Vínculos


Autor: Soflatus

Fecha publicación: 15/03/2022

Relato

VÍNCULOS

Bajó el último peldaño del Bus del Parc. El brillo del Pantà de la Torrassa justo delante de ella, le impidió observar el Jeep que tal como habían convenido la estaba esperando. Viajaba sola, con más emociones que equipaje y sentía que estaba a punto de cerrar un capítulo familiar, un círculo que había comenzado a dibujarse allí mismo, unos setenta años antes.
En una escena similar, una pareja, con más equipaje pero con peor compañía se dispone a remontar la misma carretera con más curvas y peor pavimento. Pareja fruto de una boda arreglada con un Ingeniero de La Maquinista Terrestre y Marítima para garantizarle un futuro sin falta de nada en una época muy gris, pero el amor no se compra, y eso sí que le iba a faltar a ella.
Durante su estancia en Espot, él marido solo tuvo ojos para supervisar la construcción de las canalizaciones principales de los saltos hidráulicos para los que su empresa había suministrado las tuberías. Esto le impedía darse cuenta que cada vez más, su arreglada mujer, lucía una mirada brillante sobre una traviesa y sensual sonrisa, dócilmente disimulada. Y es que fue en allí donde descubrió el amor verdadero, aquel que sus padres no pudieron comprarle. Y fue en Espot donde su felicidad, se quedó para siempre aparcada.
Cada una de las numerosas salidas a la riba del rio Escrita, justificadas ante su ocupado marido por el recién descubrimiento de la naturaleza, fueron la semilla de su gran secreto. Una semilla que calló en terreno fértil y a la que llegado su día quiso llamar Taís, para que de alguna forma, le recordara las caminatas que hasta la iglesia parroquial de Sant Esteve d’Estaís, realizaba durante su estancia en el Pirineo.
Ella ya no regresó nunca a su valle de felicidad, como le gustaba recordarlo. Incluso cuando su marido tuvo la ocasión de regresar al mismo para la inauguración de la central hidroeléctrica, e incluso un año después debido a la visita del Generalísimo, él le dijo que se quedara en casa, que allí arriba no se le había perdido nada, y la dejó en la gris ciudad, cuidando de su joven hija. Por eso ella se prometió que si a ella no le era permitido regresar, haría todo lo posible para que Taís pudiera disfrutarlo todo lo que ella no le era permitido. Y de esta forma, con cada relato que pudiera escuchar de la dulce voz de su hija, ella podría regresar de forma imaginaria a esa época de felicidad que guardaba como un gran tesoro muy secreto.
Con la confianza que da la madurez, un mediodía a la vez que servía un plato de acelgas hervidas a su distante marido, y como quien no quiere la cosa, le dejó caer la noticia que había apuntado a su hija a una salida del Club Excursionista, con el fin de que su hija se iniciase en el arte de deslizarse sobre la nieve, que todas sus amigas iban a ir y que no iban a ser ellos los que le privasen de dicha oportunidad de salir de la ciudad y pasarlo bien con las amigas.
Así es como Taís aprendió a esquiar en la recién estrenada Estación de Alta Montaña de Super Espot, mientras su madre desde el sofá de casa solo deseaba, que a su regreso, poder escuchar los relatos de su hija, y que en la tonalidad de su voz descubriese el nacer de un vínculo emocional de ella con esos valles multicolores. Conversaciones que le transportarían a revivir recuerdos felices de su pasado en su paraíso prohibido.
No siempre fueron estas noticias felices, ya que Taís perdió a dos amigos en una espontánea avalancha en aquella maldita salida a la nieve de aquel final de enero. Pero ella entendía que vivir la vida con intensidad comporta sus riesgos y por eso regresó, se rehízo, y no perdió la ilusión por volver a la nieve siempre que pudo. Y no solo regresaba por la nieve, también repetía en verano, ya que con la llegada de la fiebre del Rafting, los veranos se volvieron más intensos. Así floreció un repetido romance de temporada con un chileno experimentado en el arte del remo, que regresaba cada verano, hasta que un verano y tal como cantó Serrat, ya no regresó…”Pobre infeliz, allí se le paró su reloj infantil…Cuando se fue su amante…”
Llegado el año olímpico, aunque la aguas bravas corrían por otros valles, su “medalla olímpica” se presentó en forma de atleta eliminado en primeras rondas, y que en su regreso a casa, hizo parada y fonda para desconectar en el pub de Espot. Ya nunca regresó a su país. Y cuatro años más tarde al llegar Julio, la parejita feliz encargará a la abuela los cuidados de Leixe, como han decidido llamar a su hija, porque fue allí arriba donde se dieron, hace unos veranos, su primer beso. La abuela ve en Leixe el fruto de sus deseos y así poder mantener de forma secreta su vínculo con Espot. Arreglado el tema canguro, los recientes padres toman rumbo al Doctor Music Festival, para poder pasar unos días juntos y celebrar el aniversario de su casual encuentro, escuchando en directo la misma música que unos veranos antes los invitó a bailar por primera vez.
Inicialmente Leixe hereda la estima familiar por esos parajes. Y es que en casa, a falta de tebeos, se entretiene con las revistas de naturaleza, escalada y aventuras de sus padres. Y esa precisa tarde, en sus manos, tiene por casualidad un número de la revista del New York Times que oficializa la emergente ruta entre los refugios del Parque Nacional. Ruta que unos años más tarde realizará con sus padres y que retendrá para siempre en su memoria.
-Bona tarda! Qué ets la Leixe?- ruge una voz desde dentro del Jeep blanco, allí aparcado.
Ella, habiendo sido despertada de su hipnosis, se vuelve, y apartando con amargura la vista de las bellas imágenes que le brindaba el pantano confirma que sí que lo es. Y subida ya al vehículo comienzan a recorrer la carretera LV-5004 que une La Torrassa con Espot.
-I on t’he de portar? Ella que no ha regresado a Espot desde que hizo la última ruta por el Parque Nacional con sus padres, y de eso hace ya bastantes años, no ha hecho ninguna reserva para este improvisado viaje. Pero le viene a la memoria que su abuela, durante los veranos cálidos de la ciudad, no se perdía nunca las columnas que aquel escritor redactaba desde un Hotel de Espot, para un conocido diario. Esos escritos, leídos y releídos, le servían a la abuela para mantener la conexión con su casi olvidado paraíso…
-Me puedes dejar en ese Hotel del escritor. No me acuerdo del nombre, pero seguro que sabes al qué me refiero. Me gustaría conocer el lugar desde el que escribía a mi abuela.
-El conec. Anem cap allà! Vols dir que es coneixien?
-No. No quería decir que se conocieran. ¡Vaya, no tengo ni idea! La verdad es que es una historia larga la que me trae aquí. Mi abuela no nació, no vivió, ni nunca regresó a Espot. Pero aquí es el único lugar del mundo en el que ella me confesó que consiguió tocar la felicidad. Y aunque nunca hemos estado vinculados con estas tierras, nuestra familia parece tener un vínculo emocional muy fuerte y por eso creo que se sienten como de aquí. Y ya sé que sin haber nacido aquí nunca se puede ser de aquí, pero parece que la familia se sentía de aquí, aunque supieran que nunca serían de este bello lugar. Esto lo he aprendido recientemente, aunque yo no lo he experimentado tanto como las generaciones anteriores, ya que ellos sí que todas sus vidas giraron alrededor de Espot, y posiblemente es por lo que he venido aquí. Y es que hace unos días mi abuela me contó una larga historia…
Llegando a la segunda curva, una a izquierdas, volvían a ponerse en vistas a la Pala que llevaba su nombre. Ella estaba en plena ruta iniciática. El tan solo repetía una ruta que se conocía de memoria, pero no por eso dejaban de gustarle los continuos cambios en los que el paisaje se disfrazaba día tras día, de mes a mes en cada uno de los kilómetros de la LV-5004.
-I perquè no ha vingut la padrina?
- Ya no se encuentra entre nosotros, nos abandonó hace unos días. Esa misma noche que me contó esta historia, se fue a dormir y ya no volvió a despertar.
- Em sap molt greu! Curveaban de nuevo a izquierdas, cambiaban las vistas de los Berrós por la Pala, recorriendo la recta desde dónde podían ver la cascada generada por la descarga de aguas procedentes de las tuberías que un día su distante abuelo había ingeniado.
-Muchas Gracias. Pero la vi quedarse tan tranquila esa noche, tras nuestra conversación que su ausencia no me genera tristeza. Todo lo contrario. Mientras la acompañaba cogida del antebrazo por el pasillo de su último hogar, camino del que yo desconocía que sería su último descanso, respiraba paz, mucha paz. Como cuando una se saca un peso de encima. No paraba de decirme que tanto mi madre como yo habíamos sido lo mejor que le había pasado en la vida, y que esperaba que yo encontrara por fin mi camino, un camino que deseaba que fuese pleno de felicidad.
- …quina sorpresa de viatje que m’estàs donant!
- Sorpresa la que me llevé yo al enterarme por mi abuela, que mis padres, tras dejarme con ella, se fueron un día al extranjero en una de sus aventuras. Nunca supieron lo que había sentido la abuela, porque ellos nunca regresaron. Ese gran secreto sobre lo vivido en Espot y lo revivido en cada una de las narraciones que recibía o leía procedente de estos parajes, significaban tanto, que me pidió que nunca perdiese este vínculo familiar. Me hizo localizar una caja dentro de su cómoda, sacó una piedra y me pidió que la regresara a este valle.
- Una pedra?
- En verdad más que una piedra es la mitad de una. Me contó que el último día que pasaron juntos en Espot, él le regaló una piedra como recuerdo de lo allí vivido. Y he venido a devolverla…Ella no quiso regresar ni incluso cuando enviudó, siempre prefirió recordar a volver a ver.
El Jeep ya había cruzado las primeras calles de Espot, aquellas que exhiben a un lado aquel telesilla que un año obligó a desmontarlo de urgencia, y habiendo llegado a destino, ella se adentró en el Hotel sin interactuar con nadie. Caminó por las diferentes estancias hasta que su mirada se quedó clavada en la repisa de la chimenea principal, donde identificó una piedra, mejor dicho la mitad de una piedra. Metiendo la mano en su pequeña bolsa de viaje, extrajo la que su abuela le había dado, y allí la dejó. Dos mitades juntas de nuevo. Allí las dejó, por fin reencontradas. Cerró los ojos y le dedicó el silencio oscuro a su abuela. Llegados a ese punto, había cerrado el círculo, el mejor homenaje. Y sin querer molestar a nadie decidió salir.
Anduvo dirección al Parque Nacional. Necesitaba andar, respirar, vivir naturaleza y ante todo estar sola, para poder pensar, pensar mucho, en lo que ese lugar significaba para ella y su familia. Necesitaba un medio para recordar a sus seres queridos, y este iba a ser de por vida ese entorno, el entorno en el que su abuela fue feliz, en el que se conocieron sus padres y en el que ella iba a comenzar a rehacer su vida.
Y…¿por qué se yo todo esto? Porque llevo mucho tiempo aquí, esperando el día del reencuentro con mi otra mitad, para poder compartir de nuevo juntos, lo que se tengan que decir los huéspedes frente al calor de este fuego.