ISABEL


Autor: Islero

Fecha publicación: 08/02/2022

Relato

I S A B E L

Lema: Islero


“¡Qué suave eres!”, le digo a media luz, instantes antes de que asome tras los cristales el leve escalofrío del amanecer y acaricio entonces sus labios, que aún se encuentran dormidos, como se acuna a un recién nacido que apenas si ha llegado a comprender la manera en la que ha venido al mundo; cojo su hombro terso de entre las sábanas aún templadas como se acaricia con los dedos la brisa que aún no es aire y los dejo resbalar en una pendiente de duna que parece deshacerse en granos de arena sobre el lomo del viento de nuestra respiración. Siempre me contesta lo mismo; musita con una voz aún dormida que aún no es la hora mientras hace ademán de abrir los ojos a la luz que va avanzando lentamente y se despereza con un esfuerzo tibio que deja sobre la almohada un perfume de sueño que todo lo inunda. “Vamos, cariño, hay que hacer muchas cosas y empieza a ser tarde”, le susurro a media voz mientras trata de incorporarse sacudiéndose de su cuerpo todo el sueño, como si el ahora sólo fuera un pasado que no ha dejado el más leve recuerdo de su existencia; comienza a levantarse y a llenar sus pulmones de un aire fresco que saborea como si fuera el primer bocado del día y me deja allí, ensimismado, contemplándola en el cuadro de sombras en el que la luz apenas nacida va llenando las paredes desnudas de la habitación, pensando cuantas veces hemos ya caminado juntos de la mano por los senderos del tiempo, cuantas veces hemos sentido la necesidad de estar cogidos, solos, callados, tristes o riendo, sin importarnos el tiempo, ni el lugar, ni el paisaje.
Isabel es suave, como un trocito de nube que ni siquiera sueña con ser algún día de fina lluvia o de tormenta y rayos, como un atardecer de agosto, justo cuando el sol comienza a esconderse tras el horizonte y tiñe el cielo de un color albaricoque que incita a la caricia, a la calma de un parpadeo lento y silencioso que anuncia el milagro de la vida que espero vivir siempre con ella. Su piel es suave, sus ojos son suaves, su presencia es suave; hasta su voz es de una suavidad infinita que sorprende y atrapa: te coge sin el más mínimo esfuerzo y ya no puedes escaparte ni resistirte, así de sencillo, así de fácil. Su sonrisa es una plumilla de algodón que se pasea por tu cara y te restriega un leve cosquilleo del que no te puedes separar, su mirada es una gota de aceite que se desparrama por tu frente y te empapa y hace que desaparezcan todas las arrugas que el tiempo se ha encargado de labrar en tu piel cada vez más profundamente.
“Por favor, pásame el champú, que lo he dejado fuera”, tirita mientras se ducha con un agua tibia que la prisa aún no ha dejado calentar hasta la temperatura que a ella le gusta. “Toma, ¿necesitas algo más?”, le respondo con una voz que apenas consigue hacerse entender entre el vaho que ya empieza a convertirse en una niebla densa. “¿Ahora tenemos prisa?…, ¡hace tiempo que no nos duchamos juntos!… claro con nuestros cuerpos… Aún recuerdo cuando nos casamos: eras fuerte, hasta tenías tableta, no, no digas que no, que todavía se te ve en las fotos, estabas bueno de narices”, musita mientras pasea su mano menuda sobre mi pecho repleto de un vello ya demasiado canoso…; “y yo tampoco estaba tan mal”, me dice insinuante, con una voz de anzuelo que no tengo más remedio que morder… “¡Eras preciosa, eres preciosa!”, corrijo de inmediato, no sólo porque se pueda sentir dolida, sino porque yo la veo bella, bella a rabiar… “¡Anda no lo arregles!”, musita con una voz que finge hallarse herida y yo sólo la miro, la miro y la acaricio, y muerdo sus dedos de azúcar y su cuello de nácar mientras ella me devuelve una sonrisa de canela que se va disolviendo en la bruma que ya puebla todos los rincones del baño.
Todo es suave en ella: cuando se despierta por las mañanas y se despereza lentamente como el ronroneo de un gato que acaba de exprimir la ubre de su madre y ya sólo quiere cerrar los ojos y dejar hacer a su estómago repleto, sus sonidos son suaves; cuando se pone debajo de la ducha con los ojos aún entreabiertos y comienza por fin a despertarse deslizando su respiración entre los cristales amerados, su escalofrío líquido es suave; cuando deja de tararear una canción de amor inundada por el agua que cae sin cesar y le llena la boca, su silencio es suave. La miro despacio, como se mira un cuadro que te importa de verdad y al que cada vez que lo contemplas le encuentras nuevos significados y me devuelve una mirada serena que llena de paz todo mi cuerpo.
“¿Prefieres tostadas o galletas?”, me dice con una sonrisa suave que se me desparrama por todo el cuerpo y me deja en un estado de total sopor en el que el tiempo no cuenta porque la veo bella a rabiar. “Lo que tú prefieras”, le respondo aún a sabiendas de que ella jamás toma galletas. Y aprieta suavemente las rebanadas de pan dentro del tostador mientras tararea una canción de miel con la que ya empieza a mover mi café, porque ella nunca toma azúcar; “sí, a mí me gusta así, no le hace falta nada, como mirarte a los ojos”, me responde a una pregunta que yo no he hecho y me sonríe y me ofrece sus labios que sólo tienen gusto a café amargo, y me dejo llevar por su aroma saboreando la suavidad que ni siquiera la miel del mío es capaz de endulzar.
Conocerla fue poner un poco de suavidad en una vida áspera. Quererla, ha servido para alcanzar a comprender distintos tipos de suavidades: la suavidad blanda y sincera de un buen sentimiento, la suavidad de seda de las ideas que aspiran a alcanzar algo de felicidad, la suavidad de barro de un simple latido, la suavidad de la nube que se levanta sobre la catarata y se mezcla con ella hasta fundirse y caminar de la mano río abajo hasta alcanzar el lecho azul e inmenso del mar, la suavidad del nido al que siempre acude la madre a dar su calor necesario, la suavidad de la sal que apenas si se intuye dentro de la lágrima apenas pronunciada.
- “Que tengas un buen día”, le digo mientras mis ojos se dirigen a los suyos sedientos de un contacto tímido, como el roce de una pluma que el viento hace bailar jugando con su escaso peso.
- “Tú también, cariño”, me contesta con una voz suave que desata en mi cerebro la guerra interminable de quererme quedar y tenerme que marchar y que siempre acaba haciéndome bajar los escalones de tres en tres para recuperar un tiempo perdido que nunca he sabido si he gastado en estar ensimismado delante de ella, o si acaso he mirado mal el reloj.
Cuando trabaja no deja de ser suave, cuando hace las tareas de la casa es todavía más suave, hasta cuando nos ordena con autoridad las tareas que nos tocan al resto de la familia en ese protocolo que nunca hemos llegado a firmar es suave; cuando por fin llega el momento de la noche, a pesar del largo tiempo transcurrido desde que nos levantamos, sigue siendo suave: es capaz de calmar una herida con su sola mirada, de apagar una riña con su presencia queda, de vestir un segundo desnudo de la misma manera que puede iluminar con todo tipo de colores una cara sin sonrisa, aún más, una sonrisa sin cara.
Mi mano parece pulida por la suya, sutil, delgada, tersa, apacible, tenue, tibia, delicada, grata, serena, templada, sosegada…
- “Seño, ¿por qué tenemos que hablar hoy de la suavidad en Conocimiento del Medio si estamos con el cuerpo humano?”, pregunta Naiara nada más escuchar el plan propuesto hace unos instantes.
- “Hoy creo que puedo enseñaros algo más de lo que está escrito en los libros -es la contestación dada con una voz suave que consigue que todos se centren en ese concepto en lugar de buscar la ubicación de los órganos sexuales en la clase de anatomía-. Tendréis tiempo de conocer vuestro cuerpo, su funcionamiento, cómo crece o se apaga, pero pocas oportunidades de percibir la suavidad en este mundo que gira cada vez más rápido. Estad seguros que nadie se va a detener a hablaros de este detalle que parece insignificante, como seguramente tampoco encontrareis a nadie que se detenga en este torbellino de vida a enseñaros cosas tan simples como sonreír, mirar, escuchar… Hoy, Naiara, vamos a hablar de suavidad dedicado a un ser que os conoce a todos y cada uno de vosotros, que sabe de vuestras virtudes y vuestros defectos, que está siempre de vuestra parte justificando las cosas que hacéis y yo no comprendo, se trata de mi esposo, que os quiere sin haberos visto; pero bueno, vamos, decidme: ¿quién es la persona más suave para vosotros?”.
Les habla así, con una voz suave como segundos de arena, como un meandro de nube que busca la desembocadura del cielo, como la niebla que el río deposita cada mañana sobre su cauce doblado, como la hierba sin arrugas del amanecer.
Aún no se ha hecho a la idea, pero pronto vendrá su jubilación, como atan la tarde el vuelo de golondrinas que hacen nudos por el aire, como se forma una ola repleta de espuma que se derrama sobre la orilla dejándola llena de un blanco salado y pringoso, como crece y brilla la llama de una hoguera que chisporrotea y eleva volutas hacia el cielo generoso. Aún no se ha hecho a la idea de que el próximo curso tendrá que dejar a sus alumnos en manos de otro maestro al que ni siquiera conocerá y que será quien recoja los frutos de los árboles que tan tiernamente se ha encargado de abonar. Sabe que tendrá que entregar las llaves del colegio que tantas tardes de soledad han ocupado su vida, que no volverá a coger el coche cada mañana y se tendrá que quedar en casa con el escueto recuerdo de una cena que le habrán hecho sus compañeros y un pequeño regalo de despedida que apenas llenará algún rincón de nuestra casa.
El día que seamos mayores y no tengamos más compañía que la de nuestros recuerdos, porque los hijos no vivirán a nuestro lado y sólo vendrán en Navidades o en algún rato despistado de algún verano en el que quieran que nos ocupemos de los nietos, el día en el que ya los años nos rebosen los poros y se acerquen a cifras que asuste sumar, el día en que las horas no nos importen porque nos sobren muchas de las que ya habremos vivido, seguro que tendré a mi lado a la persona que he amado siempre; le cogeré las manos llenas de arrugas que el tiempo habrá ido posando levemente sobre sus huesos doloridos, repletos de artrosis y ya de algo de amnesia, le acariciaré la frente repleta de caminos sinuosos que sólo llevan al destino de la añoranza, le besaré los labios que ya no recuerdan el color pringoso y terso de las pinturas que escasamente usaba y le diré muy bajito, con una voz serena y sin temores:
- “¡qué arrugas más suaves tienes!”.
Seguro que veré brillar sus ojos como una estela de luz sobre el mar en calma repleto de luna, mientras una tímida lágrima se deslizará por su mejilla como resbalan las gotas de lluvia en el cristal empañado y no podré evitar sentir cómo recorre todo mi cuerpo un escalofrío intenso y suave.