Existencia fragmentada


Autor: Emot

Fecha publicación: 22/02/2022

Relato

Me resulta impresionantemente satisfactorio lo productiva que fui el día de hoy, así que, para alimentar mi orgullo, repaso en mi mente todo lo acontecido y logrado en el despacho. No obstante, y como es de costumbre, me satura un gran estrés por también considerar todos aquellos pendientes que me veo obligada a resolver mañana.

Me di cuenta que era demasiado pensar en el trabajo al casi quemar mi frente con la plancha de cabello que estoy utilizando para arreglarme, ya que por fin terminé mi maquillaje y luzco unos pantalones acampanados, una brillante blusa azul y un pequeño, pero práctico bolso a juego.

Así que decido ponerle pausa a esta tediosa rutina mental y en su lugar prepararme a la idea de que al regresar a casa, me dolerán los pies de tanto que bailaré esta noche.

Y así fue… llegando a nuestro usual lugar en el centro de la ciudad, las luces de colores nos cegaron y al poco rato ya había un sinfín de muchachos cerca de nosotras y, como en cada salida, intentaban comprarnos tragos a mis amigas y a mí.
Aunque sinceramente ninguna parecía tener curiosidad por alguno de los sujetos presentes, así que declinamos y proseguimos de acorde al plan, a bailar todas juntas en el centro de la pista.

He de confesar que no tengo el hábito de bailar con desconocidos, usualmente me mantengo en grupo, es más divertido. Pero, esta vez, un hombre que me observaba desde otro lado del bar logró cautivarme con cierto misterio y cautela. Y sin darme cuenta, en la siguiente escena terminamos él y yo compartiendo movimientos mientras seguíamos la música e intercambiábamos intensas miradas.

Fueron sus ojos, de eso estoy completamente segura. Los peculiares ojos verdes azulados de aquel hombre cuyo nombre ni tuve tiempo de preguntar, no se apartaron de mí en ninguno de los siguientes segundos transcurridos de la velada.

A partir de ese momento sólo lo recuerdo a él. A él pegado a mí, a él deseándome y guiándome para el próximo paso de baile. Y a mí perdida en su baile, encantada por la naturalidad del momento e intentando descifrar algo en su presencia que me parecía tan extraño. Y, finalmente, a él subiéndome a mi coche para regresar a casa y descansar.

Pero… ¿Qué? ¿Dónde estoy? ¿Por qué se ve todo tan oscuro e incierto? ¿Por qué siento el cuerpo totalmente paralizado?

¡Alto! Inmediatamente me tengo que obligar a mí misma a parar con el fin de evitar caer en ese frecuente abismo de desesperación que sólo existe en mi propia mente y, despertar… ¡Despierta!

Lo siguiente que recuerdo es que la simple acción de abrir los ojos me resultó extremadamente complicada. Y no porque no me sintiera físicamente capaz de hacerlo, era debido a que el sol resplandecía a tal intensidad que me colmaba la sensación de que cada centímetro de mi piel se quemaba.

De igual forma, espontáneamente capté un olor a tierra. Pero desafortunadamente no aquella tierra mojada que las personas disfrutan después de una tarde lluviosa, sino una característicamente seca y sin valor alguno.

Como es de esperar al permanecer en dichas condiciones, perdí la noción del tiempo. Era cómo experimentar distintas horas en tan sólo unos pocos minutos palpables. Sin embargo, de un momento a otro me di cuenta de que podía moverme, así que, después de recuperar la fe en estar viva, me incorporé progresiva y cuidadosamente.

Caminé, caminé y continué caminando, mencionando que probablemente fue la adrenalina lo que me hizo seguir adelante, o quizás la mera ilusión de toparme con alguien o algo conocido en algún momento. Y, ¡sí! Ahí está mi coche, pero… destruido.
¿Qué rayos sucedió? ¡¿Qué fue lo que me pasó a mí?!

Busqué y examiné desesperadamente mi vehículo con la esperanza de encontrar evidencia de lo acontecido. Al asomarme por el vidrio roto de la ventana del piloto, caí en cuenta de que el desorden que presencié dentro no era propio de mí. Aunque ese fue el menor de los detalles, porque el instante en el que me quedé totalmente helada fue al observar que cada prenda de ropa que llevaba la noche anterior estaba regada y alborotada encima de los asientos.

Mi reacción instintiva fue voltear a ver mi cuerpo y, al doblar mi vista hacia abajo, noté mi piel desnuda y vulnerable, mis manos borrosas y mi corazón ahogado en un miedo que jamás antes preví.
Esto no es un sueño, sería simplemente imposible que mi mente tenga tal habilidad de imaginar este escenario tan perverso. Mi cabeza no lograba hacerse una idea de lo que estaba ocurriendo. Nada de esto tenía sentido.

¿Estoy muerta?

Al hacerle esa pregunta al aire, se reprodujo en mi mente la abrupta realidad de anoche, así sin más, como si fuera una película que yo misma protagonizo y, que paralelamente, me obligan a observar con el solitario objetivo de presenciar como un ajeno le pone fin a las secuelas que ni siquiera he podido grabar.

El baile y la música fue real, él y sus hermosos ojos también. El pequeño gran engaño fue su intensión, enmascarada tras un monstruosamente asqueroso plan que formuló al verme tan ingenua.

Nunca llegué a casa. Pues después de negarle un beso de despedida, subió a mi coche a la fuerza, me obligó a manejar lejos, hizo conmigo lo que quiso y me dejó abandonada.

Fue así como me percaté de que mi mayor miedo se había cumplido. Que mi propia carne quedó en manos del depravado disfrazado de inocente.

Que me quedé eternamente perdida en sus ojos, los cuales esta vez me miraban con violencia y descaro. Que ahora caí en cuenta de que tal color azul verdoso, perdió completamente su embrujo y terminó por aprisionarme en su mentira.
Que ahora mi alma y cuerpo son un reflejo efímero. Que… de un instante a otro, una decisión inhumana convirtió mi individualidad en fragmentos de un todo.

Y, lamentablemente, hoy sólo soy una más. Mi integridad y vida misma se han visto reducidas a tan sólo un número. Un número que plasma y lleva cuenta de los tremendos actos que brotan del odio colectivo hacia mi… hacia mis hermanas.

Este sentimiento de existencia sin vida, la inmensa incertidumbre y cada uno de mis cuestionamientos sin resolver, aparentemente serán infinitos. Incluso cuando todo en mi se destruyó.

Todavía hay mucho que quiero ser, alcanzar y completar. No estoy lista para detenerme. Pero, a decir verdad, los hechos me obligan a aceptar que mi final llegó aquella noche.
Porque probablemente hay acuerdos, reglas y destinos incontrolables para cada ser en esta Tierra.

Existen muchas posibilidades sobre el porqué pasa lo que pasa en nuestras vidas, pero ¿habrá alguien que sepa esa verdad? …
Llámenlo destino, azar o mala suerte, lo quisiera o no, así resultó.

Ese amor enormemente fugaz, fue el mismo que creyó tener derecho a sentenciarme a algo tan monótono.
Aquella mirada que una vez me hizo caer a sus pies, fue la misma que promulgó el final de mi insignificante y fragmentada existencia.