Elegía a una diosa acróbata


Autor: Urbanelli

Fecha publicación: 08/03/2022

Relato

ELEGÍA A UNA DIOSA ACRÓBATA

PSEUDÓNIMO: URBANELLI

Cuando te vi por primera vez, disparaba mi cámara réflex sobre las crestas de las montañas del Pallars Sobirá, y tú hacías piruetas como una niña en un prado atestado de vacas. Te miré, me miraste, sonreí como un duende con habilidades de zapador que ha encontrado al fin su pepita de oro y, después, desapareciste del paisaje igual que una virgen de retablo que no acepta rogativas. Aquella noche me bebí en el albergue de Espot tres glaciares como sorbetes de fruta, y soñé que despertabas a mi lado con esa levedad de ángel que se exhibe en esos folletines románticos que terminan con un beso. Hoy puedo decirte que aquel encuentro en el parque de Aigüestortes, supuso un hito en mi existencia de hombre devorado por la abulia.

Aquel verano del 78 decidí coger una mochila con dos mudas, arrojé a la basura un matrimonio que ni fu ni fa (cinco años de mentiras), y me subí en el primer tren correo disponible con dirección a los Pirineos. En el viaje, recordé imágenes de mi pasado, veladas como películas antiguas, pero también sentí un rumor de río revuelto bajando por mi pecho. Deseaba olvidar la palabra desamor, ya ves qué 'despropósitos, y el azar provocó que me encontrase contigo en medio de un paraje idílico que me recordaba la geografía mágica de un paraíso con su serpiente tentadora y su manzano añoso. Pero no eras de carne y hueso, no, ni siquiera mostrabas tus ojos glaucos, ocultos como reliquias por unas gafas de sol. Si te hubieses visto, parecías una turista perdida en medio de aquella naturaleza virgen, y aquellas volteretas que improvisaste ante un sabio auditorio de vacas y labriegos, me recordó cierta escena cómica de teatro griego que no me atreveré a citar. Después, te quedaste inmóvil, quizá te asaeteaba algún pensamiento molesto, no sé, lo cierto es que parecía una estatua de sal plantada sobre un pedestal de rocas graníticas para ser venerada por mil dioses paganos. Desapareciste, y aun a riesgo de caer en la retórica melancolía de los poetas, te busqué por todos los rincones del valle sin obtener éxito. Pregunté en los albergues, me encaramé como un muflón en los picos de las montañas, pero solo acerté a ver el paso anodino de los excursionistas que se dirigían al lago Maurici con sus pertrechos. Pasados diez días, volví a Madrid con la mochila vacía y un corazón eviscerado, y me propuse pasar los siguientes meses en precaria hibernación. Mi mujer me habló de la inminente ley de divorcio, y me busqué una buhardilla para sentirme como un francotirador armado con una escopeta de plástico. Pero apareciste de relumbrón una tarde de sábado en una fiesta de amigos comunes, y mi vida se escoró hacia los acantilados iguala que una nave sin timón. Me dijiste tu nombre (Cristina, Cristina, y mil veces Cristina), pero solo lo hiciste tras compartir conmigo un cóctel de piña con ron. Amenacé con hacerte otra foto si te decidías a hacer zapatetas en el salón de la casa, y luego escuché tus palabras como una música de orquesta bien afinada. Aquella noche, en mi sotabanco, removí con cucharilla todos los luceros del cielo en un café bien cargado, y desclavé flechas en mi corazón herido.

Después de un tiempo de amables prólogos y de citas intempestivas en bares nocturnos, gané tu confianza, me dejaste subir un cepillo de dientes y un pijama acrílico a tu apartamento y, juntos, escuchamos toda la música de cuerda de Haydn y de otros clásicos barrocos. En una de aquellas veladas musicales, te dormiste sobre mi hombro, y sentí que el mundo se estiraba como un chicle de fresa en la boca de un niño. Créeme, me sentí vivo, embriagado de ti como un pirata mordiendo los barrotes en la sentina de una goleta y, por esa razón, te propuse pasar la Semana Santa en aquel pueblito bañado por las aguas del río Escrita. Deseaba olvidarme de la gris ciudad que nos atrapaba entre sus brazos mecánicos como un ogro hambriento, y pronto nos vimos en amorosa complicidad, zigzagueando por Amitges hasta el Tuc de Ratera. Aquel viernes santo toqué el cielo con las manos y escuché el eco lejano de las montañas que nos animaban a internarnos en sus mágicos rincones. Te besé al pie de la iglesia de Santa María de Arties, y tú me regalaste el silencio de aquella tarde eterna. Fueron días cortos, pues los minutos no dejaban de centellear sobre nuestras frentes con la dulce mecánica del deseo. Dormir en aquella habitación de hostal, admirando por una ventana de madera vieja el blancor de las cimas, fue lo más parecido a disfrutar de una estancia en el cielo en régimen de pensión completa. Sí, ya sé, tú te burlabas de mí, y lo seguirías haciendo si pudieras. Me llamabas hacedor empalagoso de sonetos, pero te aseguro, vida mía, que no tenía otro modo más certero de describir tanto amor atropellado. Perdona si soy torpe y necesito vadear mil ríos para decir que te quiero, pero no puedes esperar otra cosa de un profesor instituto.

*****

Veo cómo desciendes con las sombras de la tarde. Te veo desde este tristísimo sitial desde donde observo tus ojos detenidos como pájaros posados en un risco, y me pregunto cuánto tiempo te queda. Hace tres meses mordíamos el níspero de la alegría con infantil alborozo, y ahora, ya ves, hay en ti un monstruo de seis brazos que te ciñe el cuello y te empequeñece. También puedo ver a una enfermera que parece una estantigua vestida de blanco: entra y sale de la habitación, controla el gotero que llevas hincado como un puñal sobre el brazo, y acaso me confirma que tu vida hay que conjugarla ya en pasado. Pero creo en los milagros. Supongo que todavía eres capaz de incorporarte de esa cama de palanca, darme la mano, y salir conmigo a la calle para dar un paseo por las nubes. Te espero, amor, en nuestra casa. Allí nos aguardan tus plantas de interior como macroscópicas selvas remotas y tus admirados maestros barrocos. Quizá podamos bailar un minueto olvidándonos de todo, y volvamos a sonreír otra vez.

La enfermedad es como una ciudad devastada por la guerra que comienza a quedar desierta. Así veo esa maldita dolencia que te está minando. Dentro de unos minutos entraremos en un Año Nuevo, 1980, pero no creas que estar aquí a tu lado, desgranando el racimo de esta ínfima esperanza, me hace más fuerte. Siento el alma como desabrigada, una sensación de aterimiento que recorre mis huesos y me hace maldecir, y me gustaría poder abrazarte en tu penúltimo sueño, regalarte un minuto de paz. ¿Sabes? Un solo segundo puede bastar para detener el tiempo y conseguir que todos los relojes se averíen por falta de movimiento. Oigo el bullicio de esta noche en las calles, el zumbido lejano de los matasuegras, y recuerdo nuestra primera y última Nochevieja el año pasado. Estabas radiante, con ese vestido azul Prusia y tus zarcillos de princesa pitipitesa, y te miré, y me miraste como en nuestro primer encuentro, pero esta vez me reí cuando me dijiste sin venir a cuento que los zapatos nuevos te hacían daño. Recuerdo que te descalzaste en medio de aquel salón de hotel, y esperaste las doce campanadas como la Cenicienta de los cuentos, esperando tu borceguí de cristal. Yo solo pude decirte obviedades (ya me conoces), me rasqué la cabeza, tratando de hallar la palabra exacta que te hiciera justicia y, cuando dieron las doce, me besaste, y yo sentí que el mundo se partía en dos mitades como el mar bíblico de los judíos.

Estás observándome desde algún cielo anguloso, lo sospecho. Veo tus ojos cerrados, el aura que te eleva con poleas angelicales en esta sala fúnebre donde no faltan cuervos que olfatean la carroña. Me gustaría estar solo, contigo a solas, comiéndome el duelo con dientes de tigre sable, pero he de permanecer como auriga de tu cuerpo ya frío, estrechando manos y aceptando que el tiempo, en contra de mis deseos, ha iniciado su carrera en dirección opuesta a la esperada. Me has dado dieciocho meses de amor, y este hombre gris que se dispone a abandonar el crematorio, necesita respirar aire puro. Lo primero que haré será ir a tu casa, regaré tus plantas de interior, saludaré a Haydn de tu parte y, si el dolor me lo permite, puede que duerma en ese sillón de cuero que nos sirvió como tálamo nupcial. Son muchos asuntos los que tengo que tratar con mi triste alma solitaria, pero descuida, la nostalgia tiene su lado bueno. Quizá mañana deletree tu nombre sin sentir punzadas en el estómago, ya sabes, amor, que la memoria tiene las patas demasiado cortas, y por muchas promesas que pueda hacerte aquí y ahora, la vida nos enseña a avanzar por esos caminos desconocidos que a veces nos sorprenden. Solo hay que caminar, sin mirar hacia atrás, y hacerlo sin miedo. Sé que tú habitarás en mí con íntima ebriedad, y eso me basta.

Mañana, quizá el lunes o la semana que vienes, si logro evadirme de la selva esmeralda en que se ha convertido tu apartamento, compraré un billete de tren, sacaré del armario mi mochila con dos mudas, y volveré a la tierra prodigiosa donde te conocí. Quizá en las aguas heladas de ese río tan nuestro, pueda ver de nuevo reflejados como espejos tus ojos glaucos. Tus ojos que me faltan, la luz que ya no puedes darme. Descansa, amor. El viaje de vuelta a Madrid, te lo juro, lo haré contigo.