Quinto piso


Autor: Jack Torrance

Fecha publicación: 08/03/2022

Relato

QUINTO PISO

Por primera vez, desde que había empezado a trabajar para la E.N.P.A.L.C., Ignazio Calzone llegó tarde a su puesto de trabajo. Había salido de casa a la hora de siempre, pero aquella mañana se topó con retenciones en la carretera por obras y cuando consiguió salir del atasco se percató de que llevaba media hora de retraso.
Detestaba llegar tarde. El hecho de haber sido contratado por ese organismo con un empleo reservado a personas con discapacidad era algo con lo que se había ganado las antipatías de bastantes compañeros por lo que se cuidaba de ser siempre intachable en la medida de lo posible.
Aparcó en una de las plazas reservadas a las personas con discapacidad, bajó del coche, cogió su bastón y se dirigió lo más rápidamente que podía hacia la entrada del edificio.
El ruido de la madera contra el suelo producía un ritmo constante que ya era parte de él, una forma de vida.
Había sido así desde su nacimiento y había aprendido a convivir con todos sus problemas físicos; necesitar un bastón para moverse representaba solo la punta del iceberg. Aquel trabajo había contribuido significativamente a aumentar su dignidad y su autoestima a pesar de que, sobre todo en estos últimos años, algunos compañeros de trabajo le estuvieran haciendo la vida imposible.
Entró en el edificio apresurándose hacia los ascensores, pero la voz de Marco Fassi lo bloqueó antes de que pudiera subir.
"Calzone, ¿estas son horas de llegar al trabajo?".
Fassi era el arquetipo de lo que se conoce como un hijo de papá, un chico de veintiséis años que destacaba más por su arrogancia que por el talento de gestión, contratado allí como director general solo porque el tío era el presidente del organismo.
Desde hacía algún tiempo, Fassi y otros dos empleados de la misma edad habían empezado a meterse con él, al principio con bromas bonachonas, llamándolo irónicamente "punto y coma" por el ruido que producía andando con su bastón, o deformando su apellido, Calzone, en «cazzone».
Aquel tipo de humillación, por muy odiosa que fuera, no le había creado grandes problemas, ya había sobrevivido a burlas y bromas mucho peores a las que los de su edad lo habían sometido con regularidad a lo largo de su infancia y su adolescencia en un periodo en el que psicológicamente era infinitamente más frágil que ahora.
Pero progresivamente el tono de las ofensas de esos tres compañeros de trabajo iba aumentando volviéndose cada vez más duro y, concretamente en el último mes, habían empezado a lanzarle términos que nunca antes les había oído pronunciar y que dejaban emerger un enorme e injustificado desprecio hacia él. Términos como "monstruo deforme", "mongoloide", "capullo" o “gilipollas”, acompañados con bromas cada vez más pesadas.
Para variar, el señor Fassi aquella mañana no iba a dejar escapar la ocasión de humillarlo públicamente por aquel retraso.
"Calzone, ¡estoy hablando contigo!"
El tono de voz y la expresión del rostro habrían debido transmitir reproche, pero Ignazio tan solo le veía estampada en la cara una apenas disimulada sonrisa de menosprecio.
Los demás empleados presentes en la entrada se callaron. Ahora todos estaban mirándole a él.
Intentó su inútil defensa: "¡Lo siento, me encontré con un accidente en la carretera!"
“Venga, por favor” dijo Fassi con una expresión desairada digna de los mejores escenarios, "¡ahórrate tus excusas! ¡Todos han venido en coche, pero solo tú has llegado tarde! Y eso que tú ni siquiera puedes salir con el pretexto de que no encontrabas aparcamiento pues TÚ tienes una plaza reservada".
Otro ataque personal. Como si fuera un privilegio tener una discapacidad.
«¡Pero si siempre llego puntual, es la primera vez que llego tarde desde que trabajo aquí!".
“¡TÚ NUNCA TIENES QUE LLEGAR TARDE!” Gritó Fassi con todas sus fuerzas.
Ignazio bajó la cabeza. Seguramente no era el hombre más inteligente del mundo, pero desde hacía tiempo había aprendido a diferenciar las personas con las que era imposible razonar.
“…y en cualquier caso has elegido el día equivocado para llegar tarde. En una hora necesito todos los informes relacionados con la enajenación de los inmuebles de la Via Cile y de la Via Arno. No quiero trabajar hasta la noche solo porque un capullo como tú decide llegar cuando le parece por la mañana, así que ahora mueve el culo, ve al archivo y me preparas los papeles que te he pedido. ¡Y los quiero en una hora, no te tomes todo el día! ¿Lo has entendido, demente?”.
Ignazio siguió mirándolo durante unos instantes.
El joven directivo alargó un dedo hacia su frente, dando toquecitos.
“¿Hola? ¿Hay alguien ahí? ¿Has entendido todo lo que te he dicho?”
Alguien en el vestíbulo se rio.
“Sí”, contestó él concisamente.
“¡Y entonces ¿a qué esperas?! ¡Ponte a trabajar! Tienes poco tiempo, ¡venga!”.
Ignazio se dio la vuelta dirigiéndose rápidamente hacia los ascensores mientras oía cómo el director hablaba con otros empleados, definiéndolo como un “capullo”.
Los papeles que le había pedido tenían que ver con dos edificios enormes de los que ENPALC era propietaria y de los que se quería liberar, vendiendo los pisos a inquilinos particulares. Cada uno de los edificios en cuestión tenía por lo menos 150 pisos, un centenar de garajes y decenas de locales comerciales. Era imposible preparar todos esos papeles en una sola hora.
Fue al archivo y pidió las dos carpetas que necesitaba, el funcionario lo anotó en el registro y se las entregó. Ignazio cargó las dos carpetas en un carrito y se dirigió hacia la sala de las fotocopias que estaba al final del pasillo.
Dejó el carrito en el pasillo y cogió solo una carpeta para empezar a revisar los papeles. Dejó intencionalmente la puerta abierta, esa estancia era muy estrecha y no habría resistido allí adentro durante mucho tiempo si se hubiera quedado encerrado.
Era un trabajo tremendo que requería mucho más de una hora, pero eso el director ya lo sabía perfectamente. Era una provocación, una manera para tener un pretexto más y poder meterse con él.
Mientras estaba trabajando escuchó detrás de él las voces de Paris y Greco, los otros dos empleados que compinchados con Fassi tenían el pasatiempo de molestarle.
Aquel trabajo, que ya era suficientemente engorroso sin que nadie se entrometiera, se complicó aún más con su inútil presencia. Justo fuera de la puerta del cuarto de las fotocopias escenificaron un diálogo entre ellos con el único propósito de meterle presión.
“¿Has visto cómo ha hecho el ridículo hoy Calzone?”
“Sí” dijo el otro, “el señor Fassi se ha cabreado a lo grande”
Ignazio siguió haciendo fotocopias de espaldas a la puerta e ignorándolos.
Paris abrió ligeramente la puerta y continuó: “Cazzone, tienes que darte prisa, el jefe ya está bastante cabreado y si no le llevas esos papeles a tiempo es capaz de cambiarte el puesto de trabajo!”
“Sí,” dijo el otro siguiendo el comentario, “a lo mejor algo más sencillo ¡más adecuado para un idiota como tú!”. Se rieron.
Ignazio siguió con lo suyo mientras una lágrima le cayó por el pómulo acabando en la comisura de la boca.
El tono de Greco había cambiado, manifestando abiertamente una animadversión hacia él de la que Ignazio no lograba comprender el porqué. “Tienes un problema hoy, monstruo. ¡Va a ser mi día de suerte, la única manera de que te vayas al carajo!”.
Se fueron.
Era como si hubiera regresado a los primeros años del instituto. No entendía por qué la gente tenía algo en su contra.
Respiró profundamente e intentó concentrarse en el trabajo que tenía que hacer. Ya había pasado casi más de media hora y todavía no había llegado a un tercio de la primera carpeta. No le iba a dar tiempo.
Pocos minutos más tarde le llegó el sonido confuso de un teléfono que hacía eco en el pasillo y unos instantes después oyó los pasos de unos zapatos de tacón que se acercaban. Una de las empleadas del despacho de enfrente se asomó, informándole de que había una llamada para él.
Siguió a la compañera hasta el aparato y contestó, reconociendo inmediatamente la voz de Marco Fassi.
"Calzone, ¿Ya están listos los documentos que te he pedido?".
"Estoy haciendo las fotocopias, director, pero son un montón".
«Entonces no te has enterado de nada, ¡capullo! ¡Esos documentos los necesito inmediatamente! ¿Cuánto te falta? ¡espabila demente!".
Se estaba haciendo insoportable trabajar allí.
Volvió al cuarto de las fotocopias para continuar con su trabajo.
El límite marcado por Fassi acababa en diez minutos. Decidió que en nada le subiría los documentos que había conseguido preparar, luego volvería a ponerse manos a la obra para terminar el trabajo.
Esa solución hizo que se sintiera un poco aliviado.
La puerta a sus espaldas se cerró súbitamente y de repente oyó el ruido de la llave que giraba en la cerradura.
Se giró, cogió el picaporte intentando abrir. No lo consiguió. Habían cerrado la puerta con llave desde el exterior. Fuera oía risitas reprimidas. Empujó la puerta con más fuerza quejándose: “¡Venga, dejadme salir! ¡Tengo que ir al despacho del director, me está esperando!”.
Ninguna respuesta.
Tiró de nuevo de la puerta, luego empezó a golpearla. “Vamos, ¡Abrid la puerta!”.
Otra vez sin respuesta.
Apoyó una oreja contra la puerta para oír si fuera había alguien, pero no escuchó nada. Quien lo había encerrado allí adentro ya se había ido y las puertas de las otras oficinas del pasillo debían de estar cerradas para garantizar el funcionamiento del aire acondicionado, por lo tanto, nadie le había oído.
Nunca le habían gustado los espacios angostos y ahora que estaba encerrado forzosamente sintió cómo aumentaba su sensación de pánico.
Empezó a golpear con más fuerza y a gritar, esperando que alguien le oyera en el pasillo: “¡SÁQUENME DE AQUÍ! ¡SOCORROOOO!!».
Después de varios minutos y después de haber golpeado la puerta y gritado hasta la extenuación oyó finalmente unas voces de mujer al otro lado de la puerta.
“¡venía de aquí, he oído a alguien que golpeaba la puerta y gritaba!”.
Alguien giró la llave en la cerradura y abrió la puerta. Era la misma compañera de antes, la que había ido a llamarlo para pasarle la llamada de Fassi. Iba con otra chica del mismo despacho.
Lo encontraron sentado en el suelo con la mirada perdida en el vacío y le socorrieron.
“Calzone, ¿estás bien?”.
Las miró sin responder. Se sentía exhausto.
Le ayudaron a levantarse del suelo. Le preguntaron si quería un poco de agua, pero Ignazio dijo que no. Respiró profundamente el aire del pasillo hasta que la sensación de pánico pasó.
Cogió el bastón y se movió hacia su despacho, llorando, dejando allí el carrito con las carpetas.
Un empleado de una de las oficinas contiguas a la suya, que no se había percatado de lo que había ocurrido, salió al pasillo y al verle lo paró.
“¡Calzone! Fassi te está buscando, ya ha llamado tres veces, la última vez me pareció bastante enfadado, ha dicho que te quiere inmediatamente arriba con los documentos que te ha pedido”.
“Vale”, contestó Ignazio.
Tenía dificultad para respirar, la cara surcada por las lágrimas y una mirada rara que nadie le había visto nunca antes.
El empleado con el que acababa de hablar se dio cuenta y volvió a entrar en su despacho.
Todas las emociones negativas que había sentido hasta ese momento, la frustración, la humillación y el miedo se mezclaron transformándose en rabia. Mucha rabia.
Ayudándose con su bastón volvió al carrito que había dejado al lado de la entrada del cuarto de las fotocopias, cogió los papeles y avanzó lo más rápido que pudo hacia el ascensor.
¡Tom! ¡tom! ¡tom!
Greco y a Paris estaban en el pasillo observándole y hablando de él, con el típico tono burlón, pero no les estaba escuchando.
Ya no.
Entró en la cabina del ascensor y pulsó el botón número 5.