Te estás olvidando de mí


Autor: B-go

Fecha publicación: 19/03/2022

Relato

TE ESTÁS OLVIDANDO DE MÍ


Él, ese señor bonito de ojos pequeños y gafas vintage, se levanta como cada día a las ocho, se asea, se toma su café solo y pasea hasta la calle de siempre, va al sitio de siempre. Lleva la boina que le gusta a ella, es de color gris con líneas rojas muy finas y forman cuadrados casi imperceptibles.

Entra en el edificio blanco, por la puerta de atrás, aprovechando que sale el camión de reparto de víveres para los pacientes. En el hospital le han prohibido que vaya todos los días porque dicen que no es bueno para él. Que sabrán ellos.
Huele a comida de colegio mezclado con ese olor a decadencia, a muerte. Si, la muerte tiene un olor, no se si lo habéis sentido, y también tiene una cara muy característica. Nos avisa para que no la llamemos traidora.

Al yayo le sudan los ojitos pero no se esconde.
Siempre ha sido muy sensible y a pesar de tener esa educación de otros tiempos y habiendo vivido una guerra civil en la que fusilaron a sus padres cuando él tenía doce años, sigue llorando. Sigue riendo y emocionándose y recitando poesías.
Ese niño que vio como volaban los sesos de sus padres sigue viviendo. 

Ahora tiene 90 años, camina doce km diarios, está en buena forma y cruza el pasillo hasta la sala, donde está su enamorada, casi saltando. Le sobran las ganas.

Por fin, ahí está, esa mujer pequeña, que habla poco, ríe poco y observa mucho.  
La ve en un rincón sola, está mirando por la ventana y él se acerca con miedo, pues nunca sabe como se va a dar el día. Le da un beso y ella lentamente mueve la cara hacia ese señor al que ya no conoce. Él la mira y le dice soy yo. Ella no se mueve. Él grita ¡soy yo! Después de 70 años a su lado es uno más.

Ella lucha por recordar el nombre de ese señor con ojos achinados y sonrisa permanente y por un momento hace una mueca que parece de alegría y balbucea su nombre mientras él la abraza y llora de amor. Dos minutos después vuelve a olvidarle. 

Y con los ojos cerrados y los recuerdos abiertos, Cesáreo viaja a ese lugar al que va cuando necesita escapar, un lugar al que llama paraíso. Aprieta fuerte sus párpados y pude oír la bajada de ese río que parece sacado de un cuento, con la nieve a sus faldas, ese rio que guarda secretos de amores, ese rio que visualiza con facilidad y que le permite descansar de este infierno, lo recuerda todo. Todo menos el nombre.

¿Pero que importan los nombres? Lo bonito es no matar el mundo de los recuerdos, piensa. Y como ahí puede hacer lo que quiera porque es su mundo, le coge la mano a su amor una vez más, hablan, se ríen, el más que ella, ella no ha sido mucho de reírse, no desde que fusilaron a sus padres.
Él decidió seguir con la sonrisa por bandera y ella decidió vivir con las persianas cerradas, con poca luz no sea caso que, por casualidad, alumbre esos días que solo quiere olvidar y que no ha conseguido en toda una vida. Hasta ahora.
Así ellos, huérfanos, decidieron estar juntos miles de años.

Llega la hora de comer, un plato de macarrones con tomate, los de toda la vida y no quiere tragar, se da cuenta de que el Alzheimer está ganando el pulso y se quiere ir, está cansada de esa vida que no es la suya y, en un momento de lucidez, decide que no va a comer nunca más.

Y lo cumple con una serenidad que yo nunca tendré.

La yaya se muere de hambre y el yayo se siente la persona mas impotente del planeta Tierra.

Celia cierra los ojos y siente el agua fría de su río favorito, el sol calienta sus pecas y todo tiene una luz especial, unos colores que nunca se cansa de mirar. Mira fijamente las piedras que pisan sus pies y sin pensarlo dos veces sumerge la cabecita en el agua fría, transparente y hoy en calma. Y se deja llevar con una felicidad desconocida al lugar al que debe partir. Lo último que recuerda son los ojos de ese ser que no se cansaba de recitarle poemas ni de pedirle besos de tornillo.
Con todo ese amor se va.

No podemos salvar a quien quiere morir, piensa con el alma llena de tiritas. !Escrita! Así es como se llamaba ese rio en el que paseaba con ella cuando aún era ella. Casi todos los días de sus vidas.

Y así, un viernes cualquiera asesinamos a la culpa. Nunca trae cosas buenas. Nunca.