LA NINFA DEL LAGO SAN MAURICI


Autor: El Quebrantahuesos

Fecha publicación: 22/01/2022

Relato


LA NINFA DEL LAGO SAN MAURICI
Pseudónimo: “El quebrantahuesos”

"No nos une el amor, sino el espanto"
(Jorge Luis Borges)

Fue en Espot, durante mis vacaciones invernales, antes de la “Undécima Plaga”, (así llamo yo al Coronavirus). Como muchos forasteros, me enamoré de la Villa, de su paisaje, de la bonhomía de sus habitantes y la belleza de sus mujeres. Pero el último día ocurrió algo excepcional. En la Iglesia de Santa Llogaia, me topé con la joven más hermosa que había visto en mi vida. Su olor, o, mejor dicho, su aroma, era como el del lago San Maurici, que no está lejos, pero con algo más, que lo hacía irresistible.


Iglesia de Santa Llogaia


Su falda talar dejaba entrever las esbeltas piernas, muy juntas y apretadas. Parecía bastante joven, quizá más que yo, con mis veinte años.


La seguí despacio por las calles aledañas bajo el sol del mediodía, guiado tan sólo por ese perfume sin par y el inexorable sino de las cosas.
Ella entraba y salía de las tiendas y joyerías cual si buscara algo demasiado precioso y extraño.


Cuando conseguí vencer mis escrúpulos -la belleza siempre me intimidaba- le pregunté con un ademán que quería ser casual:


- ¿Puedo ayudarla? Parece no hallar lo que busca…

- ¿Y cómo sabe que estoy buscando algo? –fue la imprevisible respuesta.


- Porque recorre los negocios sin llevarse nada.

- Es verdad, pero ahora hallé lo que quería: a ti…


Y, repentinamente, entró a una de las callejuelas que conducen al camino hacia el lago San Maurici. Cuando llegamos al borde del lago -después de una larga y animada caminata de casi cuatro kilómetros- comenzó a desvestirse, dejando las prendas abandonadas como si no le importara, o no pensara volver a usarlas.



Lago San Maurici


Yo hice lo propio, a pesar del frío, embriagado como estaba por su cercanía y la fascinación de la inusitada aventura.


Ya abrazados llegamos a una playa desierta, un lecho bordado de fina arena. Al tumbarme junto a ella, ambos desnudos, comencé a acariciarla frenéticamente, con los ojos cerrados, hasta sentir que su cuerpo se estremecía y deslizaba como si estuviera cambiando de piel.


Entonces abrí los ojos y vi que se había convertido en algo parecido a las ninfas mitológicas. A su lado, yacía la antigua piel como una prenda más que había desechado, sin perder, empero, su encanto.

No tuve miedo porque, para eso, es necesario estar en posesión de todas las facultades; el temor es algo mental, aunque tenga efectos corporales. Y ella, con su aroma, había ofuscado mi razón y toda posibilidad de resistir su influjo. Me di cuenta de ello a último momento, pero no pude, o no quise, liberarme.
- Yo siempre creí que las ninfas existían... –confesé antes de sucumbir totalmente a su hechizo.



La Ninfa del Lago San Maurici


- Calla -murmuró posando una de sus manos sobre mis labios- hablaremos después...

La pequeña membrana rosácea entre sus dedos tenía gusto a algas recién traídas por el oleaje, y en su esbelto cuello se veían las branquias como la cicatriz de una herida entreabierta.

De su sexo sin vello púbico provenía el perfume. Me acerqué para aspirarlo mejor y luego volví a acariciarla, descubriéndola palmo a palmo. Tenía lo que tiene toda mujer, amén de su bello rostro, y su cabellera era un racimo de plantas y flores acuáticas. Me dejó hacer lo que quise, como si ella fuera una doncella inexperta en su alcoba nupcial.


Luego me abrazó, mostrando una fuerza extraordinaria y rodamos hasta el borde del agua en una vertiginosa cópula cuyo vaivén coincidió con el oleaje del lago. Para mi asombro, era virgen, y para mi mayor asombro, hicimos el amor varias veces, muchas más de lo esperado con cualquier mujer. Entendí entonces el verdadero sentido de la palabra “ninfomanía”.


Finalmente, recostados en la arena, ya disipado el deseo y el asombro mutuos, le pregunté:


- ¿Eres una ninfa verdadera, o sólo una pesadilla de Eros?


- Al final me he mostrado como soy; no sabemos mentir, como las sirenas, que son marinas. El agua salada las corrompe. Su castigo, que muy pocos conocen, es convertirse en medusas de mar, esas bestezuelas gelatinosas de corta vida, que los pasos hunden en la arena.

- ¿Y vosotras?

- Somos hijas de Zeus, Señor del Olimpo, pero tan humildes que todos nos aman, dioses, semidioses y hombres. Hemos sido amantes de Mercurio, Apolo, Dionisos y muchos pescadores, navegantes, vagabundos y otros mancebos perdidos.

- Y todo es para procrear otra ninfa, ¿verdad?


- Sí, pero en el fondo del lago. Ella nacerá esta noche, rompiendo un hermoso huevo con los colores del arco iris, y tú tendrás que acompañarnos. Serás el alimento de tu pequeña hija -a la que nunca más verás- durante las primeras horas de su existencia. De ahí en adelante, se las arreglan solas...


Cuando quiso arrastrarme río adentro, no intenté desasirme, sabía que era en vano. Pero, inspirado por un repentino pálpito, le pregunté:

- ¿Puedes concederme un último deseo?
- Puedo, pero depende de cual sea; las ninfas somos muy leales y si no podemos cumplir no prometemos.

- Quisiera escribir un cuento sobre todo esto, destinado a mis nuevos amigos de Espot. ¿Podrías esperar hasta que lo termine y dejarlo en una botella, sobre la playa?


Esto la cambió totalmente, otra vez, pero no en el cuerpo sino en el alma, y con una alegría mezclada con tristeza, me dijo:

-Debes saber que a los escritores, poetas y pintores no los llevamos al lecho del lago, porque ellos son los que mantienen a salvo nuestro secreto. Escriban lo que escriban, o pinten lo que pinten, nadie les cree. Yo me sacrificaré por nuestra hija, que no conocerás…

Allí mismo, en la playa, escribí este cuento.

* * *