Un veterinario solitario


Autor: Job F.

Fecha publicación: 13/03/2022

Relato

Un veterinario solitario
Tengo problemas para relacionarme con el prójimo. Me declaro intolerante y antisistema. Casi siempre que veo a grupos humanos me pongo en modo suspicaz y huraño.
Detrás de una máscara que me muestra, como alguien cortés, educado y políticamente correcto, voy enhebrando pensamientos, dudas y preguntas dirigidas a descubrir la intencionalidad de quien me interpela o socializa conmigo por cualquier actividad.
“¿Este chaval de qué va? ¿Qué me querrá vender? ¿Qué me querrá quitar? ¿Qué esconde tras esa vacua sonrisa? ¿Dónde tendrá escondido el puñal que luego clavará en mi espalda? ¿Dónde está la mentira que me quiere colar? ¿Por qué me quiere manipular esta tía? ¿Será posible, que me vea cara de estúpido?” Todos estos interrogantes me servían de muralla ante los demás.
En el pasado, el psicólogo del Instituto me recomendó que me dedicara a oficios solitarios tales como la pintura artística, la escultura, escribir poesía o cosas por el estilo. Aquella orientación vocacional de ese profesional, no escapó a la criba de mis suspicacias, y alcancé a leer en la carpeta su dictamen acerca de mí: “personalidad sociopática”. Investigué un poco y creo que me alejo de ese diagnóstico en la medida que sé cómo discernir entre el bien y el mal. También suelo reconocer el Derecho de mis congéneres y a empatizar con sus sufrimientos.
No hay un síndrome psiquiátrico que encaje conmigo a la perfección.
Si la ingratitud, la felonía, el engatusamiento, la hipocresía y toda esa sarta de artimañas humanas se dirigen hacia mí, la paso mal. Muy mal. Quisiera que en mi frente leyeran una advertencia previniendo al listillo o listilla de turno: ¡con este chico no!
Estudié veterinaria. Los animales son lo mío. Admiro a la gente que vuelca su afecto hacia las mascotas, aunque ella sea una “despreciable” cucaracha. Hay personas que le encuentran las virtudes a los bichos raros. Lo entiendo a la perfección. Los animales carecen de alevosía. La malignidad es humana. Hacerme veterinario encajaba con mi alergia a las segundas intenciones que casi siempre tiene el homo sapiens.
Estaba realizando un postgrado en ornitología y mi tesis doctoral versaba sobre aves autóctonas en inminente peligro de extinción. El urogallo de los Pirineos fue mi elección. Entonces me trasladé a Lérida y luego a Espot para estudiarlo en su hábitat natural.
Mis caminatas en soledad eran lo más respetuosas posibles con el medio ambiente, acorde al asunto de que trataba mi trabajo académico. Soy consciente del daño que la civilización hace sobre el planeta y de cómo nuestras mierdas se han cargado con indolencia a millones de animales. Una libreta de notas, una cámara y una mochila me acompañaban en mi pesquisa. Debo decir que evitaba los senderos y lugares de más atractivo turístico. Odio que se diseñen pasarelas en medio de estos paraísos, para que los citadinos vengan a tomarse selfies y presumir de ellas en sus redes sociales.
La vida del ser humano se ha minimizado al reconocimiento y a la hinchazón de los egos. Mostrarse, posturear para conseguir likes. Presumir no, lo siguiente. Montar anzuelos en Tinder para ligar, estafar o también para amar ¿porque no? cada oveja con su pareja, la frivolidad y el interés se atraen entre sí.
Los políticos (la verdadera plaga pandémica) compiten por el vil metal, y promueven atraer a quien gaste más, a quien genere empleos, a quien invierta para captar más turistas y así por unos miserables duros reducimos a niveles peligrosos la estabilidad de los microsistemas. No nos damos cuenta de que estamos echándonos tierra a nosotros mismos.
La iluminación es una intromisión en las leyes de la naturaleza. Los seres vivos estamos acostumbrados a que la ausencia de luz nos invite a dormir. Ni la retina, ni el cerebro, están preparados aún para la revolución que supuso el invento de don Tomás Alva Edison; entonces ver en Espot, un puente romano sobre el río Escrita, iluminado en la noche, evocando a una discoteca, para que el turista se haga fotos veleidosas, me parece un atentado a especies sensibles como el urogallo que ha mermado su población de manera significativa y una de las hipótesis que abrazo, es la del deterioro de su ecosistema.
Hay cosas loables en esta zona, por ejemplo, no recoger los árboles que caen. Respetar el ciclo natural, todo lo que sale de la madre Tierra volverá a ella para re-fertilizarla, excepto las sondas espaciales que hemos enviado a explorar nuestro sistema solar. Claro, ante esta pérdida, la tierra equilibra la ecuación recibiendo aerolitos.
Estaba mimetizado en esa enmarañada arboleda pirenaica, agudizando mis sentidos e intentando observar con discreción y respeto lo que sucedía. Mi objetivo eran las aves pero no pierdo de vista que todo tiene que ver con todo. De repente divisé en el follaje a un pie lívido e inmovil. “Hostia puta” murmuré pensando en un cadáver. Me acerqué sigiloso y tenso. Mi sistema nervioso autónomo, había tomado el comando y tenía miedo. Al estar bastante cerca, vi que se trataba de una mujer joven con rostro de proporciones muy acordes a la belleza matemática. Su ropa era extraña y estaba chamuscada. Llevaba una especie de manta de lana tipo peplo griego, anudado y sujeto por una fíbula dorada en su hombro. Olía a carne quemada, pero no había señales de fuego en derredor. Había quemaduras en su piel pero no de una extensión considerable ni peligrosa.
“No falta el atrevido que haga una torrada en un Parque Nacional “protegido”, pensé. Me puse guantes de látex y exploré el pulso de su muñeca. No lo encontré. Tenía temperatura acorde a la vida y no estaba rígida, entonces palpé su cuello y su carótida sí que dijo presente.
—¡Mierda! está viva —dije rascándome la cabeza.
Se activaron mis conocimientos sanitarios y la puse de medio lado extendiendo un poco el cuello para que por su vía aérea fluyera mejor el aire. Al rotar su cuerpo para el decúbito lateral, observé que un reptil anidaba en el calor de su espalda a modo de guardián. Aquel respetable bicho me miró con aire penetrante y feroz. No percibió miedo de mi parte y se piró serpenteando su más de metro y medio de longitud. Sin duda, era una culebra bastarda adulta. A mi entender era un macho: lucía un hermoso verde oliva dorsal con tonalidades pardas, la cabeza triangular a modo de flecha estaba hendida sobre sus narices, y tenía las típicas cejas de escamas, aparentando agresividad en su mirada.
En este momento añoraba esos grupos humanos que van de selfie en selfie haciendo turismo idiota y que tanto esquivaba por no decir que detestaba. Claro, ahora hubiesen sido de mucha ayuda, pero qué va: no había sombra de japoneses, ni de chinos ni de alemanes, ni de gabachos, ni de americanos, ni de los nuestros. Entonces empecé a apañármelas solo para aliviar a aquella chica.
Con mis orejas adosadas a su espalda comprobé que le llegaba aire sin dificultad a ambas bases pulmonares, con cierto pudor, también puse mis orejas en sus pechos y comprobé que su ritmo cardíaco marchaba normal. En apariencia no había lesiones graves que comprometieran su vida. “Algo pasó en una fiesta de disfraces, donde el descontrol llevó al fuego y esta chica por poco muere asada viva”, elucubraba, mientras de a poco humedecía sus agrietados labios para suplir líquidos que seguro necesitaba. Su cabellera pelirroja, cejas y pestañas lucían trazas de haber estado expuestas al fuego, sin embargo, su palidez mucocutánea mejoraba al igual que el llenado de su pulso.
—¿Quién eres?—musitó, agarrando mi mano en señal de gratitud.
—Soy Jaume. De momento le sugiero que reserve energías. Pediré ayuda y usted estará bien—dije.
—¡Pardiez!, no eres Hércules—expresó decepcionada abriendo sus ojos y soltando mi mano.
Por un momento fugaz, sus córneas fueron un espejo que me reflejaban estupefacto, luego vi sus iris celestes que jugaban cerrando y abriendo sus pupilas, como si fuesen los núcleos de agujeros negros insondables que me devorarían si me acercara a ellos.
—Usted deme unos minutos y espereme que voy a por ayuda—dije, mientras acomodaba mi chaqueta, asemejando una almohada, bajo su chamuscada cabellera. Le di más agua, que bebió con avidez y busqué señales de toxicidad a sustancias. Acerqué mi nariz a la suya y ella cerró sus ojos y entreabrió sus labios mojándolos con su lengua. Me pareció que ella esperaba un beso, pero mi firewall suspicaz cerebral hizo caso omiso de esa señal corporal y solo la exploré como socorrista. Su aliento no daba indicios de olores extraños, sus mucosas nasales no mostraban señales de alcaloides, su pulso continuaba recuperándose y no había en sus extremidades señales recientes de agujas hipodérmicas.
“Mare de Déu, esta chica está todavía delirando del chute que se habrá dado en la fiesta que haya estado—pensaba mientras corría a por ayuda—, joder tío se cree que es Pirine, hija del dios Tobal, quemada viva por un rufián que ante su negativa de intimar con él, le prendió fuego y que luego su enamorado Hércules, al no encontrarla con vida, sepultó su cadaver con piedras dando origen a las montañas pirineaicas”. Desenrollaba el relato mitológico en mi memoria cuando avisté a un grupo de personas.
—Hola a todos—saludé al grupo de turistas que encontré. Les sinteticé rápido la situación de urgencia con aquella joven mujer que había estado expuesta al fuego y a la inhalación de humo. Al instante varios móviles buscaron señal y pidieron ayuda sanitaria. Luego fuímos a por la desdichada y no encontramos nada. Solo la botella de agua y mi chaqueta que fungió de almohada. Pero de la chica ataviada con el extraño peplo griego de lana sujeto con una fíbula dorada en el hombro: nada. Entré en shock y no recuerdo más detalles.
Estoy ingresado en el hospital Santa María de Lleida, me tienen con goteros y sedantes. Estoy atado firmemente a la cama y esposado a uno de los laterales metálicos. He escuchado en las murmuraciones de médicas y enfermeras las palabras de brote psicótico.
Cuando la puerta de mi habitación queda entreabierta veo sentado a un mosso d´Escuadra leyendo un ejemplar de Sport mientras hace mi custodia. Supongo que me enfrento a multas cuantiosas y no se que leches más. En el futuro no dejaré que nadie se me acerqué, ni me acercaré a nadie aunque sea el mismo Jesús bajando de su crucifixión.