Huida a la libertad


Autor: Murgueiro

Fecha publicación: 20/03/2022

Relato

Huida a la libertad

El sonido de los disparos hizo que Noelle apresurara su carrera. Llevaba ya tres días de huida incesante. Las voces de sus perseguidores eran cada vez más cercanas y sus fuerzas estaban ya al límite. Un último esprint la llevó hasta unos grandes peñascos que coronaban la montaña donde decidió darse un respiro. Estaba jadeando y totalmente exhausta, apoyó las manos en sus rodillas e intentó recuperar el aliento. Estaba llena de rabia y miedo. Entre las rocas vio una brecha y decidió examinarla en busca de un escondite viendo como esta se iba ensanchando dando camino a una pequeña oquedad entre las rocas. Noelle se apresuró a esconder su frágil cuerpo en aquel agujero esperando no ser descubierta. Se introdujo hasta el fondo donde la tierra húmeda y el agua de la lluvia de los últimos días embarraban sus piernas. Permaneció acurrucada en aquel escondrijo durante unos minutos hasta que sus perseguidores llegaron a la zona. Aquellos soldados nazis no mostrarían piedad alguna si lograban capturar a Noelle. La tortura mas atroz y una cruel ejecución serían el desenlace con toda seguridad. Era el castigo común para aquellos miembros de la Resistencia francesa que osaban hacer frente al invasor alemán.

Hecha un ovillo le temblaban las piernas tras la larga carrera y el pánico recorría su cuerpo. Oyó pasar a dos soldados a la carrera y después un tercero se detuvo junto a la peña. Estaba jadeando y decidió tomarse un respiro en aquellas piedras. Echó su mano a la cintura y sacó uno pequeños prismáticos de un estuche de cuero ennegrecido. Noelle apenas respiraba intentando que ningún ruido delatara su presencia. Desde la oscuridad de su agujero podía ver por la pequeña rendija que formaban las piedras a aquel alemán escudriñando el horizonte mientras se llevaba los prismáticos hacia los ojos. Aquel soldado no tendría más edad que ella, pero la barba de varios días y el aspecto desaliñado del uniforme, mojado y manchado le hacían parecer más mayor y cruel. Tras unos instantes interminables volvió a guardar los prismáticos en su funda y continuó su camino hacia el valle. Noelle se sintió segura en aquel claustrofóbico agujero así que decidió pasar allí unas horas antes de continuar su huida. Pasadas unas horas, el sol se había escondido ya tras las montañas y Noelle decidió abandonar la precaria seguridad de su refugio. Se deslizó lentamente entre las rocas y al fin pudo respirar nuevamente aire puro. Cerró los ojos e inclinando su cabeza hacia el cielo respiró profundamente llenando sus pulmones del aire puro que bañaba la sierra. La joven acaba de cumplir la veintena de años, tenía un gesto dulce y una voz suave que adornaban su corta estatura. En su huida había perdido la gorra dejando al descubierto su media melena de un rubio pajizo ahora manchada de barro. Vestía una blusa beis cubierta por una vieja chaqueta de punto negra. Una falda lisa de algodón azul marino vestía sus arañadas piernas hasta las rodillas y calzaba zapatos negros con las suelas desgastadas del uso.

El frío tampoco daba tregua en las noches veraniegas de los Pirineos así que sin dudarlo se dispuso a continuar su camino campo a través en busca de la seguridad de la frontera. Noelle había crecido en una pequeña aldea de Normandía y el campo era su medio natural, hija de campesinos humildes había decidido asistir a los pilotos británicos caídos en combate y en más de una ocasión les había ayudado a cruzar a la frontera hacia España, pero ahora era ella la perseguida y la que debía cruzar las montañas para conservar su vida. Conservaba una pequeñísima brújula en el bolsillo de su chaqueta de la que hizo uso para orientarse de nuevo y dirigirse hacia el sur. La noche se iba cerrando a su paso, la luz del sol se había marchado y el cielo despejado permitía a las primeras estrellas dar un poco de luz a la noche, la suficiente para permitirla continuar la marcha.

Tras caminar durante varios kilómetros Noelle distinguió un sonido relajante, un sonido que le era familiar, el del agua de un arroyo. Se dirigió en su busca haciendo uso de su fino oído y el aquel murmullo se fue convirtiendo en un sonido más y más vivo hasta que la joven muchacha alcanzó el río. El cauce era estrecho y su curso giraba hacia el oeste. Noelle se arrodilló a su orilla y se inclinó hasta beber directamente de su corriente. Tras apaciguar su sed y lavarse el rostro y las piernas se dio el placer de contemplar tan magnífico paisaje nocturno. Una pequeña luna creciente había hecho su presencia y bañaba con su luz aquel valle iluminando así las montañas y el río. Los árboles eran suavemente mecidos por la leve brisa y el verde pasto alcanzaba hasta donde podía ver. Decidió cruzar el río saltando de piedra en piedra y siguió el curso del agua por el margen del sur. Noelle sabía que todo curso de agua era como un camino que de seguirlo le llevaría a algún pueblo donde poder esconderse o pedir ayuda. Durante más de una hora continuó caminando junto al río acompañada del arrullo del agua y del canto de la lechuza hasta que divisó a lo lejos unas formas distintas; eran las casas de un pueblo recortando la silueta del horizonte. Decidió acercarse muy lentamente hasta adentrarse en el pueblo. Un pequeño pero formidable puente romano cruzaba el pequeño río. Sus piedras habían visto pasar siglos y siglos de historia permitido el paso de una orilla a otra a las gentes de todo tipo. El pueblo dormía en silencio y tan solo el canto de los grillos rompía la quietud. Atravesó el puente y divisó una pequeña cabaña de techo bajo, sus paredes eran de piedra y la puerta y las estrechas ventanas de madera oscura. El tejado construido a dos aguas como la mayoría de las casas de la zona le daba un aire más acogedor. Al acercarse a la casa escuchó el llanto de un bebé y un fino hilo de luz se adivinaba por los marcos de las ventanas. Sabía que cualquier decisión que tomara sería arriesgada, pero ante su situación decidió llamar a la puerta. Se oyeron unos pasos firmes al otro lado y la puerta se abrió emitiendo los goznes un chirrido tenue. Era un hombre con una barba gruesa y unas cejas pobladas, chaqueta de pana gris, pantalones marrones y calzado grueso.

–Qui és? –inquirió el campesino mientras miraba de arriba abajo a la chica.

–Cést lÉspagne? –repreguntó Noelle expectante tras escuchar aquellas palabras.

–Espagne? –volvió a preguntar Noelle.

–Per déu –exclamño el hombre. –Pasa hija –dijo invitándola a entrar mientras su brazo rodeaba los hombros de la joven francesa.

Entraron en la casa que era humilde pero muy bien construida. Las paredes de piedra estaban adornadas con un par de estanterías de madera y un hermoso mueble de roble que hacía la estancia mas agradable. El hombre ofreció asiento a la joven en un banco junto a una gran mesa.

–Estás en Espot, España –dijo con voz tranquilizadora mientras la abrazaba.

Entonces Noelle no pudo contener la emoción y arrancó a llorar desconsoladamente.

–¡Ángels!, ve a buscar a Agustín y hazle venir inmediatamente, ordenó el padre a su hija que acababa de asomar en la estancia con mirada curiosa. –Y que no te oiga nadie, dile que le necesito aquí ahora.

La chica de unos 10 años se cubrió con una capa de lana y salió de casa corriendo. Al cabo de uno minutos vino de vuelta acompañada de un joven.

–Esta chica es francesa, ha debido cruzar la frontera. Tú hablas francés, ¿no? –preguntó el hombre al joven.

Agustín fue traduciendo el relato que salía de la temblorosa voz de la joven y sus espectadores cada vez más impactados por su historia escucharon cada palabra con atención. La joven, fue ocultada en aquel pueblo hasta el fin de la guerra.

Hoy, en Normandía, descansa finalmente en paz aquella joven francesa que encontró su libertad en el pueblo y las gentes de Espot. Fue tal el agradecimiento de la muchacha que adoptó el nombre de aquel pueblo como su apellido desde entonces. En su lápida reza hoy el nombre de Noelle de Espot.