SAM DIOP QUERÍA PISAR LA NIEVE


Autor: PIGAFETTA

Fecha publicación: 28/02/2022

Relato

SAM DIOP QUERÍA PISAR LA NIEVE

Sam Diop quería pisar la nieve. Vio, en una película, un bosque blanco y silencioso donde se internaba un cazador y pensó que ese era el remedio para todos los males. Pensó que la felicidad era aquella quietud. Como la que se vislumbraba a través de las cristaleras dentro del hotel Ngor Diorama las temporadas en que no había turistas. Antes de irse, los trabajadores lo cubrían todo con lonas blancas como velas abatidas para preservarlo del polvo del desierto y del salitre del mar.
Una habitación de aquel hotel era más grande que la casa de Sam donde se hacinaban nueve personas. Todo lo demás era bullicio y estrecheces en aquel balcón que adelantaba Dakar sobre el Atlántico. A un paso de la playa frente a la islita de Ngor que se había convertido en refugio de surfistas. Con las melenas al viento y los colores chillones, a Sam le recordaban a los piratas del cine, de gesto intrépido y aire despreocupado.
Si los salones vacíos del hotel eran la tranquilidad, en las películas, que Sam veía siempre que podía, se proyectaban sus sueños futuros. El barrio, constreñido entre el aeropuerto y el océano, amontonaba su caserío caótico y abigarrado escoltado por el campo de golf como un oasis encima de los acantilados con playas privadas y clientes exclusivos y el hotel Diarama . Detrás de éste habían levantado un muro de hormigón erizado de cristales para que los turistas se sintieran seguros jugando a explorar una selva inventada en chozas de juguete y árboles trasplantados. De allí hacia el norte, hasta el lago Rosa, una larga playa acogía a todo el mundo.
Los jóvenes, en su barrio, habían adquirido naturaleza de aves migratorias. Llegaba un momento en que notaban el aliento agobiante del desierto soplando desde el interior de África y sentían el impulso de marchar, como invitados a izar las velas después de la calma chicha de la infancia. Y solo algunos volvían. Cuando Sam Diop cumplió los dieciséis años sintió ese inevitable impulso.
En la pequeña playa, al abrigo de la isla de los surfistas, dormitaban los cayucos. Esas estrechas embarcaciones habían sido el modo de vida del barrio. A medida que disminuye la pesca, desciende el número de barcas. Aprovechando la mar calma y las noches de luna, los jóvenes se embarcaban. Muchos acaban en el fondo del océano o varados en playas remotas como restos de naufragios. Algunos, como Sam, llegan a las Islas Canarias.
Lo que Sam Diop recuerda del centro de internamiento es una convivencia complicada, trufada de frustraciones, drogas, delincuencia, incomprensión… Lo positivo, para él, fue sumergirse en otro idioma y otra cultura a través de los libros, sin dejarse arrastrar por aquellas inercias. En el centro había una variopinta biblioteca, fruto de dispares donaciones. En un año largo, le dio tiempo hasta a leer romances de cristianos y moros, de princesas, de caballeros que abrevaban su caballo en el mar… Y libros disparatados como el de don Quijote u ordenados y rigurosos con listas de reyes, estampas de castillos y catedrales, mapas con flechas que señalaban el devenir de la tierra que lo acogía…
Cuando la mayoría de edad lo puso en la calle, Sam tomó los caminos que le fueron aconsejando amigos y conocidos: fresas en Huelva, aceitunas en Jaén, uvas en La Mancha… También aquí los obligaban a mantener cierto aire de aves migratorias. Si quería asentarse, le dijeron, lo mejor era el mar de plástico almeriense.
Camino de los invernaderos, desde la ventanilla del autobús, vio por primera vez la nieve. No eran más que manchas blancas en las montañas lejanas, pero lo animaron con la certeza de lo tangible y una cierta sensación de cercanía a su destino.
Después, junto a los invernaderos, percibió el mismo aliento recalentado y seco de los desiertos africanos. Aquellas extensiones monótonas de plástico no eran más que una ilusión: aunque desde lejos podría parecer una blanca y tranquila extensión (casi como la nieve), desde dentro se comprobaba que todo era cerrado y parcelado y producían la misma sensación agobiante de calor, humedad, hacinamiento y trajín incesante de trabajo casi esclavo que aquel barrio de Dakar del que había huido. En seguida se hizo el propósito de seguir con su viaje.
A veces, los indocumentados transitan por los márgenes de la vida. Como perros abandonados caminan por las cunetas, por los caminos de polvo, por las carreteras secundarias con la casa a cuestas. Hay mapas de carreteras que cualquiera puede consultar y seguir y hay mapas secretos y cambiantes para estas migraciones. Sam siguió uno de esos itinerarios improvisado por el boca a boca, caminos llenos de vaivenes, rodeos, sobresaltos… Desde los invernaderos, hacia el norte, recogió naranjas en La Plana, hortalizas en el Tudela, vendimió junto al Duero… Por fin, con otros compatriotas, recaló en Lleida, en un barrio mayoritariamente de inmigrantes. Por primera vez tuvo una habitación para él solo y algún contrato legal. Y desde allí se desplazaba a cuanto trabajo le salía, igual cargaba sacos de cemento que empujaba jamones hacia los secaderos. Pero lo que más le gustaba era recolectar fruta, en especial manzanas. Aquellas ordenadas hileras aún tenían un inaprensible eco del paraíso. Y le gustaba pasear entre las viejas piedras de aquella ciudad alta, antigua, preservada del paso del tiempo. Era como si aún viviera allí el espíritu de Europa. Había leído que aquellas ojivas, que se habían extendido a lo largo de los caminos, habían creado una manera de ver el mundo que acabó siendo la manera de ver el mundo.
Cuando acabó la temporada de la fruta, avanzado el otoño, Sam sintió que había llegado la hora de ver la nieve en toda su plenitud: Ningún trabajo lo reclamaba de manera inminente y cuarenta y ocho horas de persistente nevada había extendido un tupido manto blanco en todo el Pirineo.
Le hablaron del Parque Nacional, de los lagos, los Encantados…, aunque no era el mejor momento para internarse en los senderos. Metió unos bocadillos y un puñado de manzanas en la mochila, se calzó las botas y se puso la ropa más abrigada que tenía, se subió a su viejo coche de segunda mano y enfiló la carretera. Por esta vez se dejó guiar por los mapas oficiales. Fue un largo viaje por aquellas carreteras que se adaptaban a la orografía como un artista circense se mete en una caja. Solo la calzada oscura rompía aquella monotonía, montoncitos de nieve junto a la carretera, montañas nevadas en el horizonte, pueblos mimetizados de vez en cuando. Sam pensaba que en un mundo global y acelerado como éste basta tomar un avión, coger el coche, subirse a un autobús, y en pocas horas estás en medio de la nieve y sin embargo a él aquel viaje le había costado más de cinco años. Mientras se internaba en la nieve, como aquel cazador de la película, le volvían las palabras que habían marcado su largo viaje, sobre todo las que había encontrado en los libros: epopeya, romance, leyenda… Había vuelto a los libros ahora que se preparaba para que le dieran el DNI español. Había vuelto a convivir con los caballeros que se retaban, los castillos, los reyes, las catedrales, los caminos antiguos, las gestas legendarias…
Cuando tomó el desvío hacia Espot y la carretera lo mareaba en un lento zigzag pensó que se había perdido, que jamás saldría de aquel laberinto. Pero, con alivio, comenzó a ver señales azules y adivinó a su izquierda, entre los árboles nevados, la secreta corriente de río, solo había que remontar la corriente. Dejaría el coche en Espot y caminaría hasta cansarse en la inmensidad de la nieve para después volver sobre sus pisadas, como en una inocente recreación del cuento de Pulgarcito. Consiguió orillar el coche junto a la nieve apilada a la altura de la iglesia y se apeó con la mochila al hombro dispuesto a perderse en la nieve virgen.
Por mucho que los sueños muevan a los hombres, las necesidades fisiológicas no pueden soslayarse y Sam tuvo que entrar en una cafetería para ir al baño. El local estaba desierto. Solo la camarera se movía sigilosa en aquella quietud de acuario. Le puso delante el café con una sonrisa. Él la miró a los ojos color de miel, que también sonreían. Sintió que algo en su interior se derretía, que una cálida marea lo iba anegando por dentro hasta sumergirlo como en un cálido baño.
—¿Cómo te llamas? —preguntó a la chica.
—Eva.
A veces los nombres son como llaves, abren puertas a pensamientos, a deseos soñados. A veces son piezas que faltan, el brazo de una muñeca manca, la rueda de un juguete abandonado. A veces son la última pieza del puzle, la que completa y le da sentido al conjunto.
—¿Quieres una? —ofreció Sam con dos manzanas rojas en la mano.
Y ella tomó una, la frotó en el delantal, junto al corazón, y se la llevó a la boca. El primer mordisco sonó como el chasquido de un fósforo al prenderse. Y Sam sintió que aquel fuego le prendía las entrañas, le calentaba las orejas y le revolvía los pensamientos como en un confuso torbellino: volvieron los castillos, las princesas, los duelos medievales, los caminos… Salió sin decir nada, arrancó el palo de una sombrilla que estaba arrumbado contra un muro y corrió calle arriba. Todo dormía bajo la nieve salvo el río Escrita que lamia guijarros con su lengua trasparente con un leve murmullo.
Sam se paró a la entrada del puente medieval y comenzó a hacer girar el palo entre las manos como las aspas de un molino de viento. En su mente se había olvidado el propósito del viaje, tan solo se amontonaban confusas imágenes de caballeros embistiendo molinos, torneos presididos por princesas, palenques guarnecidos de seda, caballeros apostados en los puentes, hidalgos en busca de hazañas para gloria de sus damas…
—No pasará este puente —comenzó a gritar con toda su voz— nadie que no jure que Eva es la más hermosa de las mujeres.
Pero no se veía a nadie con intención de cruzar el puente a aquella hora. Quizás en alguna de las casas dispersas, o en los hoteles, detrás de los cristales, alguien viera a un negro bracear como un loco. Incluso puede que alguno decidiera grabar la escena con intención de divulgarla en redes. Pero nadie salió.
Sam Diop se cansó de gritar y embestir al aire. Arrojó su lanza lejos y la engulló la nieve. Con los brazos caídos, como quien regresa derrotado, sintió que su corazón bajaba el ritmo, que el frío devolvía a su cabeza una desolación infinita como aquella blancura que lo rodeaba, que los deseos no son más que la puerta a otros deseos… Y que en este mundo ya no hay lugar ni tiempo para los héroes.