Ostara


Autor: Faneka

Fecha publicación: 18/03/2022

Relato

OSTARA

La Giganta no se despertó esa mañana de comienzos de primavera. Todos los habitantes del valle regresaron a sus casas, murmurando en corrillos que se extendían por cada uno de los pueblos de la comarca. Las ofrendas de flores y frutas quedaron relegadas a los pies de la fuente de la plaza, y los calendarios lunares colgados tras las puertas tenían el día marcado con un gran círculo en rojo: “Ostara”.

Las porteadoras y los barqueros fueron los últimos en enterarse. Las mujeres esperaban a la Giganta a varios quilómetros del lago, y llevaban desde allí todos los obsequios que ella tenía preparados para el pueblo. En San Maurici se reunían con los vecinos para celebrar el regalo de la primavera y llenar el lago de color, cantando lo que las abuelas habían cantado a sus nietas y a su vez les habían enseñado sus abuelas décadas antes.
Era un rito casi sagrado, que aguardaban el año entero y que apenas duraba unas horas. Desde el amanecer de la Giganta, hasta que el reloj solar marcaba las ocho de la mañana del día 21 de marzo.

Cuando el mozo mensajero logró llegar donde las porteadoras, ya se había extendido por todo el valle de Espot un gran revuelo. Del asombro habían pasado a la preocupación, y pronto lograron organizar una asamblea para plantear todas sus dudas ante el alcalde.

Berta no se creía que de verdad hubiese pasado, no podía imaginar que las consecuencias serían tan grandes. Su madre y ella habían bajado desde las montañas tan pronto como les dieron aviso, y se habían pasado todo el trayecto en silencio, alarmadas por la noticia y profundamente tristes, aunque cada una por un motivo diferente.
Cuando Oriol les recibió con el ceño fruncido, medio pueblo discutía ya en la cocina de la familia, a la espera de que llegase la hora pactada para la reunión.

“Que mi padre sea el alcalde solo hará empeorar todo esto”, pensó Berta mientras subía a su cuarto y dejaba las cestas y los sacos bajo la cama.

Sólo había una taberna en Espot. Dentro, además de interminables litros de cerveza, también se servían debates a diario, y era ese el lugar de casi todas las asambleas de los vecinos del pueblo a pesar de que la Casa de Mando tenía un espacio habilitado mucho mejor que este, y sin tantas distracciones.
Pol y Ona ya estaban allí cuando Berta apareció. Pálida como las cumbres de los Pirineos en pleno mes de enero, sus amigos notaron al instante que algo no iba bien e intercambiaron unas miradas fugaces llenas de interrogantes.

La noche anterior, como tantas otras previas al día más importante del año, los jóvenes montaron un gran fuego donde quemar sus gorros de lana confeccionados para protegerse del frío. El símbolo de la despedida del invierno, un recordatorio de que las épocas de malas cosechas y días cortos siempre terminan para dar paso a la primavera.

La notaban rara. Lejos de ser la que invitaba al baile e iniciaba todas las canciones populares, Berta estaba distante esa noche. “Y a ésta qué le pasa”, habían murmurado sus amigos.

“Ey, Berta. ¿Te vienes a ver las estrellas? Vamos a subir al refugio, hace una noche estupenda.”

“Y luego a la taberna, que ya sabes que todos cuenta contigo para el gran espectáculo Ostara”, dijo Pol.

“No me encuentro muy bien, chicos. Creo que me voy a ir a casa”, respondió Berta.

“¡Venga ya! No me digas que estás nerviosa por lo de mañana… Si llevas años preparándote y, además, lo llevas en la sangre”, contestó Ona.

Es cierto, se podría decir que la sangre porteadora corría por sus venas. Que generación tras generación las mujeres de su familia habían recibido las ofrendas mágicas de la Giganta y que, al día siguiente, el 21 de marzo del año en que cumplía los quince, sería la primera vez para Berta.

Una primera vez cargada de simbolismo porque su nacimiento había sido casi un milagro en la familia Solà. Ansiaban una hija que continuase con el legado, y cuando su madre ya llevaba cinco a sus espaldas, todavía ninguno había resultado mujer. Se le practicaron todo tipo de remedios ancestrales y cuando ya no quedaba ni una sola planta en todo el valle que prometiese la llegada de una criatura, apareció Berta. Fue un regalo para el pueblo y un alivio para su padre, Oriol, que nada deseaba más en este mundo que tener una niña porteadora.

Todo era un cúmulo de grandes expectativas y sobre los hombros de Berta se cargaban, no solo ofrendas, sino responsabilidades que desde hace un tiempo le pesaban demasiado. Comenzó a dudar y a distanciarse cada vez más en las preparaciones. Perdía el interés y su madre le reprochaba durante las subidas su falta de compromiso, aunque no comentaba nada en casa porque no quería provocar un conflicto.

La noche previa al despertar de la Giganta, Berta no estaba nerviosa por conocerla porque ya lo había hecho.

Incumpliendo todas las reglas del rito Ostara, Berta había subido unos días antes hasta donde se suponía que la Giganta y todas las mujeres porteadoras de los pueblos del valle se encontraban. Donde recibían los adornos vegetales y las primeras frutas de la primavera. Un gran campo completamente verde, regado con pequeñas motas violetas aquí y allá: Soldanella, Gentiana, Campanula, Viola… Berta se las sabía.

Pero no se lo imaginaba así por mucho que lo describieran igual en las leyendas que las abuelas contaban en el pueblo. Esto era inmenso. Un lugar placentero que tenía como telón de fondo una suma interminable de picos montañosos, cada cual más alto e imponente. El paisaje parecía sacado de uno de esos libros de la escuela en los que se ilustra el Paraíso.

Y de repente la vio. Estaba de frente, la silueta dormida de una mujer gigante tallada en las rocas pirenaicas. “Es verdad”, pensó “pero es imposible que se despierte y se levante”. Imposible que esas manos enormes que ahora descansaban sobre su pecho pudiesen acercarse a seres tan diminutos como ella para ofrecerles un regalo.

Comenzó a creerse su propia versión de la historia, y cuando ya estaba totalmente convencida y dispuesta a iniciar el trayecto de vuelta a Espot, notó temblar el suelo y un camino claramente marcado en dirección a las montañas apareció delante de sus ojos.
Parpadeó unas cuantas veces para asegurarse de que aquello no estaba allí tan solo unos segundos antes. De que el campo era inmenso y verde, donde no había ningún camino. Entonces lo oyó nítidamente.

“Solo se necesita una persona sin fe, para que Ostara caiga en un sueño eterno”


No se lo contó a nadie. Intentó olvidar lo ocurrido y seguir con su vida. Si la tradición le obligaba, ella subiría con su madre y las demás, pero nada la haría cambiar de opinión. Aquello era una mentira, un pequeño gran secreto que le descubrirían una vez estuviesen allí arriba: “Ahora ya lo sabes, Berta. Debemos ocultarlo porque esa es nuestra verdadera misión. La primavera llega siempre el 21 de marzo y ninguna Giganta que emerge de las montañas daría inicio a la estación.”

Sí, así era. No podía ser de otra forma.


Mientras la gente iba llegando a la taberna, la familia Solà ocupó su lugar al frente de la asamblea, con Oriol como portavoz.

¿Qué voz había sido aquella que escuchó en las montañas?

“Queridos vecinos de Espot. Lo que ha sucedido no tiene explicación.”

¿Quería decir que si Berta no creía en Ostara, el invierno nunca terminaría?

“Hemos estado hablando con las más ancianas porteadoras y nunca antes había ocurrido algo así.”

¿Que no habría alimento, que el sol no saldría por el valle?

“Sé que estáis preocupados, pero debemos tranquilizarnos.”

¿Que si Ostara no se despertaba desaparecería la primavera?

“¡Te creo!”, exclamó Berta ante el estupor de los presentes, que dejaron de gritarse para mirar sorprendidos a la hija del alcalde. “Sé que vas a despertarte y a ofrecernos lo que tienes para nosotros. Que estás dormida, que eres las montañas que nos rodean y nos protegen y que lo vas a volver a hacer trayéndonos la primavera.”

Berta hablaba dirigiéndose a ninguna parte. Su madre quiso atraerla hacia sí, preocupada. “Berta, hija…”

“No, madre. Tengo que ser sincera. Yo no creía en Ostara”, dijo ya entre lágrimas.

En la taberna se llevaron las manos a la cabeza. Más de uno emitió un grito de sorpresa. Después, el silencio reinó durante unos segundos.

“Tenéis razón. Con que una sola persona no tenga fe…”, Berta no pudo terminar la frase. “Pero sí la tengo y sé que la Giganta ya lo sabe, que nos va a traer las frutas y los regalos que cada año…”

De pronto, el suelo templó como unos días atrás lo hizo en aquel campo verde regado de violetas. Berta por fin se relajó, suspiró y sonrió satisfecha. Los allí presentes debieron sentir un alivio similar, porque salieron a la plaza y pudieron comprobaron fascinados que sus ofrendas ya no estaban a los pies de la fuente.

Por primera vez, los barqueros y las porteadoras iniciaron la subida al lago de San Maurici junto al resto de vecinos. Sabían sin haberlo expresado con palabras que eso era lo que debían hacer; pero no imaginaban que allí arriba hubiera aún más sorpresas.
Los barcos estaban preparados en la orilla, las frutas dispuestas en las cestas y los adornos vegetales colgados de los árboles. La gente empezó a abrazarse, primero en silencio y después cantando, agradecida por los regalos y el inesperado final de la historia.

Pol y Ona se acercaron a Berta, todavía con la boca abierta por el asombro; pero antes de que pudiesen articular palabra, la nueva porteadora Solà les dio la mano y emprendió el camino hacia las montañas:
“Vamos a dar un paseo. Tengo muchas cosas que contaros.”