OTRA CUMBRE


Autor: KIRGUISTÁN

Fecha publicación: 18/03/2022

Relato

OTRA CUMBRE

Subimos juntos a la Aguja de Amitges, sin tocarnos, sin desconfianzas primigenias, aunque una vez, en un saliente demasiado resbaladizo, percibí el ramalazo de la angustia masculina en sus iris de cobalto y le ofrecí ayuda con la franqueza habitual de una mujer hecha y derecha. Adelanté la mano sin picardía, con los ojos vueltos del revés por si las moscas, macerada en una burbuja de eternidad engarzada con el recuerdo ambiguo de los otros hombres de mi vida. El contacto fue mínimo, apenas perceptible, volcado con el remolque de las palabras impronunciables. En sus yemas de seda retumbaba el celo de los rebecos, y soñé, escéptica en cierta manera por los envites de la concordia, con una cornamenta izada en el preámbulo de la lucha por las hembras. Enseguida me dio las gracias, con una ese final que, ronca como un grito de urogallo, le endiosó de inmediato la perfección del rostro. Luego, con rapidez de ligaterna, los tornillos del silencio de nuevo se incrustaron a conciencia en el clímax de la ascensión. En el camino de aproximación no nos habíamos cruzado con nadie. Los alpinistas domingueros, de haberlos habido, habrían pensado en una más de las muchas parejas que usaban el asueto del fin de semana para huir de la indefensión previa al aburrimiento del lunes. Sin embargo, era miércoles y el frufrú del aire pirenaico se manifestaba conciso, satisfacía la dicha de los pulmones y habituaba las rodillas al juego oscilante de las caderas. No hizo falta expresar en voz alta que precisábamos recurrir a la paciencia porque los pensamientos, callados en el regazo de los pechos, extrañados con la conjunción de los talones, triunfaban por encima de complejos artificiales y calamidades emocionales. Notamos la humedad del sudor emparedada bajo la ropa interior y escuchamos, atónitos, quizás hasta envalentonados, el crascitar de una docena de córvidos concentrados en el arte primitivo de hallar pitanza. Al postre, tras el auge de coronar, sitiados por la impavidez de las piedras, ambos enarcamos las cejas ante la mudez mirífica de la cima y no supimos qué vocablos emplear en la delicadeza del ilapso.
No sé qué decir, Pilar, y los síes de la enjundia erraban por las escarpas de los riscos, la majestuosidad piadosa, el incordio de los problemas terrenales barrido de un plumazo.
Tras cumplir la misión con creces, los abuelos de la nuca se le rizaron aún más con el rigor del viento mientras las espaldas, abroqueladas contra la reciedumbre del granito, indagaban a dúo en la conjunción mística del cielo. Almorzamos. El pan sabía a levadura tierna, el membrillo a ambrosía frutal y el queso a tradición lechera. Masticamos la comida al unísono, entusiasmados por las caricias de la soledad, perdidos en el maremagno de la grandiosidad de los alrededores. Nos habíamos conocido la víspera en el taxi que nos llevaba desde Espot hasta el refugio de Amitges, aunque habríamos podido casarnos en ese preciso instante, implicarnos de por vida y manifestar un sí quiero directo al grano. Se hubiera tratado de un pacto entre colosos, matizado por la luz abombada de las promesas, al socaire del fulgor prístino del paisaje sin parangón que nos circuía. Contemplábamos el cataplum del futuro, a punto de enfilar una senda hacia el crepúsculo de la felicidad, a lo mejor mal señalizada por las marcas rojas de la experiencia, pero siempre aunada por el colmo constante de la entereza. Entonces, sin parabienes tozudos, él se parapetó en un mohín de sonrisa conmovida, amparado en la peculiaridad pura del entorno, mimetizado con los tremendos ocres que nos rodeaban. Después sació la sed con dos buches de la cantimplora y habló de la simplicidad alegre de la atmósfera. De las entrañas recónditas del acervo, extrajo locuciones que explicitaban el lujo de estar avecindados en el paraíso y dibujó la escena hipotética de dos pastores amartelados, al margen de las consecuencias que, impredecibles, nos esperaban a los pies de la montaña. De cualquier forma, al cabo de cinco minutos, emprendimos el descenso hermanados por la tramilla de la bonanza.
Me has ayudado mucho, Pilar, y los grumos del candor aumentaban el afán de las alharacas, las mejillas turbadas, el oro de la nostalgia derramado.
Luego, en el entrelubricán, cuando el sol ya se escabullía en pos de la soberanía nocturna, le encontré cabizbajo en el bar del refugio. Asemejado a esos borrachos ramplones que buscan lo imposible en los miasmas del vino barato, llevaba las botas atadas a la virulé y las uñas de los pulgares carcomidas. Elevó la barbilla, sin prisas ni histrionismos, y aquilató el mundo tras observar cómo me aposentaba enfrente del torrente de su desgano. Bebía una tónica a palo seco con una mueca de desagrado, entre el aroma incisivo de la quinina y las alertas categóricas de la curiosidad. Se explayó mediante una confesión típica de desengaños aturullados, con enigmas nunca notorios, dentro de la bruma alegórica de los si tú supieras, dejando que las frases, inacabadas, a menudo inconexas, volitaran y terminaran posadas en una pulsera de cuero que portaba en la miniatura de la muñeca. En un momento dado, espontáneamente, asumimos al alimón que podía ser otro de los hombres de mi vida mientras algunos montañeros, en las mesas de al lado, intercambiaban diálogos lacados de contentura por estar en los Pirineos, apasionados en un periquete de alud, cercados por cánticos tamizados por la sutil ebriedad que provoca el alcohol y la altura. Nos despedimos sin besos, separados físicamente por un par de centímetros de oxígeno, orgullosos de haber aprovechado la celeridad inabarcable del tiempo. Antes había asentido a mi propuesta de salir al día siguiente a las siete de la mañana, apuntalado en la biografía de un tipo a prueba de bombas, regalándome el bosquejo de una sonrisa de verdad.
No ha helado, Pilar, y el trineo de las palabras viajaba por el púrpura de las ojeras, la lástima catapultada hasta las zanjas del pretérito, el alegato de los peros consumido.
A la hora estipulada, a la luz de la luna, con un flequillo de terciopelo robado a la almohada de la litera, él respiraba con la prestancia de un hola transido de ceremonias humanas. Ajeno a la tensión de las bobadas urbanas, cargaba con las cosas indispensables en una mochila de color pardo. En mi espalda no había nada, solo la fuerza monumental escrita en el papiro correoso de las piernas. Empezamos a caminar en dirección al pico del Portarró. Al principio, encima de un embrollo impresionante de pinos negros, surgió la figura apoteósica de un quebrantahuesos distinguido con el zarpazo del amanecer que enseguida quedó atrás con la porfía del ritmo. No había nadie en la línea franca del horizonte. El celaje del cielo fantaseaba con los prados alpinos, veteados de paz encalabrinada, acordes con la fruición del estatismo, y el espesor de los planes, todavía nocherniego, cobijaba la redención tajante del firmamento. El vapor del paladar se contagió del estertor de las vocales, con la saliva almibarada, quizás hambrienta desde la víspera, recordando la frugalidad del desayuno de un tazón de leche con cuatro galletas. Las sílabas, renuentes a alborotar la quietud, simpatizaron entonces con los resquicios de los peñascos y las hojas oblongas de los rododendros se mezclaron con el filo de lo inenarrable.
Somos lo que parecemos, Pilar, y la razón de lo impepinable vagaba por la simetría de los resuellos, la camaradería sincera, el pasmo de las perdices blancas glorioso.
En la montaña la verdad jamás suple a la mentira. Puede esconderse en un canchal, en una llambria o en un charco de lluvias antiguas, pero al final despunta en una esquina de la intemperie, en una sincronía con la niebla o, simplemente, en un buenos días apostado en el jadeo de las encías. Cuando coronamos la fortaleza pétrea, el patrón de la filosofía, fervoroso, gobernó los interludios de la roca que pisábamos. Ante nosotros refulgía una panorámica de valles pirenaicos salpicados de soledumbre y una pintura de bosques que, trazada con tiento de genio, mermaba la insignificancia de la humanidad. Daban ganas de blindar la dignidad del presente mientras la pujanza de las pupilas, henchida de bríos nuevos, patinaba en el espejismo de los lagos helados del espíritu. Resultaba difícil emigrar del lapso de la autenticidad y comenzar la naturalidad del regreso. Los enviones de la melancolía barruntaban una legión de preguntas incompletas, una sucesión de pronósticos que intentaban hollar territorios comunes a toda costa. El verbo gustar yacía intimidado en el corazón, embonado, listo para ser conjugado con la inclemencia de la realidad que aguardaba al pie del pico. Los dos, sin disimulos hipócritas ni narcóticos deleznables, esperábamos el instante de la libación de la quintaesencia, o al menos la capacidad de dar un paso y alcanzar el éxtasis de los gigantes. Al postre descendimos hasta el refugio de Amitges, cenamos con sobriedad de cartujos y nos fundimos en carnes, asilvestrados, conscientes de la protección incuestionable de la montaña. Sin embargo, al alba siguiente, después de añadir a Luis a la lista de los hombres muertos de mi vida, acometí en solitario la ascensión de otra cumbre.
KIRGUISTÁN