La venganza


Autor: Ezequiel

Fecha publicación: 09/03/2022

Relato

LA VENGANZA
El embarazo venía mal, siempre lo supo la madre. Lo supo al ver aquellos hilillos de sangre sucia saliendo por la vagina y lo supo cuando acudían aquellos dolores intensos, como si un buitre le estuviera desgarrando alguna parte de las entrañas. Podía haber ido a parir al hospital, sí, pero el padre decía que había que seguir la tradición, que los dolores y las pérdidas eran normales, que llevaba toda la vida viendo parir a animales y desatascando a las crías cuando venían torcidas. Es verdad que alguna moría, pero también mueren cuando las atiende un veterinario. Aquí, en el parto que dio a luz a aquel bebé arrugado, quien murió fue la madre, y el padre, cuando la vio inane en contraste con los llantos del recién nacido, frunció el ceño y plegó el labio superior de una manera que recordaba a los conejos.
El niño, al que llamaron Ezequiel, se crió con la leche de una burra que el padre tenía en el puerto. Era un animal dócil, con calvas en la crin y costras de un barro tan antiguo que ya formaban parte de su cuerpo. Cuando la ordeñaba, bufaba por los ollares mientras balanceaba su cola de un lado a otro para ahuyentar a los tábanos. Después, el padre la palmeaba en las ancas y masajeaba su quijada en señal de agradecimiento.
Ezequiel no fue a la escuela. El padre le decía que era una pérdida de tiempo aprender cosas que luego no se iban a usar, que tenía que ayudar con el ganado, que ya le enseñaría él lo que necesitara. La cabaña que habitaban se escondía ente las hayas del valle de Besiberri, y para llegar, había que ascender algo parecido a una escalera tallada por la naturaleza.
Vendían quesos de cabra y oveja que ellos elaboraban en una cueva. A Ezequiel le atraía el olor de la leche fermentada y aspiraba con fuerza para impregnarse de ese aroma agrio y familiar. En una imprenta de Lérida les habían hecho las copias en papel con un texto para el reclamo: “Quesos artesanos del puerto. Elaboración propia”, que después pegaban en la corteza. La palabra “artesano” abría muchas puertas a un turismo incipiente, aunque a veces significaba leche ordeñada en un barrizal con la cabra defecando y salpicando en la alcuza, o quesos fermentando en un barreño sin ninguna protección, con las moscas revoloteando a su antojo y poniendo sus larvas. Todo muy natural, como su nacimiento, como su vida, como la muerte de su madre.
Una vez al año, coincidiendo con una de esas ferias, el padre organizaba una comida con conocidos de la comarca. Había pastores con ganado en los puertos limítrofes, artesanos que convertían la lana de las ovejas en elegantes prendas que abrigaban a los que viven en las ciudades y curtidores de pieles con las que se hacían bolsos o botas de vino como las que estaban utilizando en aquel momento. Eran cenas interesadas, donde la bebida y las bromas ayudaban a hacer algún que otro trueque. Ezequiel disfrutaba ese día con sus conversaciones. Se sentaba a una distancia prudente cruzando las piernas y abriendo aún más sus orejas de soplillo. Siempre acababan hablando de cuando había lobos en la zona y se imaginaba, a través de sus conversaciones, a un animal que mezclaba en una síntesis perfecta la maldad y la inteligencia. Todos aseguraban que en su pueblo se había terminado con el último ejemplar y el niño oía embelesado esas historias que contaban, exaltados, aquellos hombres que se pasaban la bota de vino y presionaban el pellejo desde cierta distancia mientras abrían la boca como si estuvieran en la consulta de un dentista hasta que aquel líquido, rojo como una herida, les caía por la comisura de los labios.
Un día, el padre le sorprendió jugueteando con una cabra, limpiándole los calcañares, hurgando en sus pezones sin intención de sacarle la leche. Mientras, el animal le respondía con un lengüetazo sobre su cara dejando en el aire un eco líquido. Los ojos del padre, tan inexpresivos como los de una vaca, se volvieron de pronto suspicaces. Posó la cuchara con la que comía unas sopas de ajo y se quedó observando, inmóvil, como un felino. Después corrió hacia el hijo, lo cogió del brazo y lo arrastró hacia las profundidades de la cabaña. Ya dentro, cerró la puerta de una patada con tanta fuerza que la pared que la sujetaba tembló. Sin mediar una palabra, lo golpeó con saña. Primero con un cayado hasta que rompió, después con los pies y con los puños. Se oían las imprecaciones desaforadas de un hombre y los llantos desgarrados de un niño. Cuando se cansó de golpear, Ezequiel se quedó en el suelo tapándose la cara con las manos, lamiendo con la lengua el hilo de sangre que le bajaba desde la frente. A partir de ese día tuvo un sueño recurrente: un niño, que era él, se dormía mientras las manos de una madre sin rostro atusaba su pelo. Las manos sí eran reconocibles, siempre las mismas, manos amorosas, suaves, ligeramente carnosas.
El padre murió cuando él ya tenía veinticinco años. Empezó con una herida en la pierna que se infectó, seguramente por la falta de higiene. Rezumaba líquidos que se mezclaban con restos de boñiga, de hierba putrefacta, y aquella pierna, que había sido tan dura como el tronco de un roble, empezó a supurar una pasta viscosa y a provocar una fiebre enloquecida que inundó todo su cuerpo y no lo dejaba dormir. En el invierno, el hijo lo llevó al hospital de Lleida. La pierna estaba gangrenada y había que cortarla desde muy arriba. Duró una semana después de la operación. Se empeñó en que así no quería seguir viviendo y lo consiguió.
Cuando alguien lleva veinticinco años reduciendo el mundo a su mínima expresión, resulta muy difícil salir de él. Así que a Ezequiel no le llevó mucho tiempo el pensar si quería cambiar de vida ¿Adónde iba a ir él? Estaba ya demasiado atrincherado para abrirse al mundo exterior. Además, tenía un secreto. Un secreto que solo sabía su padre y que se había llevado a la tumba: la relación que mantenía con una cabra. No es que la zoofilia escandalizara dentro del mundo aislado del puerto. Algunos pastores la practicaban, era una verdad escondida como un adulterio. Por la ausencia de mujeres, por sus dificultades para relacionarse con otras personas, por desahogo, por lascivia, por lo que fuera.
Pero su relación no era con cualquier cabra. Tina, que así la llamaba, tenía los ojos de azabache, grandes y redondos, y unas flácidas ubres pendulantes entre sus cuartos traseros. Apoyaba en ella las manos ásperas con suavidad y su lana corta, muy rizada, cosquilleaba su cuerpo.
Aunque ya no quedaban lobos en aquella zona −o eso creía él−, un buen mastín protegía y conducía al rebaño como si fuera suyo. El perro tenía una lealtad incondicional, y cuando lo veía venir, agitaba el rabo y lo miraba con la lengua fuera. Ezequiel le correspondía poniéndose en cuclillas y recogiendo la cabeza del chucho entre sus manos para acariciarle debajo de la mandíbula. Por la noche, el mastín vigilaba a las cabras y las ovejas en un aprisco inexpugnable, y por el día, cuando salían a pastar, no permitía que ninguna se perdiera internándose en el bosque.
Una vez, deambulando por el monte mientras ponía unas garduñas para cazar marmotas, creyó ver un lobo. “No puede ser −pensó−, será un perro asilvestrado. Aquí ya no quedan lobos”. Después lo vio más veces, en el mismo sitio. Se quedaba mirando, con cierto descaro, desde una distancia prudencial. Ezequiel sabía demasiado de perros para acabar convencido de que aquello era otra cosa. Una vez lo siguió con unos viejos prismáticos y, tras observarlo bien, dedujo que era una hembra recién parida. El cómo llegó hasta allí era una incógnita. Quizás fue expulsada de una manada que vivía en otra zona. Recordaba, en los relatos que oía a los pastores cuando era niño, que los lobos aparecían años después de creerse extinguidos y que podían recorrer cientos de kilómetros para colonizar nuevos territorios.
Desde la aparición de la loba, Ezequiel salía al monte con escopeta. Conocía bien su territorio, mejor que ella, y cuando la seguía, el animal salía corriendo hasta que la distancia le permitiera pararse para dejarse ver sin correr peligro. Era extraño. Parecía buscar que la siguiera. El pastor entendía ya mejor el comportamiento de los animales que el de los humanos y recordó, al ver sus ubres, que estaba recién parida. Si quiere que la siga en esa dirección, pensaba, es que tiene a las crías en la dirección contraria. La búsqueda de los cachorros dio sus frutos y localizó tres lobeznos jugueteando en las afueras de un agujero horadado en la caliza. Parecían peluches vivos y le dio pena matarlos, pero aquello era una lucha por la supervivencia, por la vida, y acabar con las crías era como un seguro para él y su rebaño, sobre todo después de que muchos pastores lo hubieran dejado y las alimañas tenían menos donde escoger. Además, era una forma de seguir la tradición con la que había soñado de pequeño. Desde aquel sacrificio, la loba redobló su presencia. Una vez se acercó a poco más de veinte metros antes de huir. Si en ese momento hubiera llevado la escopeta habría podido matarla. Se observaron con descaro, como retándose, y él pudo ver sus colmillos amenazantes y la dureza de su mirada, la mirada de la venganza.
Había dos cosas que el pastor no había calibrado. La primera, la paciencia que puede tener una loba cuando tiene a una presa marcada; la segunda, su capacidad para detectar a otro animal con las capacidades mermadas, y el viejo y fiel mastín pertenecía ya a ese grupo.
Escogió una noche infernal, el granizo golpeaba el cristal de la cabaña como si fuesen perdigones, los truenos resonaban como montañas que se derrumban y la ventisca arrastraba las árgomas que corrían como una rueda alborotada. Los ruidos de la noche ocultaban otros ruidos. Cuando el pastor, a la mañana siguiente, vio a los grajos rasear batiendo aquellas alas que sonaban como tablillas de madera y oyó sus graznidos histéricos y desacompasados, tuvo la certeza de que había pasado algo. Cogió la escopeta y corrió hacia el aprisco. Cuando llegó, cerca del cierre, le esperaba la cabeza del mastín colgando del cuerpo y a la Tina, solo a ella, abierta en canal y envuelta en un rebozo de sangre coagulada. Las vísceras que no habían sido comidas estaban diseminadas por el suelo formando un amasijo de casquería, barro y nieve. El pastor tapó la cara con sus manos y sintió ganas de chillar hasta reventarse la garganta. Gritó hacia cielo y aquel aullido sonó como un desgarro de dolor, de rabia, de impotencia. Era el eco de unos lamentos que rasgaban el aire como el alambre de espino.
Mientras, el resto de las cabras pacían en los brotes que dejaba asomar la nieve, ajenas a la masacre, entregadas a sus estómagos, ensimismadas. El pastor se recompuso al verlas con aparente entereza. Intentó disimular y se puso a ordeñarlas una a una. Las tetas se alargaban como si fueran de goma, pero no daban nada. Se escupió las palmas de las manos y se las frotó formando sobre la piel una película viscosa de sangre y saliva. Después masajeó los pezones y volvió a empezar. Pasó un buen rato hasta que manaron unos chorros tibios y finos que Ezequiel depositó en un cuenco. Bebía con la mirada ausente, como si fuera otro.
Lejos, se oía a una loba aullar en señal de triunfo, el triunfo de una venganza satisfecha.


Ezequiel