Todo en el instante


Autor: Margarita

Fecha publicación: 06/03/2022

Relato

Todo en un instante

En la carretera las estaciones han tenido siempre los mismos colores. Brillos de sol o farolas, destellos de focos en la mojada extensión sin fin o confusas polvaredas persiguiendo a los más rápidos. Pero, sobre todo, algo difícil de precisar: un monótono rugir y un dilatado haz de luz al anochecer. El fulgurante astro naranja a punto de sumergirse y el frío de la noche al acecho, conocedor de sus largas y afiladas garras: escarcha a la carrera buscando el siempre lejano firmamento. Todo en un instante, el silencio y esa planicie a la altura de mi cintura. Blanco y rojo, amarillo y verde, azul de norte a sur. Y migajas del sol más allá, a punto de esfumarse. Sólo grillos y búhos para acompañarme hasta el amanecer.
Llevaba conduciendo once años cuando lo vi por primera vez. Había parado a repostar y cenar algo en el restaurante anexo a una gasolinera y, mientras esperaba con un cigarrillo en los labios y una gorra sucia y desgastada en la cabeza a que el muchacho que me había atendido llenara el tanque, sentí cómo me cortaba, cómo atravesaba la hebilla de mi cinturón. El humo que exhaló la sorpresa me nubló por un segundo, pero, tras disiparse, descubrí que todo se había detenido. El ralentí de los motores, el cuchicheo de la mujer que al teléfono discutía apesadumbrada las condiciones de una custodia, las luces de neón del cartel del restaurante y hasta las propias estrellas y luna que comenzaban a reinar en el cielo, todo, todo se había extinguido olvidándome a una existencia de la que nada conocía. En esta estaba yo y un fundido a gris, todo lo que a mi alrededor había perdido su sustancia. Hombres y pájaros, establecimientos y automóviles se habían vaciado. En estos no quedaba una pizca de vida, ni una sola chispa. Se la había tragado la luminosa planicie que ahora vestía mi cintura. En mis carnes, el mismo gris que envolvía a los demás, el mismo vacío opaco en las fibras de mi ropa. ¿Dónde se ha ido la vida?, pensé y traté de respirar. El humo ya se había desvanecido, cómplice de la ausencia en la que me encontraba. Pero al llenar mis pulmones nada cambió. Todo siguió inalterado, inmóvil. Perdido en alguna parte. Y ahí me lo cuestioné: ¿cómo salgo de aquí?, ¿cómo puedo volver?, antes de encontrarme de rodillas, jadeando y con las ascuas del cigarrillo apuntándome a los ojos. Mis dedos, rojos y tensos, rasgando la tierra apelmazada por los incontables neumáticos de cada día, recibieron con gusto la tibia ceniza que quiso desprenderse de la torre de humo todavía por arder. Una suave caricia, distinta, al alba de una nueva clase de amanecer.
Esa noche apenas pegué ojo. En el reducido espacio de la cabina de mi camión, donde un pequeño y delgado colchón estiraba mis malogrados músculos cada noche, revolví el recuerdo una y otra vez tratando de dar explicación a lo que había ocurrido. Volví al preciso instante con la imaginación y fijeza de un niño y repasé cada elemento que lo componía. Creí acariciar una prenda de terciopelo, variar sus sombras y brillos a placer, sorprendiéndome ante la facilidad con la que todo podía mudar de apariencia. Y me estremecí ante la posibilidad de mentirme, de modificar lo ocurrido y de creer en ello. Pero pronto lo olvidé. No ha brillado nada a mi alrededor, no han perdido la vida aquellas personas con las que me encontraba, me dije hasta que abrió la mañana. Con los ojos rojos y las carnes pesadas, como derretidas, recorrí los kilómetros que tenía por delante aquella jornada, quedándome dormido nada más acabar de cenar. Un sueño denso, oscuro y sin nada que contar me transportó de una orilla a otra. El barquero era mudo, de tez sonrosada y mirada serena. Lo único que bailaba, que se mecía en favor de la marea, era su cambiante sonrisa. Los labios pálidos e hinchados, con tenues pigmentaciones aquí y allá —carbón en un mar de lodo—, fluían sin descanso, sellados, queriendo comunicarme algo. Pero no había palabra alguna. Sólo una mirada serena y un cruzar el tránsito, lento y frío, pero acompañado. Esa mañana desperté con un río de luz segándome la cara. La delgada abertura entre las dos telas con las que tapaba la luna del camión recorría salpicadero, asiento y parte de mi rostro. Una ironía que no me pude explicar me erizó los pelos de los brazos y me hizo sonreír. Después afluyó una carcajada, apaciguando la sorpresa, devolviéndome a la negación. Y es que no había ocurrido nada.
Pero un mes después me descubrí de nuevo en aquel suspendido estadio. Atravesando las interminables llanuras de Castilla, allí donde crecen las amapolas y el polvo a la vera de la carretera, arrollé el camión a una cuneta y bajé para estirar las piernas. El cigarrillo y el silencio, el crujir de un par de grillos y el poniente sol en la distancia se sintieron como un baño de agua tibia en una calurosa mañana de verano. El día se apagaba y la noche, junto a su helada mano invisible, comenzaba a deslizarse por los campos. Aquí y allá se veían remolinos de polvo, escasos pero pesados, húmedos buscando la luz del sol. Una última caricia antes del apelmazado letargo. Y luego, el susto. De nuevo el estatismo, aquel impasse en el fluir del tiempo: negruzca ceniza bajo mis botas, pétalos de papel quemado y una ascua siempre viva entre mis dedos. Busqué al sol con la mirada y traté de levantarme, llevándome conmigo la marchita y rígida amapola. ¿Por qué no se dobla?, ¿por qué no bailan sus pétalos con el viento?, me pregunté antes de redescubrir la planicie de luz alrededor de mi cintura. Como la última vez, su calidez me heló la sangre. En mi pecho no bullía nada, ni siquiera un mortuorio palpitar. Busqué el aliento y encontré el cigarrillo en mis labios. Inhalé. Según el humo penetraba en mis pulmones las ansias se desvanecían, recorriendo mi cuerpo lentamente hasta alcanzar los dedos de mis pies y perderse en la recia ceniza que pisaba. El paisaje desapareció. Las amapolas muertas, la sequía de los campos y el presuroso sol se escondieron tras mis párpados. ¿Por qué cierro los ojos?, me pregunté antes de descubrir el río de luz que atravesaba mi cintura. Todo lo demás era oscuridad.
Sentado prolongué un instante en lo que duró una eternidad. Densas aguas de luz ondeando a mi alrededor cruzaban mi bajo vientre, atravesándolo sin resistencia alguna. Sólo un dulce hormigueo. Después un eléctrico recorrer bajo la piel, una caballería trotando sobre mis músculos. Todo mi cuerpo temblaba bajo un placer todavía por ubicar, y mi mente —el asombro que la mecía— se dejaba acompañar por la difusa figura del barquero. Sus ojos brillantes, así como el río en el que navegábamos, me miraban de cuando en vez todavía serenos pero rebosantes de vida, de chispas por doquier. Entre nosotros una insondable distancia y la certeza de poder alcanzarlo al estirar un brazo. Complaciente, olvidado al viaje, observé cómo remaba hacia ninguna parte, donde las luces se extinguían y una cascada parecía dar fin al recorrido. De pie, esbelto como una montaña, asía el largo remo y lo blandía con determinación, lento y pesado. Este golpeaba la comitiva de luces —pequeñas y apelmazadas luciérnagas— que retrataba el cauce, que enmarcaba los límites de la realidad a la que ahora pertenecíamos. Horas de silencio en la oscuridad y una delgada sonrisa en sus labios antes de recobrar las estrellas y la luna, el saludo de un búho en la lejanía. Esta vez no dijo nada, pero tampoco tenía nada que decir, consideré con las piernas estiradas sobre la húmeda sequía de Castilla y la espalda contra la llanta de una de las ruedas del camión. Ya completamente a oscuras fumé otro cigarrillo, sin prisas, asombrado ante las fuerzas que ahora bullían en mi interior. Apenas habían pasado quince minutos tras la puesta de sol, pero sentía haber dormido toda la noche.
Conduje lo de jornada y media antes de recuperar la condición humana. Tras una copiosa comida en un restaurante de carretera, una siesta de media hora me despejó y llenó de babas. Sonreí al pensar en el río de luz surcando de nuevo mi cara —brillos en el néctar de los sueños. Y ya no tardé en hacerme a la idea. Desde ese instante, eso me ocuparía al término de cada día. Ya no volvería atrás. Como un autómata, relegado a un destino ante el que nada podía hacer, detenía el camión, los quehaceres o las vacaciones que me ocuparan al anochecer y observaba cómo dejaba todo atrás durante un segundo. Inhalaba el humo gris del cigarrillo y exhalaba sentado en una barca de remos al lomo de millones de luciérnagas. Sobre mí, oscuridad; ante mí, un hombre del que nada sabía. Bajo nuestros pies, la vida desplegándose, abriéndose paso entre los inertes cuerpos que, a mi alrededor, bebían o sudaban, bailaban o conducían. Durante años no obtuve más que un detenerse, una parada repentina y reponedora antes del helado arrastrar de las sombras. Sólo una prórroga, o eso descubrí al bordear el final del río:
—Aquí termina —me dijeron las ardientes esferas que el barquero tenía ahora por ojos. Apenas quedaba una mueca en sus labios.
Sus manos soltaron el remo y buscaron apoyo en la borda de la barca. Un cuerpo cansado se deshacía ante mí. Lentamente fundió sus carnes sobre el lecho de madera hasta filtrarse por los tablones que lo conformaban y unirse al resto de pequeñas luces. En ese instante supe que no podía hacer nada. Había llegado al final. No había camino alguno que penetrara donde sólo continuaba la oscuridad. Un par de despistadas luciérnagas revoloteaban confusas pero auspiciosas, temerarias pero esperanzadas. Por momentos se unían a las demás, pero también trataban de empujar al resto, de agarrarlas y pedirles que prosiguieran con la travesía. No escuché nada, por supuesto, pero creí comprender cómo las demás se negaban educadamente. No es cosa nuestra, parecía decir su manera de brillar. Yo tomé el remo y, conforme, di media vuelta a la barca. Nunca supe qué ocurrió con mi cuerpo, dónde me encontraba o en qué día vivía, pero estoy seguro de que, fuera donde fuese, una temblorosa sonrisa, como si tuviera mucho que decir, estaría deformándome el rostro.