El seductor


Autor: Leonardo da Vinci

Fecha publicación: 19/03/2022

Relato

El seductor

Sobre el vidrio de la mesa de noche aplastó con la tarjeta de crédito la última piedrita. Con golpecitos controlados hizo que el polvo se desprendiera del plástico, y luego, con este mismo, dibujó sobre el cristal tres sumisos gusanos que se difuminaron entre sus fosas nasales. De la heladera sacó la última lata de cerveza y la tomó casi sin respirar. Ya no quedaba nada. Ni si quiera pudo disfrutar la transitoria euforia, porque la consciencia de que se había quedado sin material para su cabeza lo invadió de angustia. No lo dudó un segundo, era eso o la locura, así que después de asegurar el revolver en la pretina del pantalón, encendió un cigarrillo y salió a la invernal madrugada. Desde la puerta de su casa, en medio de la niebla, divisó el cartel de la licorera. Caminó escuchando sus pasos en las calles desiertas, hasta llegar al lugar donde se encontraba la bella víctima, de la que tantas veces se hubiera podido aprovechar, pero que, sin saber por qué, hasta aquella noche no había sido capaz.
Para la muchacha fue una grata sorpresa verlo entrar, no sólo porque le encantaba, sino porque su conversación salpicada de coqueteos funcionaría como un buen antídoto para el sueño y el aburrimiento de una noche que parecía no terminar. Víctima de una euforia que trató de disimular hasta que pudo, sin reparar en el estado existencial de la muchacha que se encontraba trabajando y a punto de dormirse, lo primero que hizo fue tratar de convencerla de que abriera un buen vino y se lo tomaran juntos. Por supuesto que ella no dudó en declinar la propuesta, pero, como quería seguir aprovechando los encantos masculinos y el atrapante verbo del recién llegado, destapó una gaseosa para ella y decidió invitarlo con un trago especial. Para eso ingresó a un depósito interior en busca del misterioso elixir, despreocupada de que al hacerlo dejaba a su invitado solo, justo enfrente de la caja registradora. Este, al verse en esa inmejorable situación, cruzó de inmediato el mostrador, abrió la caja y comenzó a meter adentro de su chaqueta los fajos de billetes, con tanta mala suerte que, antes de que guardara el último, llegó la muchacha con la botella. Frente a la evidencia, se atropellaron en su cabeza de forma estúpida y confusa dos ideas: decir que se trataba de una broma o deliberadamente sacar el revólver y hacerse cargo del atraco. Pero ninguna de estas opciones prosperó, porque tampoco terminó allí su mala suerte. Cuando ya estaba echando la mano a su cintura, decidido a optar por la segunda de las ideas, vio cómo se detenía, justo enfrente de la puerta del local, un auto patrullero. El cabo Medina, en el volante, se dio cuenta enseguida de la situación que se estaba viviendo en el interior de la licorera y optó por no apagar de inmediato las luces del vehículo, sabiendo que de esa forma encandilaba al delincuente. Si este hubiera tenido la certeza de que estaba perdido, de que los hombres de la ley ya se habían percatado de los hechos, habría tomado a la muchacha de rehén, pero las luces del patrullero, intencionalmente sostenidas por Medina, no le permitieron ver que era visto. Por esta razón, dispararle a la muchacha tampoco era conveniente, lo que debía hacer de inmediato, era neutralizarla de alguna manera y tratar de salir lo antes posible por la puerta, por enfrente de los policías, sin levantar sospechas, algo así como darle un tiro a la luna. Velozmente sacó el revolver de la pretina y le dio un culatazo en la cara a la muchacha que la dejó inconsciente junto a unos casilleros de cerveza. Guardó el arma y cruzó el local con la engañadora esperanza todavía en la nariz, pero lo cierto es que no había terminado ni siquiera de franquear la puerta del lugar para salir a la calle, cuando el oficial Pereyra, descendiendo de la puerta del acompañante, comenzó a dispararle. Tuvo tiempo de reaccionar, sacar el revólver y darle un tiro en el pecho a su infortunado agresor, pero no pudo escapar del fuego cruzado del arma de Medina, y allí cayó abatido, con un tiro en el estómago.
Pasadas las cinco y media de la madrugada, casi al amanecer, llegaron al Hospital Regional de Palmar Zoilo A. Moreira dos heridos de bala, pero con los primeros rayos del sol sólo quedaba uno. Con una herida en el abdomen, que produjo gran pérdida de sangre, pero que no comprometió ningún órgano, el delincuente pudo salvar su vida. En cambio, el oficial Pereyra no salió del quirófano, después de haber recibido un disparo en el tórax que le destrozó un pulmón. El comisario Ríos, que había llegado al hospital pocos minutos después del ingreso de su subalterno, junto al cabo Medina, indignado por la muerte de Pereyra, quiso sacar al herido del hospital, llevárselo para la enfermería de la cárcel y dejarlo detenido. Pero como no pudo hacerlo, porque el doctor Lorido se lo impidió argumentando que el paciente debía estar tres días en reposo antes de ser trasladado, lo esposó a la cama del hospital y le ordenó a Medina que se encargara de que las veinticuatro horas del día esa habitación estuviera custodiada por un agente uniformado.
El agente Magallanes llegó casi al anochecer y se ubicó en una silla a la entrada de la habitación donde estaba el detenido. Cuando la enfermera Susana Sánchez tomó su turno y encontró al policía mirando el celular, el vigilado no había despertado aún de la anestesia. Lo primero que vio al abrir los ojos fue la cara de Susana junto al suero, del lado izquierdo de la cama. De inmediato descubrió, a la derecha, la baranda a la que había sido esposada su muñeca por el comisario Ríos. Permaneció pensativo unos segundos, mirándose la mano presa, deslizando suavemente el anillo de la esposa por la barra de acero. Volteó nuevamente hacia donde se encontraba la enfermera, y reparando en la pequeña placa de su camisa blanca, le dijo: “Susana, tengo sed”. El silencio absoluto que reinaba en el nosocomio hizo que Magallanes escuchara la voz del detenido e ingresara a la habitación instantáneamente. Preso de la furia que lo embargaba por la muerte de su colega, acercó la cabeza a la cama y, mirando a los ojos al detenido, le susurró: “basura, por tu culpa a muerto un gran oficial de nuestra policía y tiene desfigurada la cara la muchachita de la licorera Púrpura, casi una niña. Sabes lo que les pasa en la cárcel a los violadores y a los maltratadores de mujeres. Si no lo sabes, ya tendrás tiempo de enterarte, porque como mínimo te vas a comer veinte años a la sombra. ¿¿Me entiendes, inmundicia?”. Magallanes hubiera querido seguir increpando al detenido, pero Susana no se lo permitió. Le dijo que su función era vigilar la puerta, no maltratar a su paciente, que se retirara, que ella sabía que él tenía la llave de las esposas, de manera que si lo necesitaba para algo lo llamaría, pero que saliera de inmediato de la habitación porque ella debía continuar haciendo su trabajo.
Me llamo Pablo, le dijo a Susana mirándola a los ojos, gratamente sorprendido por la reacción de la joven enfermera. Sin dejar de mirarlo, ella se acercó a la cama y tomándole la mano le dijo: “tranquilo, yo no estoy aquí para juzgarte, a mí me pagan para que te salve la vida”. Pablo, el joven asesino y paciente, sin permitir que Susana retirara la mano de la suya, le dijo casi susurrando: “Sígueme mirando a los ojos y dime si en ellos ves a un asesino. Yo no maté a ese policía ni tampoco golpeé a esa chica. Ellos necesitan a alguien a quien culpar y saben que vivo solo en el barrio de esa licorera desde que falleció mi esposa. Tú me crees, ¿verdad?”. Susana asintió tímidamente con la cabeza y sin decir palabras se retiró de la habitación.
Lo primero que vio en la mañana del otro día fue nuevamente a Susana, que esperaba su despertar con el desayuno. Estaba más arreglada que el día anterior; sus labios brillaban y tenía los ojos delineados. Mientras se desperezaba le dijo, con una sonrisa, que en esas condiciones, con una mano esposada y la otra con el catéter del suero, no podría comer solo. Susana, devolviéndole la sonrisa, se sentó junto a su cama y comenzó a darle el desayuno en la boca. Sin dejar de mirarla, Pablo le preguntó si tenía novio, y cuando ella, sonriendo, le contestó que no, le dijo: “eso me parece imposible, eres hermosa, tienes unos ojos preciosos y, sobre todo, eres muy humanitaria, Susana. Lo supe ayer cuando ese policía me increpó y no dudaste en defenderme. Eso también es una belleza, la mejor de todas, la que no se marchita, la que yo siempre he deseado tener sólo para mí”. Sabía que tenía poco tiempo para seducirla, antes de que lo trasladaran a la prisión, y como ella, si bien no hablaba, tampoco rechazaba sus palabras, le tomó la mano y continuó diciéndole: “lo que más me duele, más que la prisión, es saber que ya no te veré. Yo no soy culpable de nada. Qué paradójico todo, pareciera como si el destino me hubiera puesto en esta situación injusta sólo para conocerte, para darle un sentido a mi vida. Pero sé que esto es algo efímero, que tú desaparecerás y a mí lo único que me quedará, siendo inocente, será la soledad y el encierro. Si tan solo pudieras ayudarme a escapar de aquí, yo me quedaría contigo por el resto de mis días”.
Faltando diez minutos para las seis de la mañana, Susana llegó al hospital. Como todos los días se sirvió un café, pero esta vez no lo tomó. Le agregó una potente droga somnífera y, simulando querer limar las asperezas de la discusión pasada, se lo brindó al agente Magallanes, que había permanecido de guardia toda la madrugada en la puerta de la habitación. El plan consistía en meter al policía a la habitación, una vez que se durmiera, quitarle las llaves de las esposas, y finalmente sacar al prisionero, tapado, en una camilla, para no despertar sospechas en el hospital. Todo salió a la perfección. Lógicamente, la primera impresión de Pablo cuando vio a Susana ingresar con el agente Magallanes desvaneciéndose, fue de sorpresa. Pero de inmediato lo invadió la alegría al escuchar el plan de la enfermera: “no sabría explicar lo que me pasa, pero siento que también me he enamorado de ti, Pablo, y que debo luchar por eso. Te llevaré a mi casa, allí estarás a salvo, y podremos estar juntos”.
Necesito dinero, fue lo primero que le dijo a Susana, una vez en la casa. Se sentía bien de la herida y pensó que debía cruzar la frontera lo antes posible. Solo una enfermera estúpida puede creerse ese cuento de vertiginoso amor romántico, sin pensar que ellos, lo primero que van a hacer cuando noten la falta del paciente y de la enfermera, es allanar esta casa. Decidido a todo, se dirigió hacia un mueble que comenzó a revisar en busca de dinero. Sin decir nada, Susana lo observaba de pie junto a la cama. De repente, Pablo reparó en un portarretratos que se encontraba encima del mueble, allí estaba Susana, unos años más joven, abrazada al oficial Pereira. Cuando Pablo volteó a mirar a la enfermera, completamente consciente de que aquel hombre era el policía que él había asesinado, ya no pudo decir nada, Susana le apuntaba con el arma que, junto con la llave de las esposas, había quitado al agente Magallanes. Lo último que escuchó fueron las palabras de la mujer: “era mi marido”.