer subir la persiana del ventanal todas las mañanas y ver cómo la luz entraba a raudales por entre los visillos blancos con bordes de vainica e inundaba la habitación de alegría y calidez.
Todas las mañanas, doña Paquita encendía su vieja radio y mientras cantaba todas y cada una de las canciones que transmitía Radio Copla, con vocecita aguda y vibrato marcado, iba arreglando la salita con movimientos rítmicos y salerosos. Regaba sus macetas y les limpiaba con mimo las hojas (¿Qué tiene la Zarzamora…?) y meneaba con donaire la ropa de la mesa camilla para después alisarla con prestancia hasta devolver los pliegues a su posición original. Mullía con vigor los cojines de arpillera marrón apilados en el tresillo arrimado al brasero (María de la O, qué desgrasiaíta, gitana, tú eres…) y recolocaba los blancos tapetes de ganchillo que cubrían las superficies. Pasaba con garbo la mopa por el suelo de baldosas desgastadas y levemente descoloridas por los años y los fregados con vinagre (¡os recibimos, americanos, con alegría!), lustraba pertinazmente la veintena de platos de cerámica que colgaban por las paredes, y movía delicadamente el plumero por entre figuritas de porcelana y marcos de fotos que poblaban la estantería (adiós, mi España querida…).
El último paso del ritual diario era el más importante: no sólo limpiaba sus fotos, de todos los tamaños y con marcos a veces inauditos, sino que se paraba a mirarlas y se acordaba del origen de cada una. Instantes de muchas vidas, congelados en una imagen. Doña Paquita se detenía especialmente con la foto más importante de todas, central en la estantería y en su corazón. Era tan vieja que el papel amarilleaba, tenía los bordes irregulares y marcas de dobleces antiguas. Cogía el marco con cuidado y estudiaba la imagen de cerca durante unos minutos, le plantaba un beso muy sentido que salía desde el mismo centro de su ser y la volvía a colocar con primor en su sitio.
II. Tiempo
La foto había captado el momento en el que un hombre joven, con buena planta, traje oscuro y pelo negro engominado hacia atrás, miraba a la cámara con sonrisa amplia y radiante mientras cogía en brazos a una mujer. Ésta, moza casi, lucía un vestido claro y reía feliz, con la cabeza echada hacia atrás, la melena rubia y ondulada colgando al aire, en una carcajada mantenida en el tiempo. Con una mano se sujetaba gozosa al cuello del galán y con la otra sostenía un ramito de flores blancas.
Era la única foto que doña Paquita tenía de sus padres, del día de su boda, en la primavera de 1934. El único recuerdo de su padre, Antonio López Torres, natural de Berja, provincia de Almería, de profesión maestro y de vocación librepensador. Conoció a Esperanza Gil Sánchez cuando sacó la oposición y lo destinaron a Aranda de Duero, donde ella, huérfana, vivía con su abuela. Se cruzaron por la plaza del pueblo una cálida tarde de piares de golondrinas, paseando ella con sus amigas y él camino al ayuntamiento. Al encontrarse sus miradas, ambos sintieron un chispazo inmediato en las entrañas que les hizo perder la cabeza. Para la vendimia ya estaba noviando, con un cortejo intenso y casi escandaloso en el pueblo. Antes de que los sarmientos de las viñas verdearan, hubo boda, muy cuchicheada en los corrillos de las comadres por lo apresurada. Ellos, ajenos a todo y a todos, tenían los cinco sentidos sólo el uno para el otro, y el brillo de sus caras al mirarse desafiaba, con despreocupación temeraria, a una gente rancia e inquisidora que nunca sancionó que se quisieran de un modo tan carnal.
Dos vendimias después de la foto nupcial, nació ella: Francisca López Gil, morena como su padre y vivaracha como su madre, y cuando a la bebé Paquita le salió el cuarto diente de leche, el comando de golpistas de Falange Española de la zona recibió un anónimo acusando a la pareja de rojos, sindicalistas e inmorales. Así que una madrugada fría ya, con la recolección de la uva recién terminada, derribaron la puerta de la casa de los Lopez Gil, los sacaron de la cama a golpes de fusil y se llevaron a Antonio a rastras, mientras a Esperanza, embarazada de seis meses, le arrancaban el camisón y le daban una paliza, con saña retestinada y satisfacción cruel, por puta y por comunista. Ni los gritos angustiados e impotentes de Antonio desde el camión, ni los chillidos de dolor y desgarro de su mujer en el suelo, ni el llanto desesperado de la chiquilla en la cuna consiguieron que los vecinos salieran de sus casas y de su pasividad.
A Antonio no volvieron a verlo. Esperanza se enteró, mediante susurros aterrados unos días después, de en qué fosa, a la vera de qué camino, habían enterrado el cuerpo de su marido. Allí se acercó esa misma noche, con el corazón roto y el cuerpo amoratado pero la cabeza alta y el alma intacta, para dar sepultura lo más cerca posible del padre al niño que había parido, que nació demasiado pronto y muerto por los golpes. Así que con la llegada del buen tiempo, para cuando a Paquita no le quedaban huecos en las encías, Esperanza y su yaya habían malvendido todo lo que tenían de valor, y con un hato de mantas y cacerolas, dos maletas llenas de ropa y una niña parlanchina y morena que era el vivo retrato de su padre, se fueron del pueblo para no volver más. Esperanza, sentada en el carro muy erguida, lucía el vestido blanco de su boda y un clavel rojo en el pelo, y, manteniendo la mirada a quien quisiera reprobarla, cantaba coplas con aire desafiante para demostrar a todos que a ella no había quien la hundiera.
III. Tinieblas
Con la idea de llegar a Francia lo antes posible pero evitando riesgos, viajaban por la noche y transitaban por caminos solitarios, despacio para no agotar ni al asno de tiro, ni a la abuela, ni a la niña, que se turnaban para ir en la carreta, mientras Esperanza siempre caminaba. La niña Paquita aprendió pronto a ser silenciosa y entretenerse en los caminares nocturnos buscando puntos de luz que rompieran la negritud del horizonte. Unas veces, la luna; otras, las estrellas. En ocasiones, un pueblo en la lejanía; si había suerte, luciérnagas y gusanos de luz a la vera del sendero.
Tras varios meses de periplo, evitando gente y esquivando frentes, llegaron al pirineo, cuando los árboles estaban ya pelados de hojas. Mientras esperaban para cruzar la frontera, la niña Paquita enfermó, con mucha tos. El guía, cauteloso, decidió dejarlas atrás, indicándoles que hacia el oeste había una pequeña aldea de gente buena donde nadie les haría preguntas. Allí se dirigieron, apresurando la marcha, cuando el frío tornaba el agua en hielo. Se guarecieron en una pequeña construcción abandonada y semiderruida, apartada del puñadito de casas que formaban la aldea. La bruma del amanecer trajo un goteo constante pero discreto de vecinos sigilosos trayendo leña, comida, o muebles, y para ayudar a recomponer los muros. De aquel tiempo Paquita se acordaría especialmente de la viejita de la leche, porque olía a nata con miel y sonreía mucho, y también del sol blanco que arrancaba a la nieve destellos, como luciérnagas de invierno.
Para cuando llegaron al valle noticias de que había nuevo jefe de estado y que tendrían cupones para cambiar por comida, la niña Paquita correteaba ya sana y alegre por encima del puente, un arco de piedra clara tan viejo como la misma montaña o como el surco que dejaba el riachuelo al saltar ladera abajo. Entornaba los ojos para ver a través de la cegadora luz dorada del verano y reconocer su casa, que ya no tenía agujeros en las paredes, sino ventanas con visillos tras los cuales su madre y su yaya cosían para toda la comarca.
En esa casa fue donde Paquita se quitó las trenzas de niña y se hizo mujer; donde enhebró su primera aguja; donde velaron a la yaya cuando descansó al fin de la miseria y el agotamiento. En esa casa se fueron desgastando las mantas y se fueron agujereando las cacerolas que habían traído consigo desde el pueblo, y allí fue donde, a base de puntadas certeras y entre coplas canturreadas a medias, madre e hija consolidaron su prestigio como costureras. Fue en esa casa donde Paquita hizo una merienda para celebrar su boda, y donde fue pariendo a sus hijos, David y Montsant; allí fue donde dijo adiós con amargura a su marido, que se fue a hacer las Américas. En esa casa estuvo Paquita cuidando a su madre hasta que murió, ciega y demente, cantando copla y riendo y hablando con Antonio, su Antonio guapo. Fue allí donde Paquita lloró la pena de quedarse viuda, a causa de un naufragio; allí fue también donde se enjugó las lágrimas y donde cosía de sol a sol, cantando copla, para que sus niños pudieran estudiar. En esa casa se deshizo en llanto, abrazada a sus hijos, cuando el miserable que había enterrado a su padre en una cuneta por fin murió. Fue en esa casa donde David, su mayor, obtuvo el título de ingeniería forestal para trabajar en Aigüestortes, y desde donde su pequeña, Montsant, salió vestida de novia hacia la iglesia de Santa Llogaia. En esa casa llegaría a ser doña Paquita y no Paquita a secas, y allí su pelo negro, como el de su padre de su alma, se volvería blanco.
IV. Luz
Una vida entera, bajo un techo y entre cuatro paredes de piedra, que la anciana recorría en su memoria, mientras veía las llamas salir por el ventanal de su salón y observaba inmóvil sus cortinas de vainica lamiendo el aire mientras se iban consumiendo por el fuego. Abrazaba lo único que había podido coger antes de salir, la foto de sus padres con trajes nuevos y risas despreocupadas, mientras oía a los bomberos renegar de los braseros de butano y notaba el trajín borroso de gente moviéndose presurosa a su alrededor. Ella, menuda y encogida, se alejó despacio del barullo hasta llegar a su puente de piedra clara, mirando triste en la distancia como el fuego se extinguía, los bomberos se marchaban en su camión, y todo quedaba en silencio. Sólo la acompañaban, en la quietud del arrullo del riachuelo, las últimas estrellas de la noche, arriba, varias luciérnagas que parecían titilar en bella alternancia, abajo, y el vacío del agujero que hasta horas antes había sido su salón, enfrente. Seguía abrazando la foto.
De repente, un roce en el hombro la hizo salir de su ensimismamiento. Al girarse vio frente a sí a una vecina, bisnieta de la viejita de la leche, cuya sonrisa dulce había heredado. Con una mano la muchacha la atraía, invitándola a andar. Venga, doña Paquita, decía, que en mi casa va a estar usted muy bien hasta que vengan sus hijos, que ya los he llamado y están de camino. La anciana miró al horizonte y vio el sol asomar por detrás de la montaña, con esa luz brillante y límpida que oculta todo lo oscuro de la vida. Sonrió dulcemente y se dejó llevar. A fin de cuentas, a Espot llegó con poco, y con poco se había quedado. Y lo más importante lo tenía abrazado contra el pecho y enfrente de sus ojos, iluminado por el amanecer.