Instinto


Autor: De anima

Fecha publicación: 07/03/2022

Relato

Desde que llegué a aquella cabaña en la ladera oeste del "Grande", supe que algo iba a suceder. Aquel lugar estaba conformado por dos picos, en el macizo de Los Encantados; aunque el lugar donde me encontraba podría decirse que distaba menos del Valle de Espot y su frondosa vegetación, motivo por el que visitaba aquel territorio cada maldito año. Aunque no me honre, he de reconocer que la caza siempre había sido mi sustento y el de mis antepasados, y que siempre fue buena por aquellas tierras… si se sabía buscar. Pese a ello, había que tener cuidado, puesto que al ser la entrada de un parque natural estaba muy vigilado. Pero no cuando comenzaba el gélido invierno, entonces eran pocos los que asomaban la cabeza por allí. Sin embargo, a veces no era demasiado inteligente alejarse, pues, aunque no estuviese lejos del valle, en caso de verdadera necesidad —algo que no debería suceder— podría ser que las inclemencias propiciaran una desgracia y nadie hallaría tu cuerpo hasta que pasaran las heladas, con suerte…
Un aciago presentimiento me carcomía desde que llegué. Era algo que no sabría explicar. Desde que tuve uso de razón, siempre había cazado en aquellas tierras y no recordaba jamás haber sentido algo así. En principio, aquella extensa llanura plagada de cedros y encinas conservaba el aspecto que mi memoria albergaba. Era el mismo bosque, no cabía duda, uno que me había visto crecer y que había sido responsable de los mejores recuerdos de toda mi existencia, cuando aún vivían mis padres y mi hermano Iván (Dios lo tenga en su gloria). Sin embargo, algo en ese lúgubre bosque había cambiado y no para bien. Ya no me sentía cómodo deambulando por sus tortuosos caminos ni en las luengas márgenes del Noguera, donde acostumbraba a pasear; Ahora todo eso quedó atrás. Las extrañas sombras que el día proyectaba a través del follaje me hacían permanecer alerta, desconfiado, temeroso de mi vida, como quien se encuentra en tierra extraña y los peligros lo acechan. Algo, no sabía qué, me inquietaba y azuzaba mis sentidos, una terrible desazón que no me dejaba pensar.
Para complicar aún más las cosas, aquel fue uno de los inviernos más crudos que he vivido. El paisaje blanco y sepulcral provocaba un sinfín de destellos, innumerables tonalidades que lo invadían todo en el más completo silencio. Un yermo paraje se extendía a mi alrededor. Las copas de los árboles eran temibles guardianes al cuidado de aquella sacra soledad. Una vasta extensión que se había olvidado de mí, del niño, del hombre que ahora hoy.
Los oscuros nubarrones de poniente me hicieron cobijarme en la cabaña. Era un viejo cascarón de madera que mis antepasados habían construido con sus propias manos, y que ahora yo, el último descendiente vivo, utilizaba durante el invierno para cazar. La terrible ventisca azotaba con furia los ventanales, con tal violencia que parecía que se fuesen a romper. El sol dejó de ser bien recibido y las sombras reclamaron el bosque.
Eternos grises impedían discernir el día de la noche. Todo se oscureció de repente y un intenso chaparrón eliminó cualquier posibilidad de ver a través de las ventanas. La cabaña, construida sobre una hondonada, no tardó en anegarse, y todo su alrededor se convirtió en un inmenso barrizal que impedía el acceso. Ahora todo era noche y oscuridad. Solo el triste silbido del viento entre las ramas me hacía compañía; era sobrecogedor.
Entonces lo vi... Como un relámpago que quiebra el firmamento, su mirada me desgarró el alma: terrible, profunda, dos centellas en un abismo de oscuridad. Me acerqué al ventanal hasta que apoyé mi rostro contra el cristal; no me lo podía creer; no me lo quería creer. El terrible aguacero apenas me dejaba otear más allá de un palmo. Sin embargo, estaba ahí; ¡sé que estaba ahí! Era sin duda la mirada de un depredador, de uno terrible. Una temible bestia que acechaba frente a mi cabaña y sabía que estaba solo, completamente solo. En la noche, un relámpago captó una instantánea del lugar. Era un lobo, uno enorme y colosal, que permanecía agazapado entre los arbustos, enfrente de mi cabaña. Todas esas historias que había oído de pequeño me asaltaron la cordura y me sentí desamparado, solo, abandonado a mi suerte. Si esa bestia me había elegido, solo un milagro me salvaría. Tenía algunos cartuchos y una vieja escopeta, pero nada más. Soy trampero, así es cómo me gano la vida y cómo consigo mis presas. Nunca pude prever nada semejante. La tempestad no cesaba y todos los sederos continuaban anegados. La huida era imposible. La cacería había comenzado.
El instinto de supervivencia me hizo tomar conciencia y decidí defenderme. Desde una de las ventanas le arrojé algunas teas de la chimenea, aunque no sirvió de nada, los gritos tampoco parecieron surtir efecto... Jamás me había visto en otra igual y no tenía ni idea de qué hacer. Mientras tanto el lobo permanecía estático, vigilante, atento a cada uno de mis movimientos.
Pasaron semanas y las provisiones hacía días que se habían agotado. Apenas era capaz de mantenerme en pie, el fin estaba cerca. Entonces, en un arrebato de desesperación, auné mis últimas energías y me lancé al descarnado bosque para no morir de hambre; estaba famélico. Apuntaba con mi vieja escopeta hacia todas direcciones. El maldito frío me calaba los huesos y hacía que me desplazara con dificultad. Quería que aquella pesadilla acabase. Entonces tropecé y rodé unos metros hasta dar de bruces contra una zanja. Estaba desorientado, pero antes de que me pudiese incorporar apareció frente a mí. Podía sentir su respiración en mi rostro; creí que me devoraría allí mismo. Sin embargo, se dio la vuelta y comenzó a alejarse.
Entonces lo entendí: no éramos cazadores, sino presas, y aquel lobo solo quería vivir en paz… como yo.