Ella a través de una fotografía


Autor: Cindry400

Fecha publicación: 19/03/2022

Relato

Ella a través de una fotografía
¿Cómo había sido capaz de decirle eso al novio de mi amiga? Seguro que él no le diría nada...
¿verdad? Fue un comentario sin mala intención, nada que pudiera sentarle tan mal como para
contárselo.
El comentario no era para tanto, no llegaba al nivel de amenaza, era más bien una advertencia.
Pero sabía que si ella se enteraba entraría en cólera. Valoro demasiado su amistad como para
tirarla por la borda por esa nimiedad. Así que me levanté y me acerqué a la parejita, que parecía
hablar sobre la variedad de bollería casera de la cafetería del hotel. No hizo falta hacerme notar,
Liz se giró en el momento perfecto para verme llegar arrastrando los pies.
- ¿Qué pasa Alex? –preguntó con su habitual tono jovial post-cafeína.
- Nada, solo algo de sueño.
Intenté bostezar para dar credibilidad a mi excusa. Aproveché para lanzarle miradas a Bruce que
pretendían transmitir una disculpa y una súplica para que el desafortunado incidente quedara
entre nosotros. No sabía si su cerebro de guisante sería capaz de captar todos los matices, pero
me quedaba la esperanza de que no le diera más importancia y lo olvidara. Pensar cosas así no
ayudaba a mantener una actitud neutra ante él, era muy difícil encontrar qué había seducido con
tanta fuerza a Liz.
Ella era una chica lista, algo bajita pero con un pelo digno de los anuncios de champú, y con una
infinidad de temas de conversación. No se callaba ni bajo el agua, y aunque era algo que podía
alejar a la mayoría, era uno de los puntos fuertes que le encontraba. Tanto si estaba feliz, triste,
enfadada o nerviosa, Liz empezaba a hablar y encadenaba palabras sin parar. Pero últimamente
hablaba mucho menos. Y por últimamente me refería a desde que Bruce se cruzó en su camino.
Él no la miraba a ella, sino que miraba por fuera, y más que escucharla quería ser él el
escuchado. Y no nos olvidemos de los besos. Era como obtuviera la energía a través de ellos.
Más que incómodo o asqueroso, era inquietante. Inquietantemente incómodo y asqueroso.
La mañana pasó sin más mientras Liz me contaba la cena romántica de la noche anterior. Bruce
la había invitado a más ni menos que a una crep a orillas del lago, y eso a ella le parecía de un
nivel de romanticismo digno de una película de John Hughes. Lo contaba con una sonrisa tan
amplia que me sentí incómodo.
- Otra vez Alex. En serio, dime ya qué te pasa –sonó entre una acusación y una riña.
- No me pasa nada. Te he dicho que sólo es cansancio.
- Claro. Y yo soy tonta –ahora sí que parecía estar enfadándose.– Te conozco desde hace
demasiado como para no distinguir entre tu cansancio y tu pena. Dime, ¿qué problema
tienes?
Su tono era ya preocupado. No aguantaba enfadada mucho tiempo, sobretodo si no sabía
porqué estaba enfadándose.
- Vale, tienes razón. Me pasa algo pero no sé el qué –lanzó una mirada acusadora.- ¡En
serio! No me mires así. Sabes cómo soy, a veces simplemente me siento triste sin
sentido. No te preocupes por mí, ¿vale?
- Bueno, te dejaré en paz si me prometes que esta tarde me acompañarás a ver las casitas
del lado sur del lago.
- Querrás decir nos.
- ¿Cómo?
- Que no te acompañaría a ti, os acompañaría a ti y a Bruce –el tono con el que dije Bruce
fue algo brusco, pero esperé que lo atribuyera a mi estado de ánimo tan evidente.
- Veeeenga, no te pongas así –me cogió de la mano para animarme.– Además, Bruce esta
tarde quiere quedarse en la habitación.
Dudaba que los planes de Bruce fueran quedarse solo en la habitación, pero no iba a ser yo
quien se lo hiciera ver. Echaba de menos a mi amiga, así que recuperar esas salidas a solas me
importaba mucho más que Bruce.
Obviamente tenía razón respecto las intenciones de Bruce. Liz le habló de nuestra excursión
durante la comida y él casi se atraganta con el pollo. Pero no le quedaba más remedio que
asentir y callar. Liz no le preguntaba, simplemente le informaba.
Bruce me lanzó una mirada ¿intimidante? Decidí asumirla como tal, aunque podría ser que
siguiera peleándose con el pollo. Sabía que Liz y yo éramos amigos de toda la vida, y hasta esta
mañana no me había considerado una amenaza, pero ahora era como si buscara en todo una
segunda intención.
Puntual por tercera o cuarta vez en mi vida, llegué a las cuatro a la puerta. Liz había insistido en
que me pusiera el bañador, así que asumí que nos daríamos un chapuzón y cogí todo el pack.
Cuando llegó empezó a reírse. De mí, claramente.
- ¿Pero a qué tipo de expedición crees que vamos? Es sólo el lago de la Torrassa, aquí al
lado.
- Ya me dirás a quien llamarás cuando tengas tanto frío que los pezones te sirvan para
rayar cristales –dije mientras me rodeaba con la toalla.
- ¡Alex! Solo fue una vez, y ahora siempre llevo foam en los bikinis –no le salió bien
parecer enfadada con los ojos reflejando una sonrisa que intentaba disimular.
- Claro, claro, la fiesta de Betty fue una ocasión especial de exhibicionismo
- Exacto
No pudimos aguantar y empezamos a reír a carcajada limpia. No sé cuánto tiempo pasó antes
de volver a poder respirar, pero lo sentí como una eternidad y un instante. Esa era mi amiga.
Delante de Bruce no habría seguido la broma de los pezones.
No me había fijado antes, pero llevaba puesto el bañador psicodélico con toda la espalda
abierta. Lo había comprado por internet, y aunque le quedaba algo grande, le había hecho unos
arreglillos con el kit de costura del hotel. Siendo sinceros, había sido yo quien se lo había
ajustado, ella era incapaz de meter el hilo por la aguja con su hipermetropía. Saqué la cámara
antes de que se diera cuenta, y al decir su nombre se giró, dándome la foto perfecta entre
ausente y atenta. Esas eran mis fotos favoritas. Me encantaba captar la frontera entre la
consciencia y la inconsciencia, la sorpresa y el posado automático. Liz no se molestó, sino que
empezó a correr por delante de mí, dando vueltas sobre sí misma cada pocos pasos, riendo y
haciendo caras. Luego se acercó y me quitó la cámara de las manos.
- Tu turno señor fotógrafo
- ¿Segura? –alcé las cejas tanto como pude. No era un secreto que Liz dominaba la
cámara, pero yo no era lo que se dice un buen modelo.
- Haz cosas. O mejor aún, no hagas nada. Me quedaré con la cámara colgando del cuello,
y cuando menos lo esperes… ¡CHAS!
Las casitas del lado sur que tan efusivamente me había vendido Liz eran cuatro chabolas de
madera con la pintura a medio saltar que funcionaban como vestidores. Cogí la cámara sin
descolgarla de su cuello y me puse a hacer fotos. Cuando fui consciente de cómo estábamos, me
aparte intentando esconder el rubor. Nos limitamos a buscar un sitio en el césped para dejar mi
mochila. Coloqué las toallas (sí, había traído dos porque sabía que Liz era un espíritu libre que
creía en ser secada por el Sol y el viento) y me quité la camiseta. Empecé a oír clics en ráfaga, y
a Liz maldiciendo mi manía de dejar el ruidito aunque fuera una cámara digital. Cuando
volviéramos al hotel ya borraría las fotos. Como si me hubiera leído la mente, levantó la vista de
la pantallita, parando por un momento la revisión de su corto reportaje.
- Ni se te ocurra borrarlas. Son mías –apretó la cámara contra su abdomen, como si la
protegiera del mal.
Cogí la cámara pequeña sumergible de carrete que había metido en mi mochila y le saqué una
foto mientras ella fotografiaba una lagartija. Qué guapa estaba con cara de concentración.
Maldije por no tener la réflex en mi poder y contar con un carrete de escasas veinticuatro fotos.
El agua estaba congeladísima, y no aguantamos ni cinco minutos. Me sumergí y salí corriendo a
por mi toalla verde caqui de dos por dos. ¡Gracias mamá por el regalo! Recuperé mi cámara,
que sentía como una extensión natural de mi brazo. El agua me había enfriado las ideas y lo
veía todo más claro. Documenté la carrera de Liz hacia la toalla, sobre la que se lanzó y
envolvió en tiempo récord.
- Así que eran innecesarias las toallas.
- Puede, y solo puede, que hayas acertado con las toallas explorador. Pero ya me dirás
para qué queremos un bote de crema solar, uno de repelente, una botella de agua grande
y… -seguía rebuscando en mi mochila con ganas- ¿en serio? Chicles de ¿manzana?
¿Eso es siquiera comestible?
- Sí. Y están de muerte.
- Sigue engañándote a ti mismo chaval. Nada supera los chicles de menta –y sacó un par
del bolsillo de sus shorts.- ¿Quieres?
Acepté el chicle y nos quedamos en silencio mirando el lago. Estaba relajada, en paz, y cuando
se cansó de mirar el agua se estiró y contempló el cielo. Me arrastró a su lado tirando de mi
brazo.
- No me había dado cuenta de lo alto que eras hasta hace un segundo, cuando he notado
que con tu espalda me tapas todo el Sol. De pequeño apenas eras un fideo pegado a una
cabeza y una cámara. –y esta vez fue ella la que tomó una foto sin descolgar el aparato
de mi cuello. Giró el objetivo hacia mí y apretó el disparador.
- Esta sí que pienso borrarla.
- Ni se te ocurra. La quiero impresa antes del lunes.
- Entonces me debes también un primerísimo plano. Es el precio.
- Me parece justo –dijo ofreciéndome de vuelta la réflex.
Hice una foto a menos de un palmo de su mejilla. Bajé la cámara y me quedé mirándola con los
ojos desnudos, sin un objetivo entre nosotros, y suavemente le coloqué un mechón detrás de la
oreja. Volví a estirarme sobre la toalla, casi inservible de lo empapada que estaba. Me miró
desde arriba, con una mirada que decía más de lo que pretendía. Ni yo mismo parecía entender
la maraña de sensaciones que manaban de mí, pero era como si ella me hubiera calado antes
incluso de haber hecho nada.
- Bruce me ha contado lo de esta mañana.
- Será… -maldije.– Supongo que estás enfadada conmigo. Lo comprendo –un hilo de
voz apenas audible salió de mis labios.
- No estoy enfadada. O ya no. Por esto he llegado un poco tarde antes –siguió hablando
mirando al lago, y tuve que hacer un esfuerzo para oírla.– Bruce me lo ha contado
cuando me iba.
- Lo siento. En serio.
- Lo hecho, hecho está. Lo que no entiendo es cómo has podido decirle eso –sonaba algo
decepcionada, y comprendí que lo que más temía no era que se enfadara conmigo, sino
que se sintiera decepcionada.– Pero después de esta tarde puede que lo entienda un
poco. Estás preocupado por si me hace daño. No quieres que nadie me rompa el
corazón, ¿verdad?– me sonrió, pero sus ojos no lo reflejaban.
Era consciente de lo que sentía. La había querido siempre, pero desde hacía unos meses era algo
más. Puede que fuera el miedo a ver cómo se alejaba para construir una vida separada de la mía.
Quería pasear con ella de la mano, repasar las pecas de su espalda, acurrucarnos en el sofá
durante una maratón de películas, hablar durante horas sobre todo y nada. La quería a ella. Pero
tenía a Bruce que la hacía feliz a su manera.
No borré ninguna de las fotos de esa tarde, y me conformé con tener esa sonrisa ausente
mientras ella estaba con otro al otro lado del pasillo.