Manzanas venenosas


Autor: Celesteclaro

Fecha publicación: 07/03/2022

Relato

Hacía poco tiempo que Miriam había conseguido su primer trabajo como monitora de actividades infantiles, dentro de un programa familiar de vacaciones en la montaña. Así, mientras los papis tenían la oportunidad de practicar los deportes de nieve, los niños estaban bajo su cuidado, disfrutando también de las bondades que ofrece el invierno en las alturas.
De esta manera, contratada expresamente para estos grupos reducidos, cada día procuraba desarrollar su trabajo del mejor modo que le era posible. Contaba con un raquítico material proporcionado por su propia empresa, que se fue engrosando gracias a su creatividad y dedicación.
Durante aquella monótona mañana, jugaba con los críos a un juego de definiciones.
—Verónica, te toca — dijo Miriam, señalando a la niña, —tu palabra es “alud”.
El léxico compartimentado y patético de la chica le llevó a lanzar una definición tan sorprendente como inesperada.
—Es cuando…, si estás embarazada y tienes un bebé, se dice que has dado “alud”—respondió, tras haber pensado un rato rascándose la cabeza, como queriendo hallar la respuesta entre todas las trenzas con que la tenía decorada.
El desparpajo de la chica, sus movimientos de brazos y manos, los gestos tan salados de su cara y aquella respuesta, provocaron en Miriam estupefacción, al tiempo que una risotada descontrolada por la inventiva y la originalidad de la pequeña.
Ella, orgullosa de lo que había dicho, sonreía sin parar de mirar a su monitora, demandando un halago.
La dinámica transcurrió bastante rápido. Miriam sabía que no debía alargar demasiado los juegos, por temor a que se aburrieran.
Así que consideró que había llegado la hora del tentempié y ofreció la correspondiente bandeja de frutas de ese día. En la política de la empresa existía un programa de alimentación saludable, así que se incluía esa sana mercancía. Sin embargo, el éxito nunca era el esperado entre los niños y, la mayoría de ellos, desperdiciaba su frugal ración. Preferían los atractivos aperitivos a los que estaban acostumbrados, hipercalóricos, con llamativos envases y azucarados, a una humilde pieza de fruta.
—No me gusta. Y, y, y es aburrido comer fruta —dijo Roberto, tartamudeando, con voz lastimosa.
—Ni a mí tampoco, —insistió Miguel con cara de asco.
—Bueno, pues os coméis una entre los dos, ¿vale? —intentó convencerlos Miriam, sofocando el germen de un posible problema mayor.
Ambos chicos accedieron, a pesar de que solo se comieron una ínfima parte de su porción, para tirar el resto a la basura en cuanto tuvieron ocasión.
—Miriam, está muy mala —protestó Verónica, reforzando el posicionamiento anti-fruta.
— ¿Cómo va a estar mala?, si tiene muy buena pinta. Roja, brillante, preciosa… Mmm… ¡Qué rica! —recalcó la joven monitora, sin mucha seguridad de cómo convencerlos.
—Pues yo vi una película de Blancanieves, y, y se comió una manzana igual que esta, y, y se envenenó y, y, y se murió —apuntó Roberto de manera apresurada.
—Lo que faltaba—se dijo Miriam. Todo contribuía a alimentar los efectos negativos de las inofensivas manzanas. —Eso es un cuento. En cambio, esto es comida sana que hay que comer a diario—remató.
—Pues con lo mala que está, seguro que tiene veneno —siguió Verónica, usando como siempre su desenvoltura. —Yo no la quiero— pronunció, acompañándose de un impulso resolutivo que la llevó a la basura, donde depositó la manzana casi entera y ya nada se pudo hacer al respecto.
— ¡Vamos a ver!—dijo Miriam alzando la voz— ¡no están envenenadas! Son
fantasías. Aquí lo que tenemos es fruta rica y sana.
Un minuto más tarde, Miguel, discreto y silencioso, había devuelto sobre la mesa, impregnando de líquido viscoso la totalidad del mantel de papel.
— ¡Miriam, mi-mi-mira! ¡El veneno está haciendo su e-e-efecto! —gritó Roberto.
— ¡Ay Dios mío! ¿Qué te ha pasado? —acudió la monitora de un salto.
El pobre niño se quedó rígido, sosteniendo con su mano levantada unas servilletas. Intentaba librar el resto de pertenencias de aquella cascada maloliente, que resbalaba por el filo de la mesa. Aunque ya no había filo, sino viscosa mugre hilada de modo repugnante, a base de tropezones amorfos e inidentificables.
Eso sí que era un alud, o quizá dar a luz, quien sabe—pensó la educadora, mientras, histérica, intentaba limpiar todo con eficaces toallitas húmedas y rollos de cocina. Lo único que tenía a mano.
Los demás aprovecharon la coyuntura para llenar la papelera con las manzanas que habían sobrado, llevando a cabo la hazaña heroica de salvar del veneno a otras posibles víctimas.
— ¿Qué hacéis?, ¡no las tiréis! —gritaba Miriam en medio del caos, consciente
de que la situación se le iba de las manos.
No sabía qué hacer ante tales contratiempos. Pensaba que debería existir un manual práctico de pedagogía al alcance de todos, para esas ocasiones espesas, donde creía estar plantada en la cúspide de la desesperación.
Ante aquellas adversidades tan habituales, Miriam veía aplastada su dedicación día tras día. Su débil gusto por esa labor se evaporaba sin remedio. Quizás no era su camino. Por si era poco, debido a esa maldita casualidad, aborreció las manzanas gala durante una buena temporada. Al menos tardó mucho en comerse alguna.
Al final del día, cuando el balance de acontecimientos vividos se atropellaba en su mente mostrando un saldo negativo, Miriam fijó la vista a través de los cristales de su habitación, desde donde se contemplaba el majestuoso paisaje de la alta montaña. Desde su atalaya privilegiada, rodeada de prados alpinos y canchales, divisó a lo lejos el lago Llong, solemne y sereno, metáfora de lo que ella quería experimentar en ese momento. Sin embargo, con su sentimiento de irresponsabilidad y sumando la preocupación que se apoderó de los rostros de los papis al volver de esquiar, Miriam supo que necesitaba con urgencia un cambio de trabajo.
Al igual que las deducciones de los niños con respecto a las manzanas, ella había llegado a conclusiones parecidas: su trabajo se caracterizaba por ser bello desde la apariencia externa, pero putrefacto por dentro.
Fue ese el contratiempo que le inspiró para enderezar su vida profesional y apostar por su verdadera vocación. Abandonó las tareas infantiles, consideradas por ellas ácidas y carentes de seducción, para adentrarse en los placeres del senderismo. Desde entonces, y siguiendo aquel impulso loco y definitivo, dirige un borboteo constante de excursionistas que demandan ser guiados por las entrañas de la comarca del Pallars Sobirá, epicentro de su felicidad.