No Perdonado


Autor: Raven D.

Fecha publicación: 19/03/2022

Relato

Para Gael,
Te escribo a la antigua usanza, que yo siempre he preferido. Ya no hay electricidad, o al menos
no para gente como yo. Pero si todavía estás vivo, probablemente tu sí tengas pantallas. Yo ni
siquiera tengo techo. Estoy sentada en la oscuridad de la noche, junto a las brasas crepitantes
del fuego. Mi bolígrafo hace un ruido extraño al presionarlo sobre el papel. Me pregunto
cuándo se me acabará la tinta. No tengo ni idea de cuándo tendré la oportunidad de conseguir
más, o de enviarte esta carta. Alrededor del fuego, mis compañeros roncan y se acurrucan en
sus sacos de dormir. Sinceramente, no puedo imaginar quién corre más peligro, si tú o yo. Ahora
no corro mucho riesgo, salvo por lo que pueda venir procedente de tu mundo, de tus guerras.
Así que probablemente tú estés en más peligro, si es que aún no estás muerto. Pero el tuyo
es un peligro tan lujoso y cómodo. Es lo que tiene ser quien eres, en el mundo tal y como es.
Firmaste un contrato, y ahora vives dentro de sus ataduras.
Sé que yo también firmé uno, al no firmar el tuyo. No hace falta que me lo recuerdes. Nunca he
dicho que me arrepienta.
Te escribo para recordarte cosas importantes que debes tener en cuenta, aunque es difícil
olvidarlas cuando uno vive en estos Años de Muchas Guerras. Incluso cuando uno está en una
posición de poder como tú. Pero tú siempre fuiste especialmente ciego.
Hay castigos fríos, y hay castigos calientes. El tuyo será caliente. No caliente en la forma
común y honesta de los seres humanos. No caliente como en mis tortazos sobre tu pecho,
como en mis lágrimas ardientes cayendo sobre tu piel. No como en mis gritos, y el dolor que
despertaban en nuestro corazón y oídos, al concentrarse la sangre en fluir a través de ellos. En
verdad, somos tales animales.
Mi venganza... Bueno, no la mía, en verdad. ¿Deseo que pagues por lo que me hiciste? Por
supuesto que sí. Pero es sólo un deseo, y no soy una djinn. Es la vida la que tiene su propia
deuda contigo, y está en su mano hacerte pagar. Yo sólo miraré. Y lloraré, y lloraré, y nunca te
perdonaré.
Como decía, la venganza infligida sobre ti será caliente de una manera diferente, pero tan común
para los ricos, hoy en día. No habrá hambre ni miseria para ti, solo asesinato. Será una muerte
fría en tu corazón, mientras que en verdad ocurrirá hirviendo. Porque no habrá gritos. No habrá
advertencia, ni reacción inmediata. El final llegará para ti de forma repentina, como el cuerno de
un mamut clavando se en el estómago de un orgulloso prehistórico. Así de animales somos. Por
alguna razón, ningún hombre cree que será el que perezca en una cacería.
¿O no?
Dicen que la disociación viene de esas mismas peleas, ahora lo recuerdo. El cuerpo tenía que
aprender a enfriar la mente, a separarla de la inminente perdición de la carne, para no tropezar
mientras bailaba entre las llamas.
Pero en aquel entonces no tenían opción entre bailar entre las llamas o no. Tú sí. Y qué magnífico
bailarín eras. Tal vez por eso te admiraba, en algún sentido que ahora me avergüenza. Es por eso
que te odio ahora, y no te perdonaré.
Una vez fue un parque, lo sé. El Parque Nacional de Aigüestortes. Yo estaba viva entonces, en los
"Tiempos Antiguos", como a los niños les gusta llamarlos ahora. No son tan antiguos, ya que yo
misma no soy tan antigua, todavía. Los tiempos de lugares como Cataluña, los de correr por el
progreso tecnológico y la esperanza idealista-materialista, no para sobrevivir. Pero llamarlo sólo
un parque es demeritarlo, ya que esto es un parque tanto como es otro mundo; uno en el que
incluso podrías olvidarte de todas las guerras. Íbamos a cruzar la frontera, pero las cosas están
igual de mal fuera, así que viendo este lugar algunos de mis compañeros de viaje ahora quieren
quedarse. Tal vez lo hagamos.
Uno de los hombres que viaja con nosotros vivió en Espot, una vez. Se llama José. Está contento
de estar en casa, dice. Creo que no dejará estos parajes, aunque nosotros lo hagamos. Es una
pena. Es muy perspicaz, pero incluso con él somos un grupo bastante pequeño y menguante,
y débil. Tendrías que haberme visto a mí, a ti que siempre te gustó que me vistiera con
elegancia y que llevara zapatos bonitos. Tú sigues haciendo todas esas cosas, pero nosotros...
Una bonita imagen de la desesperación a veces somos: expresiones abatidas grabadas en
nuestras máscaras; algunos días se cierne sobre nosotros un sentimiento de vulnerabilidad, el
pensamiento de que en cualquier momento podría pasar cualquier cosa.
Hoy hemos caminado bajo los árboles, agradecidos por su sombra, con las mochilas pesando.
Pero era un dolor familiar a estas alturas, el de nuestras espaldas. Había una dulzura en esa
familiaridad. Y además, pensé, tal vez por mi ingenuidad, que era una opción llevar mi mochila.
La llevo porque quiero, me decía, podríamos sobrevivir sin ellas. Estos días de primavera eran
cálidos, y el paisaje de los Pirineos parecía dispuesto a proporcionarnos con cualquier cosa que
pudiéramos necesitar.
Nos mantuvimos cerca del río Garona. Su corriente era abundante, limpia y fresca, y tan fuerte
que una especie de bola de agua se formaba delante de mi mano cuando la sumergía en el río.
Me hizo sentir como una diosa, como un pez, como ambas cosas. Pregunté, "¿Podemos parar y
bañarnos? "
José, que había tomado la delantera, sombreó sus ojos con una mano mientras se dirigía a mí
"Aquí no. Este era un lugar para barcos hinchables y excursiones, la corriente es demasiado
fuerte".
Así que abandoné mi idea de convertirme brevemente en ninfa, por ahora, y continuamos.
Sé que antes te he llamado ciego. Pero en momentos como los que viví hoy me pregunto si
yo misma estoy ciega. ¿No lo estamos todos? ¿Quiénes somos nosotros para entender los
susurros del viento? ¿Nos dan la bienvenida después de todo? Creo que sí, pero no es feliz.
Suena melancólico, como una madre que da la bienvenida a su hijo perdido. ¿Y el cielo? ¿Qué
historias cuenta? Tan azul e infinito, lo único que quieres hacer es estirar la mano y atravesarlo,
con una voluntad dispuesta a aferrarse al paraíso, en lugar de destruirlo con máquinas de metal.
Y al mismo tiempo es tan sencillo, tan puro y directo, como una cúpula sin sombras ni nada que
ocultar. Ni siquiera las aves quebrantahuesos pueden romper el cielo y volar más alto que su
muro invisible.
Tal vez estaba pensando demasiado, lo sé. Pero día tras día de caminata, ¿Quién puede
culparme? La observación es la más fina de las artes, diría yo; todos los demás oficios se basan
sobre ella. Incluso los más viles, como el tuyo, dependen de la observación. En tu caso, de la
gente.
Incluso en la tinta puedes percibir mi rencor indisimulado, ¿no es así?
Trabajas con gente día tras día. No caminas. Los únicos momentos en los que sudas son
cuando tienes que dar un discurso público, y quizás ni siquiera entonces. O cuando, (y me aterra
el pensamiento) tienes que pulsar un determinado botón. Espero que entonces sí sudes, y
llores y sangres también, si puedes. De lo contrario, eres más cruel de lo que cualquier hombre
debería tener derecho a ser. Porque cuando aprietes ese botón sólo traerás lágrimas y sangre.
Maldita sea, tal vez habría hecho un favor al mundo cogiendo un cuchillo (de aquella cocina que
compartíamos, antes de que fuera destruida, ¿recuerdas?) y acabando contigo antes de que te
convirtieras en lo que eres ahora. No lo hice, porque no soy como tú. Soy un ser humano, pero no
como tú, conozco mis límites. Eso no significa que te haya perdonado. Escribo porque te odio, y
la grandiosidad de los Pirineos parece despertar en mí el impulso de ensancharme a mí misma
también, y lo hago a través de escribir cartas que seguramente nadie recibirá. Son como un
diario, supongo.
Caminando por la naturaleza durante días y días, mis ojos se han acostumbrado al vacío que
se arremolina invisible sobre mí, a las oportunidades que presenta. A veces imagino que cada
ráfaga de viento es una escalera, y que puedo subirla. Caminar sobre ella, entre y sobre las
montañas; como hacían los dioses nórdicos, con su puente arco iris hasta Asgard. Azul. Tal gran,
inolvidable azul es el cielo aquí, cada día. Pero es el cielo que se extiende en mi interior, motivado
por el exterior, el que me ha cambiado. Incluso con la incertidumbre del futuro, ese azul que se
extiende me hace reflexionar, sumergirme en una hermosa melancolía, y me anima a escribir
cuando llega la noche, aunque sólo sea para que lo lean seres viles como tú. Cuando me pierdo
en el azul del cielo puedo mirar dentro de mí; mirarte ti, y no verte, o verte como lo que realmente
eres: pequeño. Pequeño, Gael. Eres tan pequeño. Todos somos pequeños. Así que, cuando dejo
que mi mente se vuelva una con el cielo, ya ves cuanto íncredible se ensancha.
Tras un largo rato al fin encontramos un lugar para bañarnos. El agua lanzaba arcos de luz
mientras chapoteábamos y nos zambullíamos. Gritamos y asustamos a los peces, que huyeron
a sus agujeros de barro o a aguas más tranquilas río arriba. Toda la tensión de nuestra marcha
silenciosa se liberó. Sólo podíamos pensar en lo felices que estábamos de estar vivos, de estar
aquí, del hecho de ser felices, en medio de estos tiempos terribles. Éramos como rebeldes,
como milagros en ese sentido; en nuestro prosperar a través de la impotencia. Tú nunca
entenderías el sentimiento. El arranque de la animada charla me hizo sentirme mí misma de
nuevo. Yo misma, un individuo. Yo misma, incólume. Después, con los pulmones ardiendo y
la cara roja de tanto tiempo bajo el agua, nos arrastramos hasta la orilla, y nos tumbamos en
medio de las hierbas pantanosas. Nuestros pies se hundieron en el fresco barro de la orilla. El
agua caía por mi pelo y las gotas se extendían por mi semi-desnudez.
Un ruido fuerte, no como el del viento, no como el canto de un urogallo.
Un motor. Miramos arriba y vimos los aviones.
Podríamos encontrar refugio si nos manteníamos cerca de una de las grandes montañas, dijo
José.
Entonces, de repente, nuestra celebración se convirtió en desesperación, y la gente a mi
alrededor empezó a guardar ropa en sus mochilas a toda prisa y a correr; yo me puse mi propia
camiseta, que se oscureció y se pego a mi piel, empapada por mí. Corrimos por el bosque,
y todo el tiempo ese maldito ruido seguía llenando el aire, por lo demás incorrupto. Oh Dios,
aunque nos dolía seguir adelante, no queríamos morir.
Poco a poco, aunque nos dimos cuenta de repente, el sonido se hizo más lejano.
Levanté los ojos a través de los verdes árboles y miré al cielo, y vi que los aviones desaparecían
en el horizonte.
Minutos después, en mi estado de adrenalina cuántos exactamente no sé, oímos las
explosiones muy, muy lejos.
Me pregunté, pasivamente como en un sueño, si tu estarías muerto.
La montaña se salva, pensé entonces, porque es pura. O más bien, la montaña nos perdonó a mí
y a mi gente, porque puede. Porque no necesitábamos ser castigados, ni perdonados. Y tú, si
hubieras vuelto, seguramente también te habría perdonado.