SIEMPRE EN EL CORAZÓN


Autor: WONDER

Fecha publicación: 18/03/2022

Relato

SIEMPRE EN EL CORAZÓN
Hace un tiempo, allá por el mes de abril de 2012, la familia Montaño disfrutaba de unos días de descanso aprovechando las fiestas de Semana Santa. Todos juntos, la madre Blanca, el padre Martín y los pequeños Manuel y Marta, de nueve y once años de edad respectivamente, acudieron con gran alegría al Parque Nacional de Aigüestortes.
Caminando por unos de los muchos bellos caminos rurales de la zona, de repente, apareció una extraña niebla. No podían ver nada, ni siquiera a un palmo de sus narices.
No se detuvieron, continuaron caminando lentamente para no tropezar con las piedras del sendero, pensando que sería algo pasajero.
La niebla duró más de lo previsto y cuando de repente se disipó, la familia comprobó con horror que el pequeño Manuel había desaparecido. Desesperados, comenzaron una búsqueda por el entorno, pensando que no podía haber ido muy lejos.
Manuel, cuya curiosidad era por todos conocidas, se había ensimismado escuchando el sonido de las aves y sintiendo el contacto del viento en su cara. Al volver a la realidad, se encontraba solo, sin rastro de sus padres y en un paraje que no conocía.
Tras unos tímidos pasos por el camino, ante sí se apareció un oso. Manuel entró en pánico. En su cabeza se sucedían imágenes no del todo agradables. Por algo siempre había tenido mucha imaginación.
El oso le miraba fijamente mientras ambos permanecían expectantes. Sorprendentemente, el oso comenzó a sonreír y con acento pirenaico le dijo a Manuel:
-Tranquilo, no temas. Me llamo Andrés. ¿Cómo te llamas?
- Mi nombre es Manuel, dijo. (Nadie me creerá cuando cuente esto- musitó. Un oso me está hablando).
- Bienvenido, Manuel. Por tu cara de sorpresa veo que no eres de la zona. No conoces los grandes misterios de este territorio, dijo el oso riendo a carcajadas.
- ¿Desde cuando estás aquí?.
- Mmm... déjame pensar. ¡Ni lo recuerdo! Seguro que mucho más de veinte años. ¿Sabes? Soy un gran conocedor de este pueblo. ¿Quieres que sea tu guía?, dijo el oso con pícara sonrisa.
Manuel comprendió que, dadas las circunstancias, era su única opción. Sin Andrés daría tumbos sin saber muy bien adónde dirigirse.
Sus padres, tenían razón. A su edad ya debería saber utilizar la brújula y haber llevado un mapa, pero ahora no valía para nada lamentarse. Además, el oso era buen conversador y tras varios giros, subidas y bajadas de caminos, ante ellos se apareció un hermoso pueblo.
No sabe cuánto tiempo pasó con Andrés, pero en su mente quedará para siempre la belleza austera de la iglesia Santa Llogaia y su alto campanario, las frías aguas del río Escrita y, sobre todo, el tentempié de embutidos y quesos que tomaron en “El Rebost d’Espot” porque, al fin y al cabo, hacer turismo da bastante hambre.
Aun así, a medida que el cansancio hacía mella, el ánimo de Manuel decaía porque echaba de menos a sus padres y hermana. Así se lo hizo saber a Andrés, quién rápidamente, le dijo que no se preocupara:
- ¡Vamos a la casa del Parc Nacional d’Espot! - dijo Andrés. Allí me conocen. En la Casa organizan rutas muy divertidas, excursiones que nunca olvidarás.
Andrés como siempre tenía razón. Cuando llegaron a la Casa del Parque, cuán grande fue su sorpresa al ver que allí estaban sus padres, que se alegraron enormemente de ver a Manuel sano y salvo.
Martín y Blanca siempre tuvieron fe en que Manuel pusiera en valor las enseñanzas de supervivencia que le habían transmitido. Manuel suspiró aliviado pensando que si no hubiera aparecido Andrés hubiera pagado caro su falta de atención.
Pasado el alboroto inicial, salieron de la Casa con una ruta de senderismo por los aún caminos nevados del Parque y con la promesa de una posterior visita donde montarían en kayaks.
Un lugar tan maravilloso no merece otro final. Todo quedó en un pequeño gran susto, el Parque Nacional siempre en el corazón y un amigo para toda la vida que fue su guía y su refugio.
¿Os animáis a conocer el Parque Nacional de Aigüestortes?.