Final de verano


Autor: Habitante del mar

Fecha publicación: 17/03/2022

Relato

Es el final del verano amigo. Y como todos los finales tiene algo de melancolía, de cosa que ya no vuelve, de que hubiese pasado si hubiésemos hecho esto en lugar de aquello. Como el pasado este verano queda atrás, sepultado por días más frescos y cortos, pero que en definitiva traen cosas nuevas y no se puede retroceder. Solo queda recordar esa estación, sumergida junto a otras en aquel océano infranqueable que llamamos memoria y al que podemos asomarnos a veces, pero nunca habitar.
En la tarea de recordar los sucesos acaecidos esos meses, paso a contarte lo que me ocurrió pasadas las fiestas. Como recordaras, habíamos quedado en pasar unos días de vacaciones, que este año por suerte (o por desgracia) coincidían para los cuatro en principios de enero. Así fue que alquilamos esa casa rural en la montaña, cerca del lago de San Mauricio, y marchamos tras año nuevo a descansar al refugio de imponentes pinos, cerca de la tranquilidad de aguas transparentes. Primer percance, ya lo conoces, pues lo originaste vos, te bajaste del viaje la noche anterior por motivos de salud. Que en tu caso no eran haber comido mucho en la celebración de primero de año, sino que sufrías dolores de cabeza. Por cierto y disculpa la demora en preguntarte: ¿cómo estás ahora?, ¿se te pasó la jaqueca?
Al reunirnos los tres (Mica, Lea y yo) en la casa rural, que a ellos les encantó y a mí me pareció incómoda, se inició el siguiente problema. Ni bien nos instalamos en ese lugar, se desató la lluvia. Y digo “la” lluvia porque no era una lluviecita de morondanga, no era una llovizna, no es que llovió un poco y quedó humedad y al rato respirábamos olor a pasto mojado. No. En absoluto. Comenzó a caer una lluvia densa, gorda, de esas en que una gota te hace doler si te agarra sin campera. Y no paró. Pero no es que no paró en unas horas, o que siguió por un par de días y después Febo asomó, o que llovió un día sí y otro no, y otro sí. No. No paró en toda la semana, que casualmente era nuestra anhelada semana de vacaciones. Mi primer amago fue volver, marcharnos, en vez de desperdiciar los pocos días libres que tenemos al año en ese sitio húmedo. Pero mi idea fue descartada por los otros dos, argumentando que ya habíamos ido, que la casa rural ya estaba paga, que el camino se habría puesto intransitable, que al día siguiente seguro escampaba, y yo que sé cuántas excusas más, que provenían de una tozudez en continuar con un viaje que, literalmente, hacía aguas. Porque evidentemente la única manera de pasar todos esos días con ese mal tiempo en ese lugar, era encerrados en la cabaña viéndonos las caras, o leyendo, o escuchando música, o qué se yo, pues no sabía que planes tenía Mica, y como te imaginarás por lo reservado que es, mucho menos los de Lea. Podría haber tomado mi auto, y ya que cada uno había llegado por sus medios, haberme vuelto solo. Pero no lo hice, y no por falta de ganas, sino porque no quería que me tildasen de mal compañero y de no saber compartir un viaje.
Los primeros días las cosas anduvieron bien, teníamos comida de sobra, había televisión y juegos de mesa, así que nos fuimos llevando bien, mientras veíamos el agua azotar las ventanas. Pero al cuarto día, ya no nos soportábamos. Yo estaba contracturado de tanto estar sentado, Lea no quería jugar más al TEG porque siempre ganaba él, y Mica ya nos había contado todas sus confidencias del año anterior. Los libros que habíamos traído ya no nos entretenían y la señal de televisión se había vuelto borrosa producto del temporal. Entonces, mientras estábamos los tres tirados en un sillón sin hablarnos, alguien golpeó la pesada puerta de entrada de madera. El susodicho se llamaba Egidio, y lo que nos llamó primero la atención fue que hubiese podido llegar a la montaña con esa lluvia, y aunque vestía un impermeable: ¿qué hacía ahí con ese mal tiempo? Nos explicó que era turista igual que nosotros, aunque no tenía aspecto de tal, y que había bajado de otra casa rural más arriba en la montaña para saber si necesitábamos algo, ya que había visto luces. Le dijimos que no, bah que necesitábamos que pare la lluvia para irnos pero que él no podía ayudarnos con eso. Esto lo dijo muy cortésmente Mica, como es ella con los extraños. Egidio tenía pinta de campechano, de saber de montaña, quizá por eso el ofrecimiento. Claro que una vez que estuvo allí descubrió, que ya no podía volver a su hospedaje porque el sendero de regreso era un pantano borroso e intransitable. Entonces, y dado que a su llegada ya estaba oscureciendo, tuvimos que invitarlo a que se aloje con nosotros, en la cama prevista para vos. Y parece que también se tomó muy en serio tu papel, porque a la cena ya lo teníamos contando chistes, tomando vino y comiendo copiosamente. Esto último me preocupaba porque temía que su voracidad nos dejase sin víveres. A su favor debo decir que su presencia descomprimió un poco la convivencia, que se tornaba densa, sobre todo con Mica, con quien tenemos muchas diferencias.
Al día siguiente, el invitado ya nos había relatado su vida mediocre en pocas palabras: era encargado en un campo en otro pueblo cercano, se había tomado unos días para cazar en Espot, no tenía familia, y había llegado en una camioneta que dejó estacionada, a diferencia de nosotros, en la base de la montaña. Fue ese día, el quinto, en que nos dijo que tenía un don: era vidente, podía predecir hechos que aún no habían pasado. Imagínate como se puso Mica, a ella que le atraen tanto esas cosas. Y Lea también, aunque siempre con el poco énfasis que el pobre le pone a sus expresiones. Yo me mantuve más escéptico. Pero en ese momento reparé que Egidio usaba colgadas del cuello dos piedras: un cuarzo y un ágata, y que a primera vista me parecieron raras considerando su trabajo de campesino. Ahora, a la luz de sus cualidades adivinatorias, cobraban sentido. Así fue que el hombre empezó a entrar como en trance, no sé, es como que giraba los ojos y a la vez daba vueltas la cabeza y en un momento parecía que iba a vomitar, todo esto bajo el aliento de Mica, que le pedía datos sobre su “destino”. Egidio volvió en sí, se tocó las piedras del cuello, como si ellas le diesen alguna especie de poder. No nos explicó en qué consistía su método adivinatorio, pero nos dio una serie de revelaciones que paso a contarte. Primero anunció que no iba a parar de llover en mucho tiempo, lo cual se cumplió, porque Mica llamo hace unos días a Espot, y se enteró que hubo inundaciones en el pueblo producto del temporal. Segundo le dijo a Lea que iba a cambiar de trabajo al volver del viaje. Esa se cumplió más o menos, como sabrás el pobre se quedó sin trabajo, porque se tomó una semana de vacaciones cuando solo le correspondían tres días. Pobre. Despedido y por un viaje de mierda. La siguiente predicción de Egidio fue para Mica, le dijo que le iría mal en el amor. ¡Que novedad! Si no le ha ido bien nunca, y aunque Egidio no lo sabía, me pareció una aseveración muy vaga, que sin embargo a Mica la dejo muy afectada. El siguiente mensaje fue para mí. Me dijo, sin preámbulos, que me quedaba poco tiempo de vida. Así nomás. ¿Qué te parece? Uno acepta pasar unos días de descanso con amigos, después de trabajar todo el año, uno trata de ser solidario y alojar a un paisano que ha salido con esa lluvia, le da de comer y beber, lo trata como te hubiera tratado a vos, que sos amigo de toda la vida, y el sinvergüenza te da ese augurio que no puede tener otro fin que amargarme la existencia. Y así se lo dije, con estas mismas palabras. Y el tipo como si nada, no acuso recibo de mi indignación. Seguidamente Lea, muy preocupado o muy interesado, no sé cómo calificarlo, en mi próxima muerte, le preguntó como iba a ocurrir. Respondió que un árbol se me iba a caer encima. Y me iba a aplastar, añadió con frialdad. Era el colmo, o sea que el tipo aceleraba los plazos situando a mi futuro deceso en las próximas horas, ya que nos hallábamos rodeados de árboles y en medio de una tempestad, por lo tanto no era fantástico pensar que se me cállese un árbol encima al salir. Ese dato me perturbo aún más y a Egidio no le volví a hablar. Convine con los otros dos que podía quedarse una noche más, pero que estaban prohibidas las premoniciones, que no le dieran alcohol, y comida la justa y necesaria. Mica y Lea aceptaron solemnemente, ¿habrán pensado que era mi última voluntad? Al sexto día no aguantábamos más ahí encerrados, así que salimos a tomar aire, aunque nos mojásemos. El vidente quedó en su habitación durmiendo. Cuando vi todos esos pinos sobre mi cabeza, no pude dejar de temer lo peor, mientras Mica y Lea se reían de mi paranoia. A la tarde Lea aceptó acompañar a Egidio hasta la base de la montaña a buscar su camioneta y marcharse, nosotros nos quedaríamos una noche más. Tardó horas en volver y cuando lo hizo, en medio de la tormenta, lo vimos desencajado, lleno de barro, él que nunca se sale de su centro. Mientras se sacaba la campera embarrada, nos contó que cuando descendía de la montaña con el brujo, un abeto, se había quebrado y su copa se había desplomado sobre ellos. Lea se salvó tirándose al suelo, pero Egidio tuvo menos suerte y el golpe del árbol lo empujó contra una piedra. Quedó ahí tirado nomas. Como ya estaban cerca de la base, Lea busco solo la camioneta y fue a avisar del deceso al pueblo. De modo que Egidio podía efectivamente ver el futuro, sólo que su visión era borrosa, como el tiempo esos días, y había confundido mi persona con la suya. O quizás proyectó inconscientemente su futuro en mí, al no poder aceptar que le sea revelada su propia muerte. El tiempo restante ya no parecieron vacaciones, estábamos impactados por lo de Egidio y además nos quedaba poca comida y vino. Al séptimo día, y sin que nunca hubiese escampado, nos subimos a nuestros autos y nos fuimos. Mientras bajaba de la montaña, atravesando el pantano en que se había convertido la ruta, vi el abeto centenario caído y bajo él, la inmensa piedra que cegase la vida del brujo. Me alegré de que el muerto no tuviera hijos, porque así por lo menos no había huérfanos. Mica después me contó, que el hombre que nos alquiló la casa rural le dijo, que lo habían llevado a enterrar al otro pueblo, donde él trabajaba, y donde a juzgar por la concurrencia de gente que lo despidió, tenía muchos clientes que acudían a él como adivino. Debo confesarte que la muerte de este tipo me alteró aún luego de retornar, y durante todo el verano. Si visitaba algún parque o el campo de los Suárez, mis amigos ricos que tienen pileta, trataba de no estar mucho a la sombra de los árboles por si acaso, y eso que eran sauces, que si se te caen tampoco creo que te maten. Ahora que estamos mediando marzo, que lo único que cae encima son hojas secas, y que ya han pasado varios meses, creo que he sobrevivido a la premonición hecha en Estop porque Egidio dijo que me quedaba poco tiempo, y un verano no es poco tiempo. Es mucho, querido amigo, es mucho. ¿No te parece?