Los alonsitos


Autor: El Ruiseñor

Fecha publicación: 27/12/2021

Relato

LOS ALONSITOS




No sé si conocen el hornero. El ave nacional de Argentina. Mantiene la misma pareja por largo tiempo. Quizá, toda la vida. Esta dura unos tres o cuatro años. Entre ambos construyen el nido y empollan los huevos. En general, cambian de nido todos los años. Los hijos ayudan en la construcción. El hogar se asemeja a un horno de barro. Por eso se los llama horneros. También, en nuestro país, se los conoce como alonsitos, caseros y caseritas.
La historia que voy a narrar se trata, por supuesto, de un casal de horneros. Se amaban con intensidad. Deseaban, lo antes posible, tener descendencia.
La precavida pareja comenzó a construir el nido. A los cuatro meses antes de poner los huevos. Mezclaban su saliva con lodo, fibras vegetales, estiércol, piedras pequeñas y otros elementos que hallaban en su entorno. Con una paciencia y dedicación infinitas. Lo dividieron en dos sectores a través de un tabique. Una de esas partes, destinada a los huevos. ¡Una verdadera obra de arte!
La hembra puso tres huevos estupendos. Con gran expectativa, se iban turnando durante el día para empollarlos. Por la noche, el macho dormía entre la vegetación. Escondido para no ser comido por serpientes, comadrejas, lagartos… Mientras la esposa cubría los frutos del amor con gran celo maternal.
Solo nació con vida uno de los pichoncitos. A pesar de los cuidados. Lo llamaron Piquín. Los padres se peleaban por brindarle lo mejor. El piquito más cariñoso. El alimento más sabroso. Orugas, moscas, libélulas… Fue creciendo hiperalimentado, sobreprotegido, malcriado…
Un polluelo muy precoz. A los tres días abrió los ojitos. A los diez, lucía gran parte del plumaje. Comenzó a volar y a independizarse. Cubría cada vez distancias mayores, con gran seguridad y coraje. Obtenía, por sí mismo, la comida preferida. Grillos, mariposas y otros bichitos.
Los progenitores tenían mucho miedo por él. En especial, la madre. Piquín regresaba y calmaba la ansiedad. Cada vez tardaba más tiempo entre cada visita.
Los enamorados planeaban más hijos. Decidieron construir otro nido en otro lugar. Le pidieron ayuda a Piquín. Con actitud despreciativa, se negó. En uno de sus largos paseos coincidió con un grupo de calandrias. Quedó prendado de su forma de cantar. Estableció una gran amistad. Nunca más volvió al hogar paterno. Los padres lloraban su pérdida, casi resignados. Confiaban en que las próximas crías serían más amorosas.
Piquín pronto se convirtió en un ejemplar adulto. Majestuoso. Alas brillantes rojizas y negras. Espalda y cola rojiza. Garganta blanca. Pico y patas gris oscuro. El canto, la delicia de las horneritas.
Conoció a una alonsita llamada Kety. La pajarita respondió de inmediato al llamado de la melodía. Pequeña, tímida, insegura. Alas blanquísimas.
La parejita expresaba el amor con un armonioso canto a dúo. Estiraban con gracia el cuello. Extendían la cola. Agitaban las alas con movimientos leves. Provocaban la envidia de las demás hembras.
Kety anunció al compañero que serían papás. Lo invitó a emprender el nido. Al principio, el macho, radiante. Enseguida, se cansó de trabajar. Coqueteaba con las demás horneritas. O vagabundeaba con las calandrias.
De vez en cuando retornaba. La esposa trataba de continuar sola su casa. Le significaba mucho esfuerzo. Él la ayudaba. De nuevo pretextaba cansancio. Y volvía a ausentarse.
Una calandria lo quería retener en su grupo. Aprovechaba la capacidad para imitar voces de otras aves. Se hacía pasar por Kety. Y confundía a Piquín. Poco a poco se alejaba del compromiso.
La alonsita comprendió que al hogar le faltaba mucho para estar listo. Los polluelos nacerían en poco tiempo. Buscó otro lugar. Se instaló en un nido abandonado. Cubría los huevos para darles calor día y noche. Comía lo poco que obtenía. Se sentía muy débil. Larguísima y penosa espera. Solo pensaba en el compañero. Y la ausencia de amor hacia ella y los hijos.
Piquín tuvo un momento de sensatez. Imaginó que se acercaba el nacimiento. Llegó al nido. Incompleto y vacío. Por primera vez, se consideró perdido. Y culpable.
Revoloteó por lugares cercanos. Localizó un ponedero. Un poco descuidado. Arriba de un poste telefónico. Se aproximó, sigiloso. Llamó a la pajarita con un dulce canto. Ella lo reconoció y respondió. Se apareció un halcón enorme. De un violento picotazo, despedazó el nido. Los huevos, al abismo. En silencio, sin piedad.
Kety logró zafarse de las gigantescas garras. Levantó vuelo. Desde lo alto, contemplaba los frutos del amor devastados. Desolada. Impotente. Atónita. Percibió el aleteo del amado. Por última vez. Se escabullía. Horrorizado. Cobarde. Insensible. Eludía el peligro. El viejo amor. La dignidad.

El Ruiseñor