El renacer de Lapino


Autor: Auroch

Fecha publicación: 05/02/2022

Relato

Al atardecer Lapino se encontraba cerca de la cinta de piedra que serpenteaba por el campo y se perdía en el infinito. Observaba cómo pasaba de vez en cuando un monstruo metálico rugiendo y exhalando un apestoso humo oscuro por la parte trasera. Se camuflaba tras los arbustos con su pelaje gris manteniendo las largas orejas pegadas al lomo y un pompón de pelo sedoso sobre el trasero. Dos largos incisivos asomaban por el hocico que temblaba olfateando los alrededores y royendo briznas de hierba, con sus ojillos negros vigilando todo el entorno.

Uno de aquellos extraños artefactos, más grande que los demás, pasó tambaleándose por los baches de aquella especie de río de piedra y Lapino pudo ver que de su parte trasera dejaba escapar un fino hilo de granos de cereal que se iba depositando sobre el asfalto. El hambre hizo que se removiesen sus tripas, pues en el valle de Espot las plantaciones habían disminuido progresivamente desde hacía años, pero el miedo le obligó quedarse donde estaba. Primero fueron los pájaros quienes acudieron al festín, revoloteando y llenando los buches con la preciada carga, hasta que el ocaso les hizo retirarse a sus posaderos a pasar la noche.

Ya estaba oscuro cuando se decidió a dar unos pasos hacia la pétrea línea gris. En el margen esperó unos minutos vigilando los alrededores. Escuchó el grito de un compañero, probablemente víctima de la lechuza que siempre merodeaba por la zona, escondida entre los robles. Se tranquilizó un poco al escuchar el tac-tac del urogallo desde el hayedo. Más de una vez había visto los restos de algún congénere reducidos a una piel aplastada y un reguero de sangre y vísceras esparcidos junto a ella, víctima de alguno de aquellos monstruos mecánicos y malolientes. Pero el hambre era más fuerte que el miedo. Veía la tentadora fila de grano a dos metros de la protectora cuneta y se relamió salivando copiosamente.

Escuchaba a lo lejos el incierto rumor del Noguera-Pallaresa e intentó armarse de valor. Finalmente salió al descubierto amparado por la oscuridad y degustó el primer delicioso grano. Decidió llenarse los carrillos para comer después tranquilamente en la seguridad de su madriguera y se dedicó a recolectar aquella inesperada cosecha. Comenzó a escuchar en la lejanía el rugido de uno de aquellos monstruos que se iba aproximando por el río de piedra, pero decidió apurar un poco el tiempo para atiborrarse de grano hasta que estuviese más cerca. Pero la avaricia le jugó una mala pasada. Cuando estaba a punto de retirarse hacia la cuneta, miró un momento hacia el monstruo y este lo deslumbró con sus ojos luminosos. Aquellos ojos parecían dos soles que lo hipnotizaban y no podía apartar la vista de ellos, manteniéndole inmóvil sobre el asfalto.

Permaneció encandilado hasta que fue consciente de que ya era tarde, de que no podría librarse del monstruo. En el último momento vio su boca abierta a ras de suelo dispuesta a tragárselo y cerró los ojos resignado a su destino. El ruido se hizo ensordecedor y al abrir de nuevo los ojos pudo ver que uno de los lados de la boca pasaba casi rozándole y despidiendo un fuerte olor a goma caliente. En un instante aquel diabólico artefacto había pasado sobre él y se alejaba dejando a su paso ruido y humo. Ahora lo miraba con dos pequeños ojos rojos que parecían burlarse del susto que se había llevado y se iban reduciendo en la distancia.

Lapino pensó que acababa de volver a nacer y decidió no adentrarse nunca más en aquel infausto río de piedra, pero el hambre cambia voluntades y hace a un conejo olvidar los malos ratos vividos. Seguramente volvería a hacerlo en el futuro.