Escapar ardiendo


Autor: Aliviban

Fecha publicación: 12/03/2022

Relato

Vidal se encuentra cara a cara frente al agua, como en tantas otras ocasiones ha estado allí. Pero esta vez es diferente. Hoy es un desafío; otras una vía de escape, un aliviadero de amarguras y ausencias. Hoy Vidal mira al lago San Mauricio como si quisiese echarle en cara el abandono en que su vida ha quedado sometida, y al mismo tiempo agradecerle su abnegada lealtad. La culpa es tuya, estúpida balsa de agua taimada, pero te quiero como ella no supo hacerlo nunca. El hombre no sabía qué había sucedido antes: si la pérdida de su mujer y con ella la de sus hijas, la del trabajo o la de su estima. El juego lo arruinó todo, o fue ella con su escueta nota sobre el aparador. Tal vez el amargado de su jefe. No lo sabe bien, lo rememora vagamente mientras sus recuerdos chapotean entre bourbon y cocaína.
Vidal mira a lo lejos. Los copetes blancos de las montañas callan sus gritos, las verdes laderas del parque nacional de Aigüestortes airean su silencio. Los paredones grisáceos de piedra de los picos de Los Encantados, le parecen gruesos muros de la prisión en que se ha convertido su vida. La garganta que forma el valle de Espot, abierto como las alas de libertad de un quebrantahuesos que ya no puede volar, hoy le parece una celda sin salida. Nada puede haber más amplio, más puro e inmaculado que aquel paisaje que tiene ante sí, pero para Vidal ahora es un laberinto de conjeturas y obstáculos que se agolpan entre sus sienes. Las nota vibrar al compás rotundo y machacón de sus latidos, y siente que su cabeza va a explotar de un momento a otro. El aire mece los intrincados recuerdos de Vidal apenas a centímetros del río Escrita, recorriendo sus meandros tan revoltosos como su propio pasado. El glaciar le sopla la cara, abofeteando su torpeza, pero a su vez le muestra cual padre generoso y magnánimo todo su reino, como si fuese todo para él. Lo que siempre fue su aliviadero, aquel paraje de ensueño, envidia del más portentoso pintor de sueños, hoy son nubes plomizas y gélidos sinsabores. Cientos de turistas desembarcan por aquellos pasajes en busca del sosiego momentáneo de unas vidas desenfrenadas que no dan cuartel al alma para encontrarse. También lo era para Vidal en la mayoría de los casos, pero hoy su embotado cerebro guarda celoso la llave de su destino.
Sin escape, sin salida que desembrolle un paisaje idílico, donde el firmamento mira orgulloso hacia abajo, Vidal levanta la vista al cielo. El sol lucha por no ocultarse entre las aguas y Vidal quiere seguirlo. Allá donde se dirija, fiel, mohíno. Da igual donde vaya, él sí quiere desaparecer, taparse con las nubes del olvido. Hierático, el hombre se desnuda por completo y cadencioso avanza hacia las aguas. Abre los brazos tan fuerte como cierra los ojos. Llora a mandíbula batiente, ríe sin lágrimas, y va cubriendo su cuerpo en el frío agua del lago que recibe, incrédulo pero sumiso, a su extraño y sufrido amante. Las piernas, luego la cintura, después el pecho y finalmente la cabeza; todo se desvanece bajo el agua dibujando apenas una minúscula onda de recuerdo. Eso es todo lo que Vidal quiere como última protesta a sus treinta y nueve años de calvario.
El viento calla, el agua dicta melancólico pero impasible su ejecución. El urogallo ha dejado de cantar. El respeto de la comarca de Pallars Sobirá al juicio de Vidal es considerado y sincero, como siempre lo han sido sus gentes. Pero la nieve grita, aúlla taciturna, pidiendo silencio a las bulliciosas estaciones de esquí. Hay que respetar el duelo, ordena la naturaleza, a quien, como a toda madre, le duele perder un hijo. Pero sabe respetar, porque de eso sabe mucho aunque no sea correspondida por su prole.
De repente, como la resurrección de la esperanza, un aliento convertido en bocanada de aire perdido exhala presuroso de las fauces del hombre, que emerge del agua repentinamente. Tambaleándose, queriendo agarrarse a la fresca aura del norte para que le conduzca hasta la orilla, Vidal se concede una última gracia y sale del embalse para caer desplomado entre la hierba y las piedras.
A su lado, mudo, contempla la escena su barquito. Aquel que alcahuete ha encubierto en numerosas ocasiones las felonías de su amo.
Vidal se sienta sobre la tierra, mientras sus pensamientos vuelan por el aire. Se encoge aún desnudo y tiritando. Rodea con los brazos sus rodillas y oculta la cabeza entre ellas. Nadie le ve, pero se esconde de sí mismo. Tiembla, pero no es de frio. No debe permitirse el lujo de sentir frescura, ni calor, ni sueño, ni hambre; solo vergüenza. No puede permitirse apreciar ningún sentimiento porque ni eso se merece. Haberlo pensado antes, le dice alguien en su cabeza. Alguien que no apareció cuando debió hacerlo. Ahora Marisa está en brazos de otro hombre.
Vidal se siente muerto en vida, su salida de la laguna solamente representa encontrar otra forma más solemne de terminar. Mira su barco y recuerda el modo en que los vikingos incineraban a sus difuntos soltándolos sobre ardientes embarcaciones funerarias a la deriva. En un lúgubre ritual siniestro y cargado de inquina, lo carga de leña para formar una pira, y busca en sus pantalones un mechero. Es hora de encender y a la vez apagar. Pronto el fuego hace majestuoso su aparición y Vidal empuja con fuerza la nave hacia el agua.
Ve el barco avanzar lentamente sobre el quieto fluido y no puede evitar mirar más allá, de su mente y de su vista. El horizonte le descubre las viejas casitas apiñadas de su pueblo, allá entre valles y montañas. Como un nacimiento que hoy se convierte en funeral, Espot le despide saludándole con recogimiento. Algunas construcciones destartaladas, como su espíritu; otras renovadas como un proyecto de edificación de una vida nueva. De repente vuelve a su niñez, ¡qué feliz y qué bendita despreocupación! La villa repleta de gente adusta pero noble, parece no darle la espalda ahora. Tierra de gente orgullosa, abnegada y hacendosa, pero agradecida. Dichosa y hospitalaria, incluso con vecinos tan inmerecidos como él. Lugar abierto y limpio donde esparcir a partes iguales los errores de una alocada existencia y los infectos virus pandémicos.
Los ojos de Vidal se inundan de lágrimas hasta rebosar por sus mejillas, rosadas por el rubor. La naturaleza en pleno esplendor de aquel paraje, de ensueño, indigno de contemplar un suceso tan grosero, le susurra al oído. Vidal no quiere ya escuchar, solo quiere cerrar y salir de la antesala de su vida sin portazos, pero antes vuelve a alzar la vista al cielo azulado que Vidal tiñe de verde esperanza. Abriéndose paso entre las aguas, avanza hacia la nao.
Pero no, se arrodilla sobre los guijarros y deja que el barco se aleje ardiendo, consumiendo con él sus recuerdos. Devorando con las llamas, las pesadillas de su pasado.
Es hora de empezar de nuevo, mira a su alrededor, las montañas, la brisa, la naturaleza, el horizonte.
Por primera vez en mucho tiempo, esboza algo parecido a una sonrisa.