Reencuentro


Autor: Luna Azul

Fecha publicación: 19/03/2022

Relato

— Bueno, Luis, pues aquí estamos. Cuánto tiempo. El Sant Maurici, ¿eh? Quién lo iba a decir… Si me preguntas, nunca habría creído ser capaz de pasar seis años sin venir aquí. Pero mira… a veces el tiempo se escurre entre los dedos como el agua de ese lago y, de repente, ¡fium!, miras atrás y eres seis años mayor; seis años más vieja… ¡Cuánto verde! Siempre me digo que debería salir más a menudo de la ciudad, que una no puede pensar con claridad entre tanto cemento, sin embargo… la rutina, la maldita rutina, te atrapa y te pega los pies al suelo hasta que de repente, sin darte cuenta, te has acostumbrado a respirar entre edificios y suelo muerto, y no hay quien te saque de ahí. Pero bueno, aquí estamos, ¿no?

» La psicóloga me ha dicho que te hable, así en voz alta, que será un buen paso en eso que llaman la “elaboración del duelo”. Me hace gracia el nombre, hace que parezca que estás amasando un pan o modelando una figurita de arcilla. Y nada que ver, para mí es más bien como intentar hacer el muerto en el mar en medio de una tormenta sin tener ni idea de por dónde sopla el aire. Pero bueno, dicen también que después de un año pasa lo peor. Las primeras cuatro estaciones aprendiendo a convivir con la ausencia, las primeras fechas señaladas sin ti… Sí es cierto que me encuentro algo mejor. No creas que eso significa que te pienso menos, qué va, te pienso todos los días. Me acuerdo de ti a cada rato. Pero es un poco diferente. Me siento como más ligera, ¿sabes? Como si en lugar de cargar con un saco de harina de diez kilos a cada lugar que voy, ahora pesase uno, o medio. Es más llevadero.

» He aprendido mucho este último año. Diría que he aprendido a llorar. Suena extraño, lo sé, pero no es ninguna tontería. Me costó llorarte al principio. Estaba en shock con lo ocurrido, no había forma de entenderlo. Todavía sigo manteniendo conversaciones conmigo misma en las que tengo que recordarme que no estás. Una parte de mí quería rehuir el dolor… no se puede. Cuando es tan grande, no se puede. Y por eso digo que tuve que aprender a llorarte. No es fácil. Hay que encontrar el sitio, la hora, el sonido, la forma… Cuando somos pequeños nos enseñan a reprimir los excesos de emoción, porque una no puede ir por la vida explotando en una pataleta a cada rato. Pero de mayores nadie nos explica cómo tener pataletas cuando lo necesitamos, y se nos atragantan cosas dentro. A ver quién se pone a gritar en un tercer piso en el centro de una ciudad para sacarse los demonios, sin que algún vecino se escandalice y llame a la policía. Por eso yo a veces me escapaba al río. Encontré un rincón inaccesible en el que sentir sin molestar…

» Una vez más, no paro de hablar de mí, y mira que me había propuesto hacerlo diferente esta vez. Se lo dije a la psicóloga. No quiero hablar solo de mí, de mi duelo, sino de nosotros. De otras cosas, cosas más alegres. Quiero concederte el protagonismo, pero no sé por dónde empezar. Se agolpan los recuerdos y no encuentro el hilo del que tirar. Hmm…

» Mira esos árboles. Qué colores… He venido hacia aquí por el caminito de madera y casi he visto a nuestros padres llevándonos de la mano, medio a rastras. ¿Te acuerdas? Tenían que contarnos historias sin parar para mantenernos distraídos y evitar que nos pusiéramos en huelga de andar. Yo era más quejica que tú, en realidad. A ti el mundo te sorprendía lo suficiente como para mantenerte caminando. Yo prefería los libros. Tú eras feliz jugando un palo… eso sí, alguna vez se te iba un poco de las manos: aún conservo la cicatriz en la ceja. Ahora están de moda, ¿sabes? La gente se depila brechas para darse aires de dura... ¡Mira! En aquella zona de allí te echaste la siesta un día. Entonces ya éramos más mayores. Nuestros padres se fiaron y volvieron al pueblo antes, confiando en que les alcanzaríamos. Pero tú no tenías ninguna prisa, y hasta que el sol no empezó a ponerse no quisiste ponerte en marcha, y yo tenía miedo de volver sola. Así que al final los dos nos comimos la bronca.

» Lo mejor eran las veladas junto al fuego. Nos peleábamos por ver quién lo encendía antes hasta que los adultos se cansaban y nos robaban el puesto. Todavía te pienso cada vez que prendo una chimenea. También cuando toca descender una pendiente pedregosa o delinear constelaciones. Y sigo echando de menos, a la vez que envidiando, tu sentido de la orientación.

» ¿Sabes? De los vídeos que se proyectaron el día de tu homenaje, hay uno del que todavía escucho ecos. Te lo grabó una amiga cuando vivías en Ecuador. En él decías que te gustaría tener hijos, trillizos, a ser posible. Pero con veintiún años no tuviste tiempo. Yo no sabía que querías tres. Pero sí que cuando fuéramos mayores llevaríamos de vacaciones a los tuyos y a los míos como nuestros padres nos llevaban a nosotros. Con acertijos inventados, libros de botánica, un exceso de crema de sol y meriendas abundantes. Desde pequeña empecé a imaginar esa película, en la que nuestras manos volvían al agua del río Escrita con nuestros pequeños acompañantes, y el lago asistía a la transmisión de uno de los secretos mejor guardado del mundo: la belleza extraordinaria de este valle. Pero no ha podido ser, me ha tocado venir hasta aquí sola. No dejo de repetirme no debería ser así… pero atascarme en esa idea no sirve de nada. He estado pensando. Cuando tenga hijos, los traeré de todos. Les contaré todas nuestras historias con las piedras, los árboles y el lago. Les traeré aquí y les hablaré de ti, y será como si estuvieras.