Recuerdos de una madre nórdica


Autor: Acrol García

Fecha publicación: 12/03/2022

Relato

Mi madre tenía una especial conexión con los Pirineos. Recuerdo que cuando era pequeño me contaba historias sobre su juventud y sus escapadas al monte, sobre los bosques inmensos llenos de sonidos y colores únicos y sobre la facilidad de desconexión en un lugar utópico. Trabajó durante muchos años en un hostal frecuentado por turistas y curiosos del norte de Cataluña, preparaba las habitaciones en las que empezaban la aventura. Hace unas semanas decidí recorrer la historia que vive en mis venas, recordar los momentos que mi madre vivió y poder experimentarlos en mi propia piel.

El primer viernes de marzo preparé mi equipaje, avisé a mis amigos y, juntos, nos dirigimos al norte. El viaje fue duro, no estábamos preparados, una división desigual en la que tres se adelantaron en un Peugeot verde, mientras los dos restantes seguíamos un camino sin guía ni mentor. Los valles eran preciosos y los lagos de azul aguamarina parecían pintados por Monet, pero no podía disfrutarlos, ya que mi nerviosismo acompañado de algunos rasgos acrofóbicos me lo impedía. Después de mucho sufrir y de repasar discografías enteras, llegamos al pequeño pueblecito en el que pasaríamos un fin de semana de reconexión y aislamiento. Llegamos tarde, era de noche, no veíamos nada, dejamos nuestro peso en las habitaciones y nos pusimos en búsqueda de algún sitio en el que poder pasar el hambre. Encontramos un pequeño bar en el que nos dieron cobijo y nos cuidaron como si fuéramos de su linaje. De ese día no recuerdo nada más; callejones oscuros, rutas estrechas y comida deliciosa.

El sábado nos levantamos con energía y emocionados por conocer ese nuevo mundo que se escondía detrás de las compuertas de madera. Al abrirlas nos quedamos ciegos acostumbrados a la oscuridad de la noche, nos sentíamos como murciélagos -cinco muchachos del centro visitando algo desconocido, perdidos en la incongruencia del acto vital-. Tras el impacto pudimos observar la belleza del valle, los prados parcheados en colores verdes y blancos compartiendo la vida del césped con la muerte del hielo. No teníamos nada, no había provisión alguna en la casa y nuestro estómago nos estaba chillando sin pausa. Nos dirigimos otra vez a la taberna, esta vez para desayunar. Ahí aprovechamos para comprar el Forfait Debutante, ya que no queríamos venirnos arriba y terminar perdiendo el capital. Finalizada la comida, imprimimos los permisos y alquilamos la maquinaria. En este último proceso nos dimos cuenta que no habíamos pasado por una premeditación correcta -dos de los cinco no tenían gafas de esquí y tuvieron que comprárselas-.

La subida a las pistas era algo que llevábamos esperando con ansia, lo que no sabíamos era que las botas, el caso y los esquíes pesaban mucho más de lo que creíamos. Desde el parking empezó un desfile de gansos que se complicó con la subida de las escaleras, ahí los gansos se metamorfosearon en pingüinos emperadores recién salidos del nado, pero paso a paso, pata a pata conseguimos llegar sanos y salvos. Habíamos sudado todo el líquido que teníamos pensado gastar ese día. Entramos en los telesillas y, con dificultad, nos sentamos en ellos dirección a un nuevo mundo. Agarrábamos la barra con fuerza por miedo de que esta se abriera sin previo aviso y nos precipitara al vacío. Al llegar arriba no queríamos soltarla, pero tampoco queríamos volver, así que dimos un salto y nos apartamos a un lado. Ahí hablamos de la estrategia, del plan deportivo del día. Descubrimos que no había plan. Decidimos practicar un poco zona verde y luego ya pasaríamos a la azul. Hicimos una pausa, comimos patatas y bebimos refrescos -ya que no había zumo- y, al terminar, todos sabíamos que había llegado el momento: la pista azul nos esperaba.

Disfruté un montón, disfruté como un niño, las vistas eran increíbles, el paisaje monocromático te hacía sentir insignificante y el frío en la cara te rejuvenecía. Ahora entiendo a mi madre, entiendo su euforia y sus ojos vidriosos al recordar esos tiempos. Volvimos al apartamento como si hubiéramos viajado en el tiempo. Del domingo poco puedo decir, ya que los pingüinos sufrían de cansancio y apenas podían moverse. Fue mi primera vez, pero no será la última. Me quedan muchas historias que revivir y la siguiente espero vivirla en Aigüestortes o San Maurici.