Una catástrofe que terminó siendo una amistad.


Autor: Lisa

Fecha publicación: 06/03/2022

Relato

UNA CATÁSTROFE QUE TERMINÓ SIENDO UNA AMISTAD

- Bien, alumnos, hemos hablado del río Escrita, situado en Espot, ¿a alguien le suena? – explicaba el profesor.
- Sí, mi abuelita vive allí, dice que es un lugar precioso, a veces se pasa horas enteras hablando de lo espectaculares que son esas montañas y todos sus campos verdes…
- Yo fui a esquiar, ese sitio es hermoso en invierno – explicó mi compañera Clara
- Me gustaría poder ir alguna vez – añadió Álvaro
- Me gusta tu entusiasmo, Álvaro – sonrió el profesor –; me parece que es tu día de suerte. El lunes de la semana que viene emprenderemos nuestro viaje nada más y nada menos que a Espot, donde haremos muchas cosas divertidas, esquiaremos y veremos el comentado río Escrita.
Pasaron los días hasta que llegó el lunes…
-¡¡Estoy muy emocionada!! – exclamó Clara.
Después de dos horas en autocar, por carreteras tortuosas de montaña y de algunos mareos, todos llegaron sanos y salvos al pueblo. Nada más entrar en el pueblo se encontraron un cartel donde se podía leer ``Espot´´, rodeado de plantas, flores y alguna que otra seta. Como iban con tiempo decidieron hacer un poco de turismo por la zona.
- ¡Mamá, mamá! Mira, tenemos vista – exclamó un diminuto canario que estaba recostado en la rama de un abeto muy próximo al río. Por cierto, el río desde ese enclave se veía increíble y a la perfección.
- Sí, hijo, pero ni se te ocurra salir del nido, ¡es muy peligroso! Créeme – explicó la madre pájaro
- Que sí... ¡Lo tengo más que aprendido! – añadió el pajarillo
Los alumnos cruzaron un puente de estilo románico, pero, ante la sorpresa de todos, Carlos, el niño más vivaracho de la clase, tropezó con una piedra, resbaló y cayó al agua. Sin entender qué estaba pasando, intentó subir por los bordes y salir, pero no pudo y cayó golpeándose la espalda con una piedra que estaba en el río. Se levantó dolorido y empezó a pedir ayuda con voz lastimera.
- ¡Socorro, socorro, que alguien me ayude! ¡Sáquenme de aquí! – seguía gritando.
Pero por mucha pena, desconsuelo y dolor que les causara a los alumnos y al profesor, no podían hacer nada. Tirarse al agua hubiese sido una estupidez, así que descartaron la idea.
De repente, apareció un hermoso y pequeño canario. Primero pensaban que se dirigía hacia otra dirección, pero al ver que el pajarillo volaba hacia Carlos, este dejó de gritar embelesado por la belleza del ave. Nos ocurrió lo mismo al resto del grupo.
Sin embargo, lo que hizo el pájaro y nadie esperaba fue respirar hondo, agarrar a Carlos de la camisa y levantarlo. Carlos había cerrado los ojos debido al sobresalto y, cuando apareció en tierra firme, quedó confuso.
- Sé que no debería haber salido del nido mientras mamá no estaba, pero ese niño necesitaba mi ayuda -susurró el canario mientras volaba hacia su nido.
La noche iba cayendo lentamente y Carlos junto a sus compañeros se acostaron cada uno en su dormitorio individual. Estaban a punto de cerrar los ojos cuando en la ventana del dormitorio de Carlos apareció una misteriosa figura borrosa por efecto de la luz. Carlos, sin embargo, supo detectar en seguida de quién se trataba, era… ¡el pequeño canario!
- Oye, puede que sea un poco tarde, pero… ¿quieres ser mi amigo? – preguntó el pájaro con gran desconfianza.
-Espera… ¿tú eres el pájaro que me salvó de la corriente del río? ¿Y quieres que sea tu amigo?
El pájaro asintió dos veces, contestando a las dos preguntas.
- Mi madre ha fallecido de un disparo de escopeta y Espot es muy grande para un pájaro indefenso como yo, ¿me cuidarías? – sollozó el pájaro.
-Está bien… esto es lo que haremos. Permanecerás en mi mochila durante los próximos tres días, hasta que se acabe la excursión. Tranquilo, te conseguiré provisiones, y te llamaré Piolín.
- Uhm… ¡Piolín! ¡Me gusta! ¡Te lo agradezco muchísimo! – sollozó de nuevo el pequeño ante las palabras del alumno.
- Es lo menos que puedo hacer, Piolín, tú me salvaste la vida.
Piolín se metió en la mochila del joven vivaracho, donde permaneció hasta el final de la excursión. Con las provisiones que Carlos le entregaba, el ave se sentía la más afortunada.
Tras despedirse del pueblo, con las casas de piedra, las montañas y los prados verdes que lo rodeaban, donde se podía ver alguna que otra flor, reemprendieron el viaje de regreso.
Carlos llegó a casa y metió a Piolín en una jaula muy acogedora. Esa misma noche, Carlos y Piolín se quedaron conversando de AQUELLA CÁTASTROFE QUE TERMINÓ SIENDO UNA AMISTAD.