Qué tal estará el cielo


Autor: Camilo

Fecha publicación: 04/03/2022

Relato

Qué tal estará el cielo
Qué tal estará el agua, refunfuñaba el viejo Foster y sus memorias barajando los recuerdos de una vida ajena. Y qué rara esta pregunta, este interés improviso hacia el agua tan lejana de su ser, y tal vez, tal vez sí, gatillado por la pecera acomodada en el mueble. Pero pese al atractivo repentino e inexplicable, el poderío del interregno actual era tal que su conciencia prestada se imponía sobre su verdadero albedrío, convenciéndolo de que en verdad, pues le importaba un bledo el agua. Más bien el hogar, la sala que se le deparaba tan familiar pero aun así incógnita, una visión completamente nueva de algo siempre conocido. Hasta los muebles de siempre le parecían nuevos. Y otro enigma este andar, este pasearse tan natural como si fuera algo de toda la vida, controlar los músculos sin ningún esfuerzo además del desafío natural de una pata acompañando a la otra, desplazarse guiado solo por los antojos y la curiosidad, dentro de la sala conocida pero todavía a descubrir. Zigzaguear entre las sillas y refugiarse debajo de la mesa, asomarse al vidrio tibio de la ventana y luego un brinco inesperado para hundir las pezuñas en el sofá tapizado. Y mientras exploraba la sala vacía, el entorno adquiría formas distintas, que las artimañas de su memoria se preocupaban de confirmar, persuadiéndolo de la normalidad del conjunto de muebles y chirimbolos. Algo habrá en mi manera de mirarlos, remachaba el viejo Foster y sus pensamientos fluctuando igual que él en la alfombra de terciopelo. En efecto, no se equivocaba. La nueva perspectiva traicionaba la costumbre visiva. Ya no había obstáculos que dificultaran su visión. El panorama doméstico se le presentaba sin filtros, sin ningún vidrio tamizando su percepción, los objetos diáfanos ya no estaban a la merced de ningún líquido que pervirtiera sus formas, y la sempiterna borrosidad de las siluetas se traducía por fin en ságomas definidas. Pero qué vidrio y qué líquido, vaciló un instante el viejo Foster, aunque el sobresalto lúcido fue apaciguado por otra vez el inconsciente, y otra vez las ganas de desplazarse, y otra vez la alegría de poder andar. Sus patas le parecían el milagro perfecto para redescubrir esta realidad, artificios ideales para explorar lo largo y ancho de la sala, y por qué no, del mundo entero, que ya no preveía límites ni fronteras aparentes. Y entonces a seguir andando, a seguir las olas de la curiosidad que lo llevaban a la deriva, naufragando hacia el juguete tirado en el suelo para percatarse de su textura, sumergirse bajo la sombra de la mesa y luego de un tirón hacia el televisor apagado, hasta que un trepar inconsciente para escalar los muebles lo llevara hacia la pecera. Qué raro que esté vacía, consideró el viejo Foster, escrudiñando el agua mientras el ensueño se aflojaba, dejando aguajear un aserrín de sobriedad, una botella tirada al agua, flotando entre las olas, para que se percatara del mensaje. Pero pronto de vuelta el ahora adormilado, imponiéndose otra vez, y sus ideas nadando en esta realidad de magia. Y para qué quedarme acá, se convenció el viejo Foster, desprendiéndose de la curiosidad innatural que lo imantaba a la pecera, pues mejor aprovechar de este espejismo de libertad. De hecho, la libertad de darse vuelta y zas, olvidar el acuario vacío para concentrarse en el entorno maravilloso, explorar cada rincón buceando entre las maderas añejas y el mobiliario surcado por los arañazos, en la sala vuelta parque de diversiones para las epifanías del instante. Su índole prestada armonizaba con sus ganas, azuzando su deseo explorador. Su ambición se proyectaba hacia el infinito de las posibilidades. Pero entre una vuelta y otra, la conciencia inclemente reclamando su poderío, volviendo a la pecera vacía. Qué triste debe ser, ronroneaba el viejo Foster, el dorso deslizando suavemente en el pie de la mesa, un vidrio sella los límites de un mundo tan diminuto y estrecho, reflexionaba melancólico, es una burbuja sin escape. Nada como la independencia que acompañaba cada uno de sus pasos, se vanagloriaba el viejo Foster, y estos pasos que se repisaban para confluir hacia el mismo destino. Un destino incógnito, dictado solo por el azar de las zancadas, y sus movimientos sinuosos confirmando la tierra firme. El océano ya no existe, remachaba el viejo Foster, y en efecto tenía razón. Porque el mar se había vuelto un tanque delimitado, espejismo del lejano océano, vuelto ornamento hogareño. Y qué extraña la redundancia del tiempo, este interés desconocido atrayéndolo siempre hacia el mismo lugar, la pecera vacía, pese a que el viejo Foster decidido en su ahora y nada más. De nada le valían las convicciones, pues la mente es dueña déspota de todas las obsesiones, y la pecera vacía vuelta demonio de sus cábalas. Semejante era el trastorno gatillado por su mente, que la confusión se apoderó de sus certezas. Pese a su actual esencia gatuna, el viejo Foster empezó a sentir las olas y las corrientes fluir dentro de sus venas. Percibió el arrebato oceánico haciéndole eco a sus memorias lejanas, memorias impresas en su sangre pero jamás vividas, le parecía, exhumando el zambullir de unas escamas suplantando el pelo rojizo, de unas patas vueltas aletas, de unas branquias traduciéndose pulmones a medida que un maullar se apoderaba de las indecisiones, otra vez para afirmarse en este limbo y su fantasear. Para que afligirse, para que descabellarse sobre asuntos que no me compiten, se convencía el viejo Foster, mientras los últimos esbozos de realidad se barajaban borrosos. Aprovechar de este tiempo ajeno, de esto se trataba, aprovechar de este regalo de la misericordia concretizado en pelaje y patas, colmillos y bigotes, libre de cualquier candado material. Libre de la jaula de cristal de una pecera, espejismo del mar que se reflejaba en sus ojos felinos. Pero en realidad, se daba cuenta, la obsesión para el acuario asechaba su presunta libertad. Sentía que los deseos desvanecían, y su mente se enjaulaba en la idea de aquel tanque relleno de agua, que qué raro que estuviera vacío. Este maldito acuario está jodiendo mi alegría, se recagaba el viejo Foster, mientras la frustración suplantaba la despreocupación de seguir andando. De ahí fue un instante, una vuelta hacia atrás y un brinco inesperado delatando su ceguera para encontrarse otra vez al lado del tanque, y qué tal estará el agua, volvió a pensar el viejo Foster, trascendiendo de la racionalidad del ensueño para asomarse a la inverosímil realidad. Sus patas delanteras se convirtieron en ágiles artimañas para sabotear la pecera hechizada, mientras el eco de mil tormentas retumbaba lejano en sus oídos. No fue difícil desarmar la tapa, acercar finalmente el hocico al agua. Aunque su índole adquirida le impusiera el rechazo hacia los mares, otra índole celada lo despojaba de todo miedo, empujándolo más bien a sumergirse en sus ganas. Y sus ganas lo llevaron, por fin, a comprobar qué tal estaba el agua. Fue una sensación extraña, un sentimiento tan familiar que casi encarnaba una costumbre. Mientras surcaba entre el memento de un mar desconocido, las tormentas enardecieron, azuzando las corrientes. Retumbaba en sus oídos el ímpetu de tempestades de otro tiempo, de otra forma y otra apariencia, que buceaban en su mente raptada, ahora mismo por la curiosidad hacia otra vida. Una náusea improvisa revolcó sus entrañas mientras el lecho plácido venía arrebatado por las corrientes oceánicas. Mareado por el furor de las olas desapercibidas, el viejo Foster tambaleó una vez más confundiendo su esencia, saboreando los últimos escombros de libertad, hasta que el sobresalto de pezuñas le reveló la realidad de una existencia estañada en una pecera desahuciada, un flotar y sumergirse dentro del agua estancada, chocarse con los vidrios de su jaula submarina. De nada le valieron los esfuerzos, sus ojos cerrados esforzándose de devolverlo hacia los instantes mágicos de infinita libertad. Un último espejismo de alegría antes del fin inevitable, rezaba el viejo Foster, mientras el presagio de los colmillos violando sus escamas se hacía violenta realidad. Al menos la fortuna de haberme despojado de mis candados, sentenció el viejo Foster mientras desaparecía atragantado por el hocico despiadado.
Unos cuantos golpes de tos anunciaron el regurgito. Tal vez alguna espina molestando la garganta, pensó Cleopatra, mientras el cansancio post merienda dictaba los bostezos. Escrudiñó la sala vacía para buscar el mejor sitio por una siesta. Inútil descabellarse, suspiró Cleopatra, experta conocedora de la geografía hogareña. A estas horas del día, el mejor lugar es el alféizar de la ventana, aseveró Cleopatra, y pues, no cabían dudas. Mientras los rayos del último sol calentaban su pelaje, se fijó en el paisaje más allá de la ventana. El atardecer preanunciaba el tumbar de la noche, las sombras de los árboles se emparejaban a la obscuridad, y los pájaros cansados retornaban a sus nidos. Un mundo desconocido deparándose más allá del vidrio, pero las paredes sentenciando la distancia entre Cleopatra y la realidad de allende. Observó atenta por un largo instante, hasta que los párpados cansados empezaron a rendirse a la gravedad. No tardó mucho en hundirse en sus sueños, y dentro de la magia de la imaginación, su pelaje vuelto plumas, su hocico vuelto pico, sus patas vueltas alas, pronto una pregunta algo anacrónica despertó su curiosidad, y qué tal estará el cielo, refunfuñó Cleopatra, y sus memorias de las nubes barajándose entre realidad, espejismos y magia.