Las coincidencias


Autor: El hada de purpurina

Fecha publicación: 11/02/2022

Relato

Las casualidades

La chica que viaja a su lado cierra la bandeja y le dice que quiere salir. Él se levanta, el jersey rojo le roza al pasar, se estremece, y continua de pie unos segundos, absorto en el vaquero ajustado que camina por el pasillo. No soy un cerdo y le doblo la edad. Aunque no es un crimen mirar, le gusta controlar los instintos. Una pantalla indica que el AVE circula a trescientos kilómetros por hora y nada se mueve, puede que mientan. Duda que convenza a nadie de su nueva identidad aunque se esforzará por conseguirlo, la chica ha dejado en el asiento una cámara de fotos de las buenas. El señor hizo el equipaje tal y como prepara el suyo cuando va a Espot. También le dio ropa y cuando, así vestido, se miró en el espejo no vio mas que a un jardinero disfrazado. Los señores creen que después de veinte años trabajando en la casa no le será difícil imitarlos. Lo haré por los niños, les dijo, y por tu vida, le contestó la señora.
En la estación de Lleida se dirige a AVIS para recoger el BMW que ha alquilado el señor. Tienes que parecer un amigo de la familia al que le dejamos la casa porque en este momento no vamos a necesitarla. Y creen que es fácil, solo cuestión de aspecto, tampoco el señor podría hacerse pasar por jardinero. Antes de ponerse en camino busca la dirección en el móvil, no se fía del GPS de los coches. Tardará algo más de dos horas según el maps. Sacude la cabeza intentando quitarse la imagen del culo de la chica y recuerda que no se ha despedido de ella. Olvidada.
Los Pirineos están llenos de nieve, son blancos, le dijo la cocinera que suele ir con los señores en invierno a esquiar. También le dijo que los niños eran muy hábiles en la montaña, pero eso no quiso oírlo. Los Pirineos que nos separan de Francia y el Mediterráneo que nos protege de África, aunque esto no lo enseñaban en la escuela. La carretera es de las que le gustan, curva va y curva viene, a la derecha agua, un rio, un embalse. Nieve ninguna, nada blanco. Baja la ventanilla y entra un aire fresco, frio, pero no helado. No hay nieve.
Bosques sí, una explosión de ocres, rojos, marrones, amarillo, algo de verde; cada árbol tiene hojas de diversos tonos. La paz se cuela por los bronquios, le llena los pulmones. La respira por primera vez en quince días. Antes de llegar, desde la carretera, lo ve, un pueblo muy pequeño, apenas unas pocas casas de tejados grises o negros, según se refleje la luz, muy inclinados, por la nieve le dijo la cocinera. Qué manía tiene esa con la nieve. Pues en octubre no hay. La casa de los señores tiene dos plantas y está sobre el rio, eso había añadido. Y que ni los niños metían un dedo en el agua porque hacía daño de tan fría, pero eso tampoco quiso oírlo.
No tiene que preguntar por la dirección, con el móvil es suficiente. Huele extraño al entrar, una mezcla desconocida, humedad, cerrado, piedra, madera. Todo está limpio, llamaré a la mujer que nos atiende allí para que te tenga la casa preparada y el frigorífico y el bar surtidos, irá cada día, la señora siempre está pendiente de esas cosas. Tomo un café y subo al dormitorio. Entra en el que está a la derecha siguiendo las instrucciones de la cocinera, los demás mejor no los abras. Tumbado en la cama pasa un buen rato observando las vigas oscuras del techo, intenta olvidar las imágenes que le obsesionan.
A las pocos días el rio Escrita le es imprescindible para dormir, el rumor de las aguas poco profundas y rápidas le traen la serenidad y alejan las pesadillas. El agua, que sortea las numerosas piedras del fondo, es tan trasparente, tan fresca que le gusta acercarse a la orilla, hacer cuenco con la mano, y beber un poco. Es agradable y calma las angustias. Los señores no se encuentran bien, estarían mejor lejos de Málaga, en un crucero, le dijo a la señora; a ella le parece vulgar, pues en el Caribe. Trasformados en confidentes se interesan por el estado anímico del que ya no volverá a ser el jardinero. Mis amigos dicen que la señora solo quiere que llegue vivo al juicio, no es cierto, le importo. Los tres habían preferido continuar como antes, ahora hasta se tutean.
Y pasan meses. El rio, la discreción de los vecinos y de la mujer que viene cada día a arreglar la casa, le han impregnado de confianza. Algunas veces se acerca al lago, espejo de un paisaje rebosante y solitario. Es un sitio precioso, le había explicado la cocinera, pero no voy nunca porque a los niños no les gustaba. Eso también habría preferido no oírlo. Aparece la nieve y las calles se van llenando de grupos de amigos, parejas, ropa de marca y esquís, muchos esquís. Y después se va deshaciendo la nieve y los visitantes.
Hoy, a los pocos minutos de sentarse junto a la iglesia la ve, la chica del tren se le acerca, tan sexy como la recuerda, con el mismo jersey rojo que le estremeció y la misma cámara de fotografía en la mano.
—¿Tú, no ibas en el tren de Madrid a Lleida en otoño? ¡Qué casualidad!
Alerta, habría dicho la señora, va a jugar contigo, igual la han contratado ellos, no te fíes. Si la hubieran contratado ellos no habría tardado tanto en reaparecer. La invita al aperitivo e intercambian mentiras regadas de vermut. Los pantalones empiezan a apretar, no soy un cerdo. Un mechón rubio cae por la mejilla de la chica que lo aparta coqueta. Tal vez sea demasiado amable con ella, pero no ve el peligro, quedan para el día siguiente en el hotel en el que se aloja y la llevará al puente, desde allí se hacen muy buenas fotos. Está cerca de mi casa, le dice, como si algo pudiera estar lejos. Por la mañana la mujer que le atiende le aborda:
—No quiero meterme en su vida, pero esa muchacha con la que estaba usted ayer en el ¨E Bo¨ esconde algo. Llegó con dos hombres que se alojan en el mismo hotel que ella y hacen como que no se conocen. El conserje dice que esos tres no son de fiar.
Quiere advertirle, él se lo toma muy en serio y le pregunta el aspecto de los hombres.
—Son mal encarados –—que expresión más antigua—, uno alto y el otro normal, morenos y nada amables. Visten con mala ropa, como la mía.
Son ellos, no le cabe duda, la señora habría acertado. En la planta baja escuchan pisadas contundentes, coge el móvil y marca el teléfono del señor. Cuando puedas vete, sube al coche y sal del pueblo, ya buscaré un sitio donde esconderte, si han ido en persona es que no son profesionales, ya aviso a la policía. ¿Para qué? Ya dijeron que lo único que pueden hacer es proteger su identidad. Inútil. Ellos vieron que los niños y él los vieron. Y vieron que él vio lo que les hicieron a los niños. Y saben que escapó abandonándolos. Tiembla. La mujer le agarra el brazo intentando trasmitir una seguridad que no tiene.
—Yo bajo y les entretengo y usted sale por la puerta de la cocina y se larga.
Al Caribe, piensa, al Caribe.