El pan de los sueños


Autor: Papavullpa

Fecha publicación: 11/03/2022

Relato

ERA UNA MUJER RISUEÑA, de sonrisa alegre y contagiosa. Llegó al municipio de los antiguos marqueses de Pallars con los primeros azogues de la estación fría, un día en que todas las chimeneas de Espot ardían encendidas y el macizo de ‘Los Encantados’ se vestía de blanco.
Dijo llamarse Ada, un nombre del que sólo había escuchado mentar antes el párroco, don Conrado, en algún pasaje y párrafo de la Biblia. Llegó, cruzando el río Noguera Pallaresa, con una mochila sobre sus hombros y un bastón de peregrina, ‘desde el corazón sagrado de los bosques de abetales y pinares negros de Aigüestorte’, dijo, respondiendo a los primeros curiosos.
-Vine a hacer lo que mejor sé hacer: ¡Pan! –respondió en persona al alcalde, don Leopoldo, quien quiso saber propiamente qué cosa le traía hasta Espot.
Ada tenía idea de abrir un horno y despacho de pan; sin embargo, cuando vaticinó el nombre del negocio: ‘El Pan de los Sueños’, a don Leopoldo le suscitó dudas y controversias, pues al factor de abrir una nueva panadería y horno se sumaba la palabra “sueños”.
Ada adquirió una vieja casona y acondicionó su planta baja como horno. Desde el primer día en que inauguró “El Pan de los Sueños”, Ada resultó ser una persona bien atenta, cariñosa y amable, por lo que despertó confianza entre sus gentes, pero también recelo en las autoridades locales, especialmente en el cabo de la guardia civil, don Zoilo Cienfuegos, quien se propuso, como medida cautelar, investigar a fondo a la uso dicha y averiguar en qué consistía su negocio.
-Pues consiste en elaborar pan –le respondió Ada a don Zoilo Cienfuegos, el día en que se atrevió a cruzar el lindar del establecimiento.
-Sí, pero ¿qué clase de pan, señorita, es el que usted elabora? –quiso saber con detalle.
-Elaboro un auténtico pan que brinda energías al cuerpo, pero también reparador sueño a quienes gustan de acompañarlo en sus almuerzos, comidas, meriendas y cenas.
El cabo militar se dispuso a hurgar en la trastienda. Claro que todo lo que encontró don Zoilo fue un horno encendido y sacos con harinas de trigo, centeno y cebada, y también con un estante repleto de tarros donde pudo leer: Garbanzo, Maíz, Escanda, Espelta, Trigo Sarraceno...
-Son diferentes tipos de cereales, molinos en la piedra: harinas más duras o blandas, para combinarlas –le aclaró Ada a un don Zoilo que releía tarros sin lograr dar sustento a sus sospechas.
-¿Combinar harinas? ¿Para qué cosa? –preguntó, incisivo.
-¡Para transmitir a la gente toda la magia de un pan hecho con auténtica devoción panadera!
Aunque aquello de “magia” le sonó más a don Zoilo a artes brujeriles, tuvo que posponer su intento de averiguar más y mejor para otra ocasión.
Cuando Ada le dio a probar el pan, el cabo militar dio como respuesta un sonoro no; claro que ante el aroma embriagador no pudo resistirse en catarlo, sólo un repizco. Cuando constató en persona todo su amplio sabor no pudo resistirse en comprar todo un pan de kilo: exquisito, tierno y especiado, de miga húmeda y sabrosa, ligeramente ácida, y de corteza tan crujiente que se le hizo la boca agua, pues don Zoilo no esperó ni a salir por la puerta para brindarle uno y dos bocados.
Cuando el alcalde vio pasar a don Zoilo ante la Casa Consistorial, degustando un pan, estuvo tentado de preguntarle las razones de tan inusual comportamiento y, ya de paso, probarlo él también; pero aguantó estoicamente el rugir de su estómago, firme en el convencimiento que Ada guardaba algún secreto, o sucia artimaña, que se propuso averiguar en persona.
El pan de Ada gustaba a las gentes de Espot, y mucho, ya que quienes lo probaban volvían a por más, sobre todo cuando se constató que, además de tener un sabor y aroma irresistibles, ayudaba a conciliar mejor el descanso, a recordar los sueños y a suspirar amorosamente durante todo el día, radiante de pasión, amor y júbilo.
Con la llegada de Ada y su pan, fue gestándose en los corazones espotencs un ‘algo misterioso’ que hizo mudar las costumbres impuestas por la tradición y el poder. El luto miserere, adoptado tras la Guerra Civil Española, se transformó en un rico mosaico colorido, con prendas de vestir a la usanza de la última moda parisina, con amplios sombreros de fieltro y sombrillas con lentejuelas, hojas, plumas y estampaciones florales. La felicidad más desinhibida parecía haber florecido en los corazones de los lugareños, claro que no en todos, pues dos sólidos monolitos de piedra seguían sin ceder terreno: don Leopoldo, el alcalde, y el propio don Conrado, el párroco.
Los dos hombres creyeron ver en la alegría de las gentes un claro síntoma de locura abanderada y de degeneración mujeril, que hacía zozobrar las antiguas costumbres, fuertemente impuestas por un viejo dictador golpista. Ambos decidieron, pues, aunar esfuerzos en aras de averiguar el ingrediente secreto que guardaba el pan de Ada y hacía que las gentes de Espot hubiesen sucumbido a la pandemia más desinhibida de felicidad, alegría y dicha.
Claro que no pudieron contar con la ayuda del cabo de la guardia civil, don Zoilo Cienfuegos, pues la autoridad militar de pronto se había aficionado tanto al pan de los sueños que cuando se le propuso aunar fuerzas contra Ada sólo tuvo una respuesta:
-Pruébenlo y se convencerán de que este pan… ¡enamora!
El comentario de don Zoilo hizo que se reafirmasen todavía más en su propósito, pues les hizo ver el cariz alarmante que estaba cobrando la situación. Así que, ambos hombres, aplicaron medidas urgentes para contrarrestar el llamado “efecto Ada”, con el propósito de despertar el recelo, el descrédito y la desconfianza hacia ella: uno durante las homilías de la congregación de fieles reunidos en la iglesia parroquial de Santa Leocadia, y el otro en los plenos del Ayuntamiento. Sin embargo, lo único que consiguieron con sus discursos fue quedar en serio ridículo frente a un público que emanaba una alegría pletórica, exenta de cualquier muestra de conflicto o miedo.
Un día, a la hora de cerrar, Ada se encontró cara a cara con dos expresiones adustas.
-¡Les esperaba! –les reveló, para sorpresa de los recién llegados-. ¡Pasen, por favor!
-No venimos a probar tu pan, mujer, sino a por respuestas, pues queremos saber a pies juntillas qué ingrediente secreto gastas en tus aliños -farfulló don Leopoldo Cañas-, ya que estoy convencido que escondes algo oscuro que hace que las gentes se comporten de forma tan rara.
-Desde que elaboras el pan de los sueños Espot ya es el mismo, pues los parroquianos se comportan, digamos… de forma anormal –narró don Conrado, vestido de sotana negra.
-Es cierto que tiene un ingrediente especial…
-¡Así que lo reconoces! –le interrumpió el alcalde-. ¡Seguro que estás envenenándonos con alguna clase de opiácea que mezclas junto a las harinas!
-Entren –les invitó Ada-. Voy a mostrarles el ingrediente que hace del pan un verdadero alimento, extraordinario, único y… ¡mágico!
Los dos hombres se miraron, de hito en hito, en un silencio reverente que sin decir palabra lo expresaba todo, y sin más dilación entraron. Pasaron a la trastienda, donde Ada les mostró un tarro con una harina amarilla y burbujeante.
-Les presento a… ¡la masa madre!
-¿Qué cosa? –preguntaron al unísono.
-La masa madre es la levadura que hace que la harina suba y el pan resulte esponjoso. Como vida que es, la alimento en su proceso de crecimiento y fermentación.
Don Leopoldo y don Conrado no salían de su estupor.
-Huele como a vinagre –se percató don Conrado tras meter la nariz en el tarro.
-Es el olor de la fermentación natural –le confirmó Ada.
-¿Es éste, pues, el elemento secreto que lleva el pan? –preguntó don Leopoldo, no sin dejar de mostrar una cierta decepción y desencanto en el habla.
-El elemento secreto es la atenta observación y el cuidado en cada uno de los procesos.
-¿Y cómo cuidas tú esos procesos? –se atrevió a preguntar el alcalde.
-La relación es fundamental –les reveló Ada-. El pan fermente, a su propio ritmo, mediante el calor ambiental de la lumbre, chimenea y hogar.
-¡No puede ser tan simple! –exclamó contrariado el párroco-. Tiene que haber un algo más que no nos has contado y hace que la gente viva… ¿tan feliz?
Las miradas del párroco y alcalde se entrecruzaron entonces, por primera vez cavilosos y reflexivos. Ada leyó el deseo contrapuesto en ambos hombres y tuvo una idea.
Ante sus expresiones expectantes, Ada dio forma a una mezcla de harinas y levadura madre, que aderezó con un pellizco de sal, semillas de lino, sésamo y especies. Sus manos se fundieron en la argamasa blanda, mientras entonaba canciones catalanas y versos de poetas.
De pronto don Leopoldo se descubrió también con las manos sumergidas en otro bolón de argamasa, y a su lado estaba don Conrado, no menos embadurnado.
-No olviden que están tratando con microorganismos y seres vivos –les recordó Ada. No golpeen bruscamente la masa contra el banco; háganlo con sentimiento, atención y afecto. Sientan su tacto… como la extensión de su propio cuerpo.
Los dos hombres, por primera vez, estaban dispuestos a desprenderse de viejos velos.
-La atención tiene que estar fijada en el aquí y ahora, el más grande regalo: ¡el presente!
Después de dar forma a los panes y de suministrarles los cortes, aquello que Ada llamaba escarificación, el pan pasó a estar listo para la cocción.
-El precalentamiento del horno es tan importante como el grado de humedad, por lo que hay que crear un ambiente propicio –explicó ella, y deposito dentro del horno un cuenco con agua.
La alborada les sorprendió con un reguero de panes. Ninguno de los tres tuvo que sugerir nada para reconocer lo que venía a continuación. Sentados alrededor de una mesa, junto a unos excelentes quesos y vinos del Pallars, se dispusieron a fundirse en el deleite de la degustación. Entendieron entonces, don Leopoldo y don Conrado, que en la vida hay que cuidar la relación con los elementos: llámensele personas, animales o alimentos, para ganar en salud, bienestar y alegría.
-Si realmente existe un secreto está en cuidar la relación con todo cuanto hacemos –les recordó Ada-, esa relación que es sentimiento, paciencia, dedicación y entrega, y se traduce en amor incondicional cuando se elabora un alimento… ¡hecho con fundamento!
-¡El pan nuestro de cada día! –volcó don Conrado la célebre frase.
A partir de ese día, en la iglesia se pasó a comulgar con pan, un pan que acompañó los almuerzos vecinales en la Casa Consistorial y fue frecuente también en los encuentros y cursos de esquí, aquellos que, poco después, darían como fruto la primera estación catalana de esquí.
La felicidad retornó al valle de Espot, hasta hacerlo crecer en número de habitantes con una generosa y nueva hornada de niños, concebidos desde la alegría y unión amorosa.
Llegó el día en que Ada marchó; dejó la llave puesta en “El Pan de los Sueños”, con todas las recetas minuciosamente anotadas en libretas. Marchó Ada, una noche vestida de flamante luna llena, llevándose consigo su ato en forma de mochila y bastón de peregrina.
Los vecinos de Espot sintieron su marcha, pero con la alegría de reconocer que la parte más importante de Ada seguiría por siempre viva entre ellos, presente cada vez que encendiesen un horno, practicasen esquí o se sentasen a compartir momentos e historias entrañables.
El alcalde consultó a Inés de los Santos, la curandera de Espot, persona bien conocedora de las quintaesencias de las plantas, e Inés de los Santos leyó en las runas el destino de Ada.
-¡Marchó más allá del río Escrita, hasta el hogar de las montañas pirenaicas! –interpretó.
Sonrió de forma abierta y desinhibida don Leopoldo, pues entendió, por fin, el vínculo del pan con la comarca del Pallars Sobirà, que no era otro que el AMOR incondicional hacia el territorio y el ser humano, hacia las montañas, costumbres, gastronomía, gentes, sendas y caminos.