Se murió, otra vez, una estatua


Autor: Nuez M. Oscada

Fecha publicación: 19/03/2022

Relato

Se murió, otra vez, una estatua
Había una gran estatua en el pueblo de Espot. Era muy vieja, porque estaba hecha de material físico. No eran pocos los que esperaban con ansías que terminaran de deslizarse sus partes a la destrucción. Así, finalmente podrían reemplazarla con una de las estatuas holograma brillantes, llenas de vida hasta en los detalles de los ojos.
Comunes y únicas. En todos lados, y ninguna parecida entre sí. Esas eran estatuas de verdad. No como la que la mirada de los ciudadanos de esa zona de Espot tenía que tolerar cada día.
Era una masa oscura y de textura tosca. Alargaba su cuello de una manera ridícula, y causaba esa misma vergüenza ajena que causan siempre los que buscan ser mirados.
Es así que todos podían ver la estatua, pero nadie reconocía sus formas. Su identidad recaía tristemente en las letras a su costado. Urogallo.
En realidad, la estatua representaba bastante bien a esa ave. Una que no existía hacía décadas. Más de un siglo, porque no quedaba nadie que la hubiera visto alguna vez. Una especie olvidada en el tiempo, tanto como la representación falsa y carcomida que resistía apenas bajo los cristales diminutos de hielo que caían del cielo.
El primer día del penúltimo mes de invierno, Mark tenía las pestañas rellenas de los mismos cristales. Las sacudió con su mano, y siguió guiando a los turistas de manera distraída. Por el rabillo del ojo, vigilaba con desconfianza a la criatura que había descubierto a un costado de un montículo, escarbando.
Le causó mucha desconfianza. Las palabras le salían con la misma entonación ensayada de siempre; pero si alguno de los turistas hubiera detenido su proceso de registro de fotos para mirarlo a la cara, se habría desconcertado por la discordancia de sus facciones para con su animada voz.
¿Qué era eso? ¿Por qué sentía que conocía a la criatura?
No pudo pensar ni seguir disimulando mucho tiempo más. En cuanto un sonido provino de la garganta de la cosa, todos pararon en seco.
—… ¿Se rompió un vaso?
—¿Alguien dejó su sonido de notificación activado? ¡Es muy raro!
Y pese a que todos miraban a la criatura moviendo su boca y agitándose, no terminaron de creer que el sonido provenía de ella. Era su canto.
Saltaron.
Saltaron de la sorpresa todos los que presenciaron el momento en que se extendieron las plumas de la cola del ser tan extraño que tenían frente así.
Fue entonces que Mark recordó la estatua deprimente e irritante con la que se cruzaba cada mañana.
—Urogallo. —murmuró convencido. Y otra vez, más fuerte, sin salir de su impresión; la palabra pareció adueñarse de su voz—¡Urogallo! ¡Urogallo! ¡Urogallo!
No tan lejos de allí, su esposo había corrido una suerte similar. A sus pies, había aterrizado una avecilla completamente diferente.
Ninguno sabía de la tragedia que estaba por pasar. Con el tiempo.





—¡Toda España lo conoce! ¡Todo el mundo, y no podemos hacer nada! —Mark recordaba con claridad el momento en que las personas a las que guiaba habían ajustado sus gafas, tomando miles de imágenes, sometiéndolas a una selección rigurosa y obteniendo las más agradables a la vista, en segundos. Segundos en que habían condenado todo.
Cuando tuvo tiempo de asimilar su descubrimiento y su importancia, Mark se había dicho que quizá sería útil. Quizá, las fotografías permitirían que alguna persona encontrara una pareja. Pero no la hubo. Ni en Espot, ni en España, ni en el mundo entero. Mark reconoció la verdad.
El urogallo estaba solo. Y moriría solo.
Peor aún. Estaba condenado a ser cazado lo que le quedaba de vida, gracias a la revelación de su aspecto por toda la red humana.
—¡Nada! ¡No es posible que…! —sintió un golpe definido en el estómago al agravarse su angustia, y ya no le fue posible seguir exclamando su indignación, desesperanza —No puedo terminar de creer que se extinguirá otra vez, Gedeón. Y tu ave… ella tampoco…
Gedeón asintió en silencio con la cabeza. El ave con la que se había topado él ni siquiera tendría la misma oportunidad que el Urogallo. También era una especie única, parda, pero se había prohibido que registraran imágenes suyas antes de que cualquiera intentara hacerlo. La búsqueda de una pareja para esta, de igual manera, había sido inefectiva por parte de los pocos biólogos y profesionales de ciencias naturales en Espot que fueron informados de su existencia.
El resto, la gente común, solo sabía del Urogallo, y no podría ayudar.
—Está bien, Mark. Al menos nadie intentará atacarla… lo que le quede de vida.
Gedeón se acercó a besarle la frente a Mark. Tuvo que agacharse un poco más para besar las lágrimas que amenazaban con correr.
Abrazados, ambos desearon en silencio que el tiempo permitiera hallar al menos a una pareja de alguna de las especies. O, en todo caso, que alguien descubriera un modo de clonar, alterar los genes, y acelerar el crecimiento como para poder ofrecer una compañía a las aves que impidiera su desaparición.
Era una fantasía. Era demasiado complicado, demasiado para ese año de la humanidad.






Gedeón y Mark siguieron cuidando del Urogallo y de la otra avecilla, la desconocida para el mundo, que se había quedado sin nombre. Cuidaron esas criaturas hasta el día en que despertaron juntos una mañana, con el peso de la vejez aumentado en ellos, y encontraron solo sus cuerpos.
Ninguno de los científicos especializados en el Urogallo y únicamente en él pudo mirarlos a los ojos. Los científicos que se habían dedicado exclusivamente a la otra avecilla, tampoco.
Las aves habían muerto rodeadas de humanos, pero solas.
Mark y Gedeón no pudieron hacer más que cuidar de la estatua hasta que cayera. Mark no sintió alivio alguno cuando esta por fin cedió al tiempo. Solo pena.
Más décadas pasaron. Los esposos, redescubridores de las conocidas como las “avecillas especiales de Espot”, finalmente murieron. Al menos, abrazados. Juntos.
La estatua fue reemplazada por un holograma de ojos muy vivos.
Ningún humano, en ninguna era venidera, jamás supo que, de haber juntado a ambas aves, que eran macho y hembra de la misma especia, el pueblo de Espot no habría tenido que mirar a esa nueva estatua. Habría admirado los ojos vivos de toda una generación renacida de Urogallos.
Pero no lo sabrán. Jamás.