Mañana, dijo Papá


Autor: Tapón

Fecha publicación: 19/03/2022

Relato

La tarde antes de morir, mi padre nos cogió a mi hermano y a mí para llevarnos al río una última vez. Habíamos estado jugando en el huerto de Doña Rugiera, nuestra vecina, a la espera de que él volviera de preparar los teleféricos como hacía cada año antes de la temporada de nieve, siempre con las manos sucias y cubiertas de un aceite negruzco que terminaba cubriéndole la cara de tanto rascarse por esa costumbre nerviosa suya que aún hoy puedo ver en mi hermano Pau. En el fondo, aún hoy, tengo la sensación de que aún vive en uno de los pelos de esa barba que comparten, en el color de los ojos que es idéntico o en esa mancha de nacimiento que les recorre (o recorría más bien) a ambos la parte baja de la espalda y con la que me gustaba jugar cuando Papá se quedaba dormido en el salón.
Subimos al coche con una toalla en el asiento para no mancharlo todo de barro. Papá, que después de visitar al médico había vuelto a fumar tras varios años sin hacerlo, encendió un cigarrillo y me pidió que pasara delante para hacerle compañía en el viaje. No recuerdo de qué hablamos, solo que en la radio sonaba música en inglés y que cuando sujetaba el tabaco en la comisura de los labios me acariciaba la cabeza haciendo presión con las yemas de los dedos en mi coronilla mientras me repetía que algún día se me iban a escapar la ideas por ahí como si fuera una chimenea. Yo me reía y no le daba importancia, aunque creo que es una de las razones por las que aún hoy me gusta llevar un gorro cuando salgo a la calle, por si las ideas deciden abrirse paso entre mi pelo como los exploradores de las películas en busca de una mejor residencia, que falta les hace.
Llegamos y aparcamos camino a un recodo escondido que mi padre juraba que había descubierto su abuelo con sus amigos y que ahora solo conocíamos nosotros, por lo que ahora sería nuestro secreto, aunque alguien no debió de guardarlo bien porque en días soleados como aquel que te cuento la poza se llena con ingleses y turistas que vienen a pasar unos días al pueblo y dejan todo perdido y lleno de basura. Sin embargo, esa tarde aún no había llegado el fenómeno turístico.
El pueblo era una isla de tranquilidad hasta que el invierno lo cambiaba todo y había que afanarse en sobrevivir al barullo que, no sin problemas, llenaba sus calles, ahora blancas, y abarrotaba los locales de la ciudad. A veces añoro esa época. La añoro porque era cuando pasábamos más tiempo con Papá.
Bajamos del coche y empezamos a caminar. Papá llevaba a Pau a hombros y yo, sujetando un palo alargado y con apariencia firme, caminaba a su lado mientras recitaba las frases que los libros de aventuras ponían a los exploradores que se iban a las regiones de la India a luchar contra los piratas. Él me iba siguiendo desde atrás, tarareando una canción que había inventado hace años y agachándose cada vez que una rama iba a golpear a mi hermano. Y así seguimos un buen rato, con el sol colándose por las ramas de los árboles para rozarnos la espalda tras atravesarnos las camisetas y acariciarnos la piel hasta llegar a una zona despejada en la que, tras bajar unas piedras ayudados por la cuerda que Papá había colgado hace años, nos sentamos en la explanada y nos comenzamos a desvestir.
Hora, mientras escribo esto, estoy sentada en la misma piedra y con los pies descalzos rozo el suelo que hoy me parece más frío que aquella tarde en la que vi a Papá sonreír por última vez cuando nos veía chapotear y sin fingido esfuerzo se levantaba, entre toses y golpes en el pecho, y caminaba hacia nosotros para saltar al agua y empaparnos las cabezas. Hay ruidos que se graban en la cabeza. El del primer te quiero, un adiós especialmente doloroso o, sencillamente, el ruido de los coches al pisar por primera vez una gran ciudad. A mi siempre se me quedará tatuado en la memoria su risa en aquel baño y otra frase más.
Al salir nos tumbamos al sol en la piedra y nos secamos como las lagartijas del jardín. Mirando al cielo, Papá me explicaba las especies que sobrevolaban el cielo y que por unos instantes tapaban el sol. Enormes buitres, pequeños cuervos o algún que otro águila que se había perdido en su camino al oeste. Papá me contaba la naturaleza que nos rodeaba como una parte de nosotros mismos, como si el mundo fuese un órgano más de nuestro cuerpo que necesita ser nombrado para poder ser cuidado.
De Papá lo último que recuerdo es señalar a una nube y preguntarle a qué le recordaba. Me respondió que a Mamá, a la vez que le pidió salir en ese mismo lugar. Yo le pregunté dónde estaba ella. Él solo me contestó que mañana me lo diría.