SUEÑO ROMÁNICO, SUEÑO BLANCO.


Autor: Quique

Fecha publicación: 17/03/2022

Relato

SUEÑO ROMÁNICO, SUEÑO BLANCO.
En esta oportunidad seguí el consejo del que más sabe y es mi amigo de la infancia Néstor de Buenos Aires, radicado en Barcelona desde hace varios años. Me sugirió vacacionar en el invierno europeo en Espot. Siempre me cautivó la idea de combinar nieve y esquí, ríos, lagos, cascadas, mucho verde, montaña con senderismo, cultura y por qué no, excelente gastronomía. Es una buena escusa para volver a España. Una de las cosas que disfruto de los viajes, es organizarlo, aún con el riesgo de equivocarme. Disponía de una semana para diagramar. Esa noche de noviembre, en la primavera argentina, comencé con mi tarea. Lo que venía de Espot por comentarios en diferentes blogs, páginas web oficiales, fotografías y videos, era tan atrapante que dediqué hasta las cuatro de la madrugada del día siguiente mi investigación minuciosa acerca de cómo aprovechar los días, quedándome un sabor que los mismos iban a ser pocos. Pero bueno, cinco días estaban comprometidos para volver a Barcelona a compartir con mi amigo un buen jamón crudo, algún pescado, regado con un buen vino malbec, en algún restaurant o barcito de la Barceloneta. Agobiado por tantas horas de computadora, me fui a dormir. Una mañana fría de diciembre llegué al Aeropuerto de Barcelona, luego de trece horas de vuelo, con una escala breve en Bogotá, Colombia. Me esperaba Néstor para llevarme en automóvil hasta Espot y aprovechar las tres horas de viaje para ponernos al día en temas puntuales y en este orden: amigos, futbol y política. Casi llegando a destino empecé a disfrutar del paisaje y la nieve. Por otra parte no fue fácil la última media hora de nuestro destino, ya que el auto no estaba preparado para la contingencia. ¡Al fin llegué luego de mi salida de Buenos Aires tras diecisiete horas de viaje! Pero les juro vale la pena. Deseaba instalarme en uno de los bungalows del complejo que había reservado. Prendí leños en el hogar, compartimos un buen whisky para morigerar el frío, me despedí de mi amigo y por los amplios ventanales contemplé extasiado la vista que me regalaba el majestuoso parque, mezcla armoniosa de colores que invitaba a recorrerlo pese al cansancio de un viaje de tantas horas. En la recepción me pusieron en tema: Espot es municipio, se sitúa en el valle del río Escrita, a la derecha de la Noguera Pallaresa, contiene varios lagos que confluyen en l´Estany de Saint Maurice, pertenece a la provincia de Lérida, situado en valle del mismo nombre, en la comarca catalana del Pallars Sobirá. Me aconsejaron empezar la travesía conociendo el Parc Nacional d’ Aigüestortes, Estany de Sant Maurici, pero al día siguiente, ya que debía recuperar fuerzas. Me motivaron con la cena del complejo: olla aranesa, un completo guiso de carne, verdura y legumbres, bien casera como me gusta. Como disponía de tiempo y ganas me sobraban, salí a caminar. Espot es un pequeño pueblo que se disfruta recorrerlo a pie, mirar cada rincón, observar el paisaje daba la sensación que las montañas lo cobijaban y el cielo celeste y aún los débiles rayos de sol del atardecer, lo iluminaban. En el norte se sitúa uno de los pilares arquitectónicos más importantes, su puente románico, el pont de la Capella o puente de la Capilla, de la época medieval del siglo XI. Situado sobre el río Escrita, afluente del río Noguera Pallaresa. Es una postal con la nieve acariciando sus piedras prolijamente ubicadas y la solidez de su construcción. Les aseguro invita a una sesión fotográfica. A escasos dos kilómetros se encuentra el Parque Nacional Aigüestortes (“aguas tortuosas”) y Sant Maurici, creado en mil novecientos cincuenta y cinco está considerado entre los más espectaculares de la cordillera de los Pirineos. Espot se divide en dos barrios: Solau y Obago, en el casco antiguo del pueblo. Caminando llegué a una plaza central donde se ubica la Església Santa Llogaia. Decidí volver por el cansancio y dejar este símbolo del arte románico al igual que la Torre dels moros para otra oportunidad. Un comentario no menos importante ¡la olla aranesa un manjar! El segundo día, luego de un abundante desayuno, me dirigí al Parque Nacional Aigüestortes sabiendo que la caminata podía demandarme tranquilamente cinco horas, teniendo en cuenta mi condición de aficionado en el senderismo y el frio reinante. Espot es una de las entradas al parque, la restante se encuentra en la Vall de Boí o valle de Boí, en el noroeste de la provincia de Lérida. Para no desaprovechar la travesía, contraté los servicios de un guía de habla hispana. Comenzamos la caminata por la ruta del lago de San Mauricio, una de las opciones, con la mirada puesta en ese cielo azul decorado por perfectas nubes asimilables a copos de algodón, en un camino irregular rodeado de una vegetación de dos tonalidades de verde, la más oscura era de los pequeños pinos que decoraban las estructuras rocosas. Llegando al lago San Mauricio, totalmente congelado por la nieve caída de varios días, pude observar lo que parecía la perfección: la belleza del fondo montañoso, el cielo, las nubes, algún águila dorada como suspendida, rocas que acompañaban al lago en una simetría que dibujaba una figura perfecta, con ese toque de verde oscuro de las coníferas. Me detuve con la anuencia del baqueano, no por el cansancio, sino por un exceso de belleza. La perspectiva que tenía frente a mis ojos era el lago rodeado de una estructura montañosa que el guía me explicó se denominaba Els Encantats vinculado al Pirineo catalán de casi dos mil setecientos metros de altitud, y aprovechó el descanso para contarme una leyenda: Esas moles rocosas son en realidad dos cazadores, Cristóbal y Esteban, convertidos en piedra por un castigo divino, después que se fueron a matar rebecos de pelaje pardo grisáceo que habitan en zonas escabrosas de la alta montaña, en vez de asistir a los oficios religiosos. Interesante. Disfrutaba el paisaje, el sonido del agua, el canto de los pájaros, las hojas de los árboles que cantan con el viento, disputándose cuál era la melodía más bella. No recuerdo una conjunción de múltiples colores tan armoniosos y relajantes. Luego de una pequeña caminata divisamos la cascada de la Ratera que calculé con una caída de quince metros aproximadamente, con el agua helada y transparente que proviene del Estany de la Ratera. Trepamos por un lateral de la cascada y nos dirigimos a él y fue nuestro punto final de la caminata. Recuperamos fuerzas para encarar la vuelta, por el lado inverso. Fue una mañana agotadora pero muy bien aprovechada, auspiciosa por lo que tenía todavía por conocer. Me detengo en la cena: pierna de cordero mechada, ¡exquisita! Me espera mañana jornada de esquí. Luego del desayuno me dirigí en una camioneta versión cuatro por cuatro a la Estación de Esquí Baqueira Beret, situada en el Pirineo de Lleida, en la zona de la Val d’Aran y las Valls d’Aneu, con más de ciento cincuenta kilómetros de pistas esquiables. Salí a la pista de un nivel accesible para mí, para la categoría que podríamos definir “aficionado entusiasta”. Un manto blanco de copiosa nieve, con montañas que superan los tres mil metros de altura. Luego de un par de horas de práctica en la que abundaron golpes y risas, decidí sumergirme en la oferta gastronómica de restaurantes temáticos en las zonas de descanso. Otro día muy intenso y bien aprovechado. Los últimos días los reservé para disfrutar la cultura medieval: el arte románico de la comarca. Salí del complejo a media mañana por el frío imperante y la capa de nieve que nos cubría para comenzar la caminata. Volví a cruzar el puente de la Capilla, llegué a la plaza central que había conocido el primer día de mi estadía. La Iglesia de Santa Llogaia era mi objetivo aunque lamentablemente estaba cerrada. Se me acercó un lugareño de aproximadamente entrado en años, que fácilmente advirtió mi condición de turista, en un pueblo que todos se conocían. Álvar, catalán, se ofreció gentilmente a recorrerla aunque más no sea por fuera. Me contó que su origen se remonta al siglo XII, aunque el edificio actual fue construido en el año mil setecientos setenta y siete. A la vista es austera, sencilla, conservando un testimonial muro lateral de origen románico. Su campanario de torre cuadrada y con terminación en una especie de pirámide. Luego de despedirme de mi ocasional anfitrión, me dirigí a la Torre dels Moros o Torre de Espot. Al llegar me arrimé a un contingente de turistas portugueses y llegué a entender que un guía de turismo les explicaba que la misma, de la época medieval, perteneció a un castillo de la zona, presumiblemente el de Llort, construida entre los siglos XI y XIII, una torre de planta circular, de trece metros y medio de altura y como la mayor parte de esas construcciones medievales, su ingreso estaba a cinco metros y medio del suelo. Por lo que pude advertir, al menos en su exterior, estaba en muy buen estado. Regresé para pasar la última noche en Espot, ese pueblo con un encanto especial. Vacaciones inolvidables, en un lugar inolvidable, mezcla de arte románico cargado de historia, paisajes de múltiples colores de montañas, lagos, cascadas, nieve que no me abandonó en ningún momento, una combinación sorprendente y mágica. Luego de saborear mi última cena, una degustación de quesos y embutidos, acompañado con setas, me retiré a dormir pensando que me esperaba un viaje en micro rumbo a Barcelona de casi seis horas. Cuando desperté me encontraba en mi casa de Buenos Aires, sentado en la silla del escritorio, con la computadora prendida y borradores del viaje que todavía no había realizado. Fue un sueño hiperrealista como nunca había experimentado. Un sueño románico como el pont de la Capella y blanco como la nieve del Pirineo.