Las damas de agua


Autor: Pruit

Fecha publicación: 18/03/2022

Relato

Las damas de agua.
Desde que escuché de chico esta historia a mi abuelo siempre quise toparme con una. Soñaba que me susurraban al oído y me hacían sentir un ser único y pleno de amor.
Alex Müller llegó a Cabdella en el verano de 1921 desde su Zurich natal. El contraste de vivir en una gran ciudad con ese pequeño pueblo de Cabdella, de apenas noventa habitantes, gente recia del Pirineo leridano, curtida por vientos, nieves, soledad y bestias, le hundió en una melancolía y en una soledad nunca experimentada en sus treinta y cinco años.
Al llegar el invierno se deprimió un poco más ya que los trabajos se detenían por la nieve y el frío. Aprovechó el parón para bajar a la Pobla de Segur y ver si acrecentaba el ánimo. Quería presenciar cómo se levantaba el primer poste de distribución. “Mañana, Pobla estaría concurrida pues el acontecimiento bien lo merece”, pensó.
A las diez de la mañana tomó asiento en una de las 16 plazas del ómnibus, un Hispano Suiza matrícula L-42, el único coche del pueblo. Llegó a Pobla al mediodía. Se dirigió directo a Cal Blasi. El comedor estaba muy concurrido. No le quedó más remedio que compartir mesa con otro caballero, este se levantó del asiento. Adelantó el brazo extendiendo la mano, —Pedro Serra, —exclamó en tono jovial—, es un placer compartir mesa con usted. Alex estrechó la mano con fuerza y se presentó, —Alex Müller. —A pesar del acento, el tono de amargura no le pasó desapercibido, así que durante toda la comida no dejó de hablar. Le contó a Alex que era maestro en Pobla pero en los próximos días se mudaría a Cabdella, al hotel Energía. Tenía concedida una plaza en propiedad en las escuelas que acababa de construir la EEC. El dato hizo que Alex respingara. La empresa de energía de Cataluña, o EEC como la conocía todo el mundo de la comarca, era la empresa que le había contratado y las escuelas recién terminadas estaban enfrente de su casa.
En los primeros meses de 1922 Pedro y Alex se hicieron íntimos. Pedro, militante del PSOE, sindicalista en la UGT, buen conversador, se pasaba al atardecer por la casa de Alex. Unos días le enseñaba la lengua local y los secretos de estas montañas. Otros días hablaban de manifiestos comunistas y del proletario. Otros, los menos, del nuevo papel de la mujer en el mundo actual. Al final del invierno había infundido nuevos ideales en sus ideas burguesas e instaurado en su pecho sentimientos confusos.
El verano llegó casi sin querer. Alex se apresuró a coger el morral que estaba colgado en el zaguán. Se movía veloz pues quería estar de vuelta para las hogueras de esa noche. Tenía que purificarse, desechar de su pecho algunos malos auspicios antes que se cumplieran. Cerró el portón de madera de la casa que la empresa había construido para él, y apretó el paso.
Los cinco kilómetros hasta la fuente de Rus no le debían llevar más de una hora, de ahí una hora más hasta llegar al Estany Morera. Como ayudante del ingeniero jefe, prefería asegurar personalmente que la tubería estaba bien asentada antes de continuar con el empalme. Este era un punto crítico para la consecución de la cuenca de captación del Rus al proyecto de la central hidroeléctrica iniciado once años antes.
Tras bordear el ábside románico de la iglesia de San Vicente emprendió la subida por el camino empedrado circunscrito por el murete de piedra seca. Hizo una parada en el oratorio de San Juan. Allí, a los pies del pequeño templete, un único ventanuco permitía al Santo contemplar a sus fieles. A sus pies, habían dejado ramos de perpetua, uña de gato, nogal e hipérico para invocar en esa noche mágica suerte y protección. Alex hizo lo mismo. Tomó aliento y continuó por el sendero del Riqüerna a través del sombrío soto que organizaba un corredor lineal de nogales, arces y majuelos; y un denso tapiz de hierba y flores. A la media hora, el camino se abría en una zona de prados y bancales. La tarde había descendido rápidamente desde las cumbres. El sol ya no templaba el cuerpo sudoroso mientras avanzaba, por breves tramos de lazadas, subiendo hasta la zona de Salvapaga, hasta atravesar el Barranco de Francí, por el Pontet de Rus; justo en el punto donde el río forma una hermosa cascada.
El aire olía a agua. Se sentó un rato en el puente contemplando el magnífico salto, que bailarín, se precipitaba a través de las paredes curvadas y retorcidas, originando pequeñas heridas en la roca con cada paso de danza. El estruendo del agua impedía que escuchase sus pensamientos, le estaban hostigando. Agradecido al ensordecedor ruido y la belleza del paisaje apretó los ojos, sin terminar de cerrarlos, a ver si podía llegar a enfocar la luz a través de las pequeñas gotas. El color se percibe mejor a través del agua. Cada partícula iluminada por la luz natural es un haz de luz que no pasa, se refleja impidiendo que llegue a su destino. Los destellos dorados, azules, verdes le calmaban. Sutilmente uno de esos destellos dorados se movió. Volvió a apretar los ojos con fuerza y a fruncir el entrecejo. El destello tenía contorno, se podía adivinar detrás de la cascada.
Alex se levantó ávido y se acercó al borde del chorro. Volvió a entrecerrar los ojos y se concentró, hasta que ambos convergieron en un hueco que el agua dejaba abierto en su caída. Un mundo de imágenes se agolpó en su imaginación en aquel instante. Imágenes ligerísimas, sin forma determinada, luz que emanaba de la soledad de aquellos lugares para colmar la melancolía de su espíritu.
Impulsado por su desasosiego metió los pies en el rio y se adentró a través de la cortina ruidosa en busca de esa figura que estaba seguro haber visto. Las ropas se le pegaban al cuerpo y el musgo de las piedras ralentizaban su paso. A medida que se alejaba del salto de agua, hacia el interior de la piedra, se percibía una melodía. Sin palabras venía a decir:
No me dejes perder la maravilla
de tus ojos de estatua, ni el acento
que de noche me pone en la mejilla
la solitaria rosa de tu aliento.
Tengo miedo de ser en esta orilla
tronco sin ramas, y lo que más siento
es no tener la flor, pulpa o arcilla
para el gusano de mi sufrimiento.
Si tú eres el tesoro oculto mío,
si eres mi cruz y mi dolor mojado,
si soy el perro de tu señorío,
no me dejes perder lo que he ganado
y decora las aguas de tu río
con hojas de mi otoño enajenado.
—¿Cómo puede esta música recitar mi poema preferido?, aquel que Pedro me enseñó de Lorca. Aquel que escrito en un papel doblado descansa bajo mi pecho. Aquel que pienso quemar esta misma noche en la hoguera de San Juan. Aquel que Lorca tituló Soneto de la dulce queja. Quebranto mismo de mi amor oscuro.
Paso a paso, enajenado, desquiciado por su dolor, se fue introduciendo dentro de la cavidad. Las imágenes distorsionadas por sus lágrimas. El haz de luz que apenas pasaba le hizo tropezar una y otra vez, dificultosamente se ponía de pie. Derrotado se tiró al suelo mientras repetía: si eres mi cruz y mi dolor mojado…
Así empapado y empequeñecido abrazó a la nada.
La aloja le contemplaba con curiosidad, la había sobresaltado cuando se estaba peinando su melena ondulada con el agua del salto. El color cobrizo de su pelo destellaba al sol a través de las gotas, que saltarinas, se suspendían en el aire del atardecer e incidían en los rizos. Otras doncellas del agua se acercaban para ver al humano de cerca. Hacía muchos años que nadie había entrado en la cueva. Los hombres viven con prisa, ya no se paran a oler el viento, saborear el calor, y contemplar el agua. Dentro de poco olvidarán que existen, y este humano era su única oportunidad de sobrevivir. Si nadie las recordaba desaparecerían para siempre.
Las alojas unieron sus manos alrededor de Alex e inclinaron su torso hacia él. Un sonido antiguo empezó a sonar por toda la cavidad, cuanto más sonaba, más calor le proporcionaba a Alex. Al cabo de unas horas, sin romper el abrazo, pasaron las manos por debajo del cuerpo y lo depositaron fuera de la cueva, en una pradera caldeada por un sol radiante.
Alex abrió los ojos, su angustia había desaparecido. Su cuerpo estaba pleno de energía. Su mente despejada repetía una melodía extraña que nunca había escuchado. Dos mujeres hermosas: ojos verdes, ondulados cabellos cobrizos fulgurantes bajo los rayos del sol, de aspecto etéreo, desnudas, le observaban dulcemente.
—¿Qué sois? —Dijo sin temor. —¿Me habéis salvado en la cueva? —Añadió.
—Unos nos conocen por gojas, otros por alojas, somos damas del agua. Ninfas que habitamos en estos lagos del Pirineo al cobijo de las montañas más altas. Somos clementes con los enamorados que sufren la ingenuidad del amor. Tienes que vivir y amar y recordarnos por ello cada vez que ames. La vida sin un sueño no es nada, aunque solo sea de una ilusión lejana e irreal; sino la vida no sirve. ¡Sueña la vida! Es la única manera de que esta se haga realidad. —Dicho esto, sutilmente las alojas se difuminaron entre los rayos del sol.
Alex tomó conciencia del orden de los acontecimientos, miró al cielo y por la altura del sol pensó “debe ser medio día, así que he pasado más de doce horas en el interior de la cueva”. Se apresuró a recorrer el camino de vuelta. “Tal vez Pedro me esté buscando”.
Alex entró en Cabdella. El entorno le resultaba familiar sin ser el mismo. Llegó a su casa y sacó la llave de hierro del portón, pero la cerradura era mucho más pequeña. Miró la fachada, la puerta, el banco, sí aquella era su casa, aunque estaba distinta. Las cortinas, el jardín. No eran suyas. Llamó a la puerta y le abrió una joven de pelo azul.
—¿Busca alojamiento? —le preguntó la chica.
Perplejo con el color de pelo de la joven y por los hechos, no supo qué contestar.
—Abuelo, baja, que hay un señor extraño, tal vez contigo se entienda.
Alex tuvo que contener un grito cuando delante suyo apareció Pedro, muy envejecido, el pelo blanco, arrugas en sus ojos y frente, pero con la misma expresión sincera y afable de sus veinte años.
Alex le abrazó y extendió un beso en su mejilla. Pedro rompió a llorar bruscamente. Se cogieron de la mano y se sentaron en el banco del jardín bajo la mirada perpleja de la joven.
Los sesenta años que habían trascurrido desde que Alex desapareciera esa noche de San Juan, Pedro se los resumió en cuatro horas de tarde. Le contó cómo le buscaron durante semanas hasta que se dieron por vencidos y le supusieron muerto por alguna alimaña. Cómo tuvo que exiliarse a Francia por sus ideales al estallar la Guerra Civil. Cómo se casó en el exilio con otra española por pena y compañía. Cómo su mujer murió un día antes de regresar a España. Cómo el día después del sepelio se celebraron las primeras elecciones libres. Cómo llegó de nuevo a Cabdella, compró su casa y la reformó para convertirla en un refugio de huéspedes. Cómo ese año, en 1982, el PSOE ganó las elecciones en Andalucía. Cómo estaba cambiando el país. Cómo había futuro. Se dieron cuenta que eran libres de amar a quien quisieran y que ese futuro, largo o corto, les pertenecía.
Si vienen en el inicio del verano por el valle de Fosca no dejen de subir a la Font de Rus, tal vez sean de amor puro y las hadas les sonrían.