EL HOMBRE GORDO DE LA PETACA PLATEADA


Autor: PIGAFETTA

Fecha publicación: 15/01/2023

Certamen: II Certamen

Resumen

Coinciden en un tren un hombre gordo y una señora enteca con perrito y...

Relato


Quiero contar lo que pasó en el tren con el hombre de la petaca plateada. No era un tren de estos de ahora que corren demasiado, sino un tren de aquellos de antes que te permitían entablar amistad con los que viajaban contigo.
Antes yo contaba cuentos. O escribía relatos, para ser más exactos. Algún reconocimiento tuve, aunque pocos, pero yo perseveraba en la escritura a pesar de todo. Los amigos, muchos de ellos, me aconsejaban que dejara de participar, que eso viciaba mi escritura con limitaciones innecesarias.
Yo seguía insistiendo, a pesar de todo, hasta una vez que me tropecé, en un pueblo de Valencia, con un jurado especialmente escrupuloso. Se pedía contar una historia sobre no sé qué demonio en 666 palabras justas. Me esforcé por componer un buen cuento, por contar palabras, pulirlas y engarzarlas con oficio de orfebre. Después de enviarlo, me contestaron que no podían admitirlo porque no contenía más que 665 palabras, faltaba una. Me condenaban, en consecuencia, al infierno, sin ninguna esperanza. No entraría en el purgatorio (que entonces aún existía) con los otros 723 participantes, de entre los que se elegirían doce para subir al cielo de los finalistas. Y entre esos doce elegidos estaría el afortunado que iba a tener el sumo honor de recitar su jaculatoria ante la mayestática trinidad del Jurado. Después lo veríamos, en el momento de la coronación, en una foto que emularía una majestuosa portada gótica.
Yo supuse que, por algún misterio incomprensible, una de las palabras se había perdido por el camino. Podría no parecer grave, porque hay miles y miles de palabras. Sobran palabras por todas partes. Y cosas y personas se pierden cada día ¿no? Pero aquella condena, para mí injusta, a los infiernos, sumada a mi endeble fe, me apartó de aquella religión de los literatos por mucho tiempo, me convirtió en un escritor no practicante.
Pero no quería hablar de aquellos problemas espirituales que me atormentaron en el pasado. Sólo quería contar, insisto, una historia que ocurrió en uno de aquellos trenes antiguos. En uno que partió de Atocha camino de Valencia coincidieron un señor gordo, de esos que tienen que utilizar tirantes para que no se les caigan los pantalones, y una enteca señora (o señorita, que así, a simple vista, no se distingue). Estaba el señor despatarrado y ocupaba su asiento y la mitad de otro, el único que quedaba libre en todo el vagón. La señora (vamos a quedarnos con señora porque tenía la piel apergaminada y el pelo pajizo a fuerza de tintes) cansada de mirar y remirar, después de recorrer los pasillos adelante y atrás sin encontrar más hueco, tuvo que acercarse al señor gordo y pedirle:
—Por favor, ¿me permite?
El hombre, a duras penas, se acomodó en un solo asiento y ella pudo sentarse y colocar sobre sus muslos una bolsa para el transporte de animales. Era muy bonita, (la bolsa, me refiero) a cuadros rosas y amarillos y con una trampilla por la que asomaba la cabeza diminuta de un perrito de largos pelos blancos. Sobre la cabeza, (del perro, claro) un lazo rosa anudaba una especie de surtidor repeinado.
El señor, a poco de arrancar el tren, sacó del bolsillo interior de su chaqueta una petaca plateada, desenroscó el tapón, se relamió los labios, pero, cuando se disponía a beber, un gesto de la señora lo detuvo:
—Señor, haga el favor de no beber delante de Lulú.
—¿Qué? —pregunta desconcertado.
—Que no beba delante de Lulú. No le gusta que la gente beba. Puede beber en su propia casa, o en esos antros infernales donde se junta tanta gente. Pero en el tren, delante de Lulú, de ninguna manera. Quizás haya un vagón restaurante.
El hombre, con gesto contrariado, volvió a guardar la petaca, refunfuñando:
—Si hubiera un vagón restaurante iba yo a estar aquí.
A la altura de la provincia de Cuenca la mujer entrecerró los ojos, parecía que dormitaba. El hombre, con todo el sigilo que le permitía su corpachón, sacó otra vez la petaca, pero cuando ya la acercaba a los labios, la voz de la mujer lo detuvo:
—Guarde esa porquería, ya le he dicho que a Lulú no le gusta. Me parece un gesto poco caballeroso por su parte tratar de aprovecharse de mi cansancio, abusar de la debilidad de una mujer. Y sabe Dios cuántas maldades se le estarían pasando por la cabeza pensando que estaba dormida y no me iba a enterar.
El hombre volvió a guardar el licor. Esta vez el gesto de resignación se había convertido en enfado, pero no dijo nada, suspiró simplemente.
A la altura de la provincia de Albacete el hombre trató de negociar con la señora:
—Vamos a llevarnos bien los dos, o los tres. Mire, le da la vuelta a la bolsa y el perro queda mirando para el otro lado.
El hombre hizo ademán de coger la bolsa, pero ella lo detuvo.
—De ninguna manera, a Lulú le gusta mirar por la ventanilla.
—Eso tiene arreglo, señora, —trató de ser conciliador el hombre — me cambia el sitio y el perro sigue mirando por la ventana y no tiene que verme.
—Ya le he dicho que no —insiste ella—. No tengo ninguna intención de ocupar ese asiento sudado. Además, tampoco serviría de nada: los perros tienen un olfato agudísimo y a Lulú no le gusta el olor de los bebedores.
—No soy un bebedor, no me falte. Sólo me gusta echar un traguito de vez en cuando.
Pero guardó la petaca, con gesto de contrariedad. El color de la cara, por esas paradojas de la vida, se le estaba poniendo del color del vino. Al calor del tren y las apreturas del asiento se añadían las ganas de beber insatisfechas. Aguantó hasta bien entrada la provincia de Valencia y a pocos kilómetros de llegar a la capital le dijo a la señora:
—¿Sabe lo que le digo? Que le parezca lo que le parezca a Lulú, me voy a echar un trago. No tengo yo que pagar los pecados de algún borrachín que le hiciera a usted la vida imposible hace un montón de años. A su salud.
Empinó la petaca y bebió con satisfacción. Ya iba a guardarla, pero la señora se la arrebató con un gesto enérgico:
—¿Sabe lo que le digo? Que se acabó beber por hoy.
Abrió la ventanilla y arrojó la petaca con rabia.
El señor no dijo nada, pero, aprovechando que la ventanilla estaba abierta, cogió la bolsa del perro y la tiró. Con el bicho dentro, claro.
La señora se llevó las manos a la cara con gesto a medio camino entre el desconcierto y el desconsuelo, pero sus gemidos fueron silenciados por los altavoces que anunciaban la inminente llegada a la estación de Valencia.
La señora bajó del tren y avanzó con paso decidido hacia la salida, con ánimo, se supone, de denunciar el imperdonable crimen que acababa de cometer el hombre gordo. Pero no fue necesario que presentara denuncia pues antes de salir de la estación vio que Lulú venía corriendo hacia ella por el andén a toda velocidad. ¿Y sabéis que traía en la boca? Pues la palabra “GRACIA”, que es la que los señores de aquel concurso no habían encontrado en mi relato y por eso fue descalificado en aquella remota ocasión.