«Laia la muda»


Autor: LUCA

Fecha publicación: 19/03/2022

Relato



LAIA LA MUDA

Era la cuarta generación de los “Díaz Ortega” la que habitaba en la gran masía del Estany de Sant Maurici, desde que emigraran hacía más de 100 años, desde su Galicia natal por hambre en el estómago y en los bolsillos.
Cada primavera, impulsada por el inexistente viento, subía el agua del río Ratera por un pequeño arroyo que únicamente aparecía cuando lo hacía la lluvia, desafiando las leyes de la gravedad, con el único propósito de llenar el lago en época estival para disfrute familiar, para secarse y desaparecer inmediatamente después, hasta la siguiente estación de lluvias en mayo.
La feraz rama de los Díaz Gil provenía de la zona de viñedos de Ourense y la prole por parte de la familia Ortega Alonso, de herreros vigueses, de los que se decía que corría sangre azul por sus venas, por el contacto diario con el inquebrantable metal. Y con esta mezcla propicia de hierro y vino, pronto pudieron construirse la gran masía, sustituta del bohío de antaño, desde el que se divisaba parte de la comarca de “Pallars Sobirá”.
Pero como es sabido, “las mezclas de sangre de a poquito y sin jalear”. Así, hasta urogallos y quebrantahuesos sabían que este enlace repentino y pasional, no acabaría religiosamente bien, cuando Joan Vila, joven galán temporero, con fanfarronería en exceso, engatusó a María, la más pequeña de los Díaz Ortega, en los carnavales diez años atrás, quedando la pareja y su descendencia como únicos inquilinos de la masía, sin saber cómo ni porqué.
De dichas nupcias nacieron dos hijas y dos hijos; Laia la mayor, Anna y los siameses Antón y Senén.
Cuando autoridades y vecindario entraron en el gran caserón alertados por el gran mastín del pirineo, can con pelo largo y usado como mascota y cuidador, las agujas del viejo reloj de pared testigo de nacimientos y muertes a lo largo de más de un siglo, viraban sin parar con la estupefacción de los allí presentes, ante aquella estampa odorífera, colorida y dantesca; no había centímetro sin sangre ni boca sin abrir, tanto por parte de los invitados como por el joven matrimonio que allí yacía sin vida, en postura nada convencional para la época y el lugar.
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Cuando alguien pudo reaccionar ante semejante escándalo mudo, se percataron de la relajada y escurridiza mirada de la menor bajo la gran mesa de roble. Allí reposaba Laia la muda, que hasta aquel momento nunca dejó de cantar ni un solo segundo en su corta vida, acunando a los mellizos y sujetando entre sus piernas a la pequeña Anna, agotada hasta la extenuación y dormida al fin tras el jocoso bateo familiar.
Nadie absolutamente pidió revancha, ni tuvo nada para chivatear hasta pasados una pila de años largos y olvidadizos, cuando alguien allí presente durante la bronca, decidió contar lo ocurrido con melodía incorporada, pero ya a ninguna pallaresa con renombre le importaba lo sucedido, ni siquiera recordaba nadie acontecimiento digno de resolver, así de feliz vivía la gente de tan exótico paraje.
La finada pareja fue enterrada al amanecer bajo un aguacero propio para la ocasión, llegado para limpiar tanta sangre y borrar de toda mente tan extravagante y ridículo evento.
La desdichada prole, se trasladó a la aldea a casa de la tía-abuela materna Doña Jacinta, matrona estéril de nacimiento, a la que Joan Serra, abandonó allá por los años 60 por sus deseos irrefrenables de descendencia, a cambio de una lugareña ya tocando la cincuentena, con nueve hijos varones y aburrida por su inesperada y estéril viudez.
Laia tuvo que soportar tras el suceso, sus 13 días con sus jadeantes y sudorosas noches en cama, ocasionadas por fiebres infernales desconocidas, sin apenas afán por sobrevivir.
Una vez superado el trance, fue interrogada, con escasa convicción por parte de la autoridad, comprobando que la nena, no tenía ni excusa ni intención de responder a nada por años.
No hubo juicio, ni popular ni formal, pues víctima y verdugo descansaban en paz sin reclamo alguno; en menos que cantó el gallo, los espotens regresaron a sus andanzas sin un “cuénteme qué pasó”.
Atendida la prole por manos tan expertas como insaciables de pesetas, Laia la muda decidió sin más volver a la masía y vivir a sus anchas, tras nueve años de ejercer día y noche como tata y cenicienta, asistir a su madre en casi tres partos y acostar a su padre en noches con excesos de licor de hierbas y vino.

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En apenas un año, ya estaba reparando males ajenos gracias a su don especial para curar y apañar desventuras con mejunjes y conjuros, sin dejar al curandero oficial hacerle sombra en el oficio, por lo que un domingo al alba, se lo encontraron colgado del palo mayor de la plaza, sin asombros ni espantos de feligresas y allegados.
Laia la muda, era blanca como la orquídea, ojos y pelo oscuros al igual que la suculenta rosa negra, y desprendía un aroma cada día, según la alquimia de turno; búgula, gayuba alpina, gamón de montaña, gentiana…, de las que únicamente se alimentaba, pues nunca nadie la vio digerir sustento alguno, por aquello de no parecerse en nada a su tosca y voluminosa madre.
Hablaba con la mirada y también con la luna; dormía 3 horas, decían, y el alba siempre la sorprendía faenando entre matorrales, caldos, notas a carbón o subida al tejado recogiendo las estrellas, luciérnagas y gotas de rocío que necesitaba para el hechizo diario; torceduras, mal de amores, insomnio o tumores temidos, nada se le resistía.
Solía bañarse en el gran lago de madrugada y sin permiso del termómetro, antes de atender a sus devotas, siempre mujeres por aquello de exponer los secretos y vergüenzas permitidas entre féminas, pero vetadas a varones y mulos del lugar.
Puesto que era ella la primera en probar sus pócimas para invitar, entre otros asuntos, a la fertilidad, a partir de los 13 paría un hijo cada 1 de enero, seduciendo sin seducir entre vinos y susos, a los jóvenes temporeros que atendían sus prados y viñedos, atraídos por olores cautivadores que hechizaban hasta a treparriscos, ardillas rojas y marmotas.
Su descendencia, envuelta en un fajo de pesetas que callaba a cualquier hija de su madre, era enviada a los pocos días de vida a casa de Doña Jacinta, con la excusa de que el mundo la necesitaba y no había tiempo, ni ganas, para la crianza.
Y así transcurrieron los años sin soltar vocablo, hasta que entre sus asalariados llegó el colombiano Vladimir Buendía, descendiente de los Buendía de toda la vida, un cederista huido miembro de los comités de defensa de la Revolución, vacilón, con caché, panamá y zapatos de charol, que sedujo a propios y extraños.

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Al presentarse ante su patrona, la sorprendió subida a una gran escalera dorada cazando arañas para prevenir la bondad, siendo tal la flojera de piernas que la estampa del atrevido zagal le causó, que la gravedad actuó sin más y sus cuerdas vocales también, yendo a parar con un alarido atronador, a los brazos del seductor casanova de los que ya nunca se separó.
Se habló de milagro, cuando a partir del celebrado día de la llegada del cederista conquistador, nuestra protagonista no vivió día sin cantar al alba melodías improvisadas nunca antes disfrutadas en la aldea, cambiando su apodo de Laia la muda por “la soprano de la masía”, atrayendo con sus cantinelas alquimistas, prosperidad a moradores y fertilidad a sus esposas.
Dicen que vivió hasta los 91 y que parió 19 hijas más, para engatusar y enamorar, al tiempo que retener, a mozos con los que asentar cabeza y hogar, en tanto que se aseguraba mano de obra joven y barata para atender el negocio familiar y seguir ampliando viñedos, prados para el ganado, familia y fortuna.
Nunca nadie preguntó qué cantaba al alba cada día desde la gran masía del lago, ni tampoco a nadie interesó la canción que delataba a Laia la muda, como única protagonista de la muerte de sus olvidados progenitores.

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