LAS ENSEÑANZAS DEL ABUELO


Autor: CHAYA

Fecha publicación: 19/03/2022

Relato

LAS ENSEÑANZAS DEL ABUELO

Cuando Oriol cumplió los 6 años, estaba loco de contento. Por fin podría ir a la escuela, porque antes de esa edad no les admitían, a no ser en colegios privados pagando una elevada cuota.

Su familia apenas tenía dinero para subsistir. Eran los difíciles años 60, todavía resonando los ecos de la postguerra. Lo complicaba aún más vivir en plena montaña, en la entrada del recién declarado Parque Natural de Aigüestortes. Las adversas condiciones meteorológicas les mantenían aislados muchos veces, pero vivir en plena naturaleza resultaba un entretenimiento extra para Oriol y sus tres hermanas mayores. Compañero incansable de su abuelo, que vivía con ellos, quien le enseñaba mil y un trucos de como recolectar frutos del bosque, reconocer las setas comestibles, distinguir el trino de los pájaros, las técnicas de la pesca en el lago San Maurici o en los ríos Noguera-Pallaresa y Escrita, le convirtieron en un niño muy espabilado (se las sabe todas, decía su abuelo orgulloso). Pero sobre todo era un niño feliz, servicial, encantado de vivir en aquello entorno idílico.

Cuando empezó a ir a la escuela, lo hacía con sus dos hermanas. La hermana mayor ya había emigrado a Barcelona, donde había empezado a trabajar.

Primero tenían que atravesar un bosque precioso, siempre verde y fresco (en invierno demasiado frío o incluso nevado). El camino plagado de inmensos árboles, robles, fresnos, hayas, avellanos (su abuelo siempre le traía varas de avellano, muy flexibles, para que caminara con ellas, te servirán de ayuda, le decía), pinos, coloreados serbales de los cazadores, matorrales y plantas crecían por todas partes. Tenían que tener cuidado con las ortigas para no tocarlas. Siempre los acompañaban los trinos de los pájaros. Luego cruzaban un pequeño puente de madera, desde el que se veía la cascada que cae al río, para salir a una extensa pradera, sin árboles, donde siempre hay vacas pastando, que se les quedaban mirando fijamente al pasar. Sus hermanas pasaban corriendo, con miedo, pero a Mario no le intimidaban, solo miran porque son curiosas, decía su abuelo. Después de subir un estrecho sendero, desde el que divisaban el pueblo abajo y alrededor montañas y bosques y ríos. Respiraban hondo por el esfuerzo y una vez que recobraban el aliento, comenzaban a bajar. A un lado la roca desnuda casi les rozaba, al otro matorrales, espinos y algún que otro árbol. En primavera había flores, moradas, blancas, amarillas, azules, y frutos como arándanos, fresas silvestres y en otoño moras y avellanas. Se iban entreteniendo probándolos todos. Después el camino se abría y podían ver los primeros tejados, símbolos de la civilización. Aunque cansados, como sabían que ya faltaba poco, aceleraban el paso, casi corriendo.
Al llegar, otros niños estaban ya esperando. Y empezaban a compartir saludos, sonrisas y cromos.
Oriol enseguida se hizo amigo de Jacobo que era su compañero de pupitre. Jacobo llevaba ropa nueva, una cartera reluciente, un estuche de cremallera con 12 lapiceros de colores, compás y otras cosas que él no tenía. Incluso llevaba un reloj del que no sabía leer la hora. A Jacobo le llevaba su padre en coche. Oriol se quedaba mirando aquel artilugio con ruedas porque todavía escaseaban por allí. Cuando Oriol le dijo que él tenía que caminar más de 2 km. para ir y otros tantos para regresar a su casa, Jacobo se rio.
- Pues yo si tuviera que hacer eso, no vendría nunca.
- ¿Por qué? A mí me gusta mucho la escuela. Aprendo cosas y me divierto. No me importa tener que caminar. Es un paseo muy bonito y divertido. A veces vemos algún animalillo.
- ¿Animales? ¿Cuáles? A mí me encantan
- Pues algún corzo, ardillas, vacas, caballos, mariposas, lagartijas, hasta un tritón. Oímos cantar al urogallo y vemos volando quebrantahuesos.
- Quebrantaqué?
- Es un buitre. Se llama así porque a los animales muertos, les lanza contra las rocas para romper los huesos y poder comer. Me lo ha dicho mi abuelo.
- No lo sabía. Lo consultaré en la enciclopedia.
- Yo no tengo, pero mi abuelo lo sabe todo.
- ¿A qué se dedica? Mi abuelo es abogado.
- Mi abuelo es… mi abuelo. Ayuda todo lo que puede.
- Estará jubilado.
- No sé. Pero, ¿sabes?, un día vimos una huella enorme de oso.
- ¿En serio?
- Sí. Mi abuelo me enseñó los dedos y hasta se veía la marca de las uñas. ¿Quieres venir un día a mi casa? Vamos al bosque con mi abuelo, veras la de cosas que te enseña. Luego pueden ir tus padres a buscarte con el coche.
- No me dejarán.
- ¿Por qué?
- Porque después del colegio tengo otras clases. Una profesora me enseña inglés y otro a tocar el piano. Además tengo que estudiar mucho porque mis padres quieren que sea el número uno en todo. Dicen que un Pons tiene que estar muy preparado para llegar a lo más alto.
- Pues mira mi casa está en un alto.
- No se refieren a eso.
- Bueno da igual. Podrías venir un sábado o un domingo que no hay clase.
- Tampoco porque el fin de semana vamos a Lleida a ver a los abuelos y visitamos algún museo, vamos al teatro o conciertos.
- Pues entonces no entiendo para qué quieres tener tantos juguetes, la bicicleta o los patines si no puedes jugar con ellos porque no tienes tiempo.
- Bueno... es lo que quieren mis padres. Yo solo les obedezco, dijo Jacobo cabizbajo.

Oriol se quedó pensativo un rato y preocupado por su amigo. Se dio cuenta que él tenía lo que necesitaba para ser feliz, aunque no poseyera juguetes ni tantas cosas como Jacobo, tenía tiempo de jugar y disfrutar de la naturaleza, tenía una familia estupenda y un abuelo con el que compartía tantos buenos ratos y enseñanzas. Aun así, también le gustaba mucho estudiar. En el colegio aprendía muchas cosas interesantes; quién sabe si él también podría llegar tan alto como su amigo Jacobo. El esfuerzo de recorrer el camino hasta el colegio, bien merecía la pena.