El asilo


Autor: Kala Rowan

Fecha publicación: 22/02/2022

Relato

EL ASILO

Abro los ojos, el mismo techo de siempre. Son las 4 am y aún no amanece, parpadeo una, dos, tres veces. Me estiro… ¡ah! Qué buena manera de empezar el día, con un estiramiento así de rico, me volteo de lado y empujó la cama para poder sentarme. Miro a la ventana, el cielo obscuro, los árboles se estremecen moviéndose de un lado al otro, se oye el viento y las hojas que chocan las unas con las otras; los pájaros cantando con diferentes melodías, así como si se contestaran.

Un escalofrío recorre mi espalda, el aire es fresco como cada mañana, el piso está helado como es de esperarse, me coloco mis pantuflas y me pongo de pie, me estiro nuevamente y oigo como me truena la espalda, volteo a ver el reloj con su luz verde fosforescente que indica las 4:05, parpadeo, 4:06, el tiempo se mueve lento ahora que lo tengo de sobra, ahora que he hecho todo lo que quiero y no antes cuando quería comerme el mundo con mis manos.

Me acerco a la ventana y cierro los ojos mientras respiro el aire fresco que abunda mis pulmones, oigo el silencio, ese que entre más lo hay, más se oye, ese vacío de la noche, cuando todo parece en calma, cuando lo desconocido se queda allá afuera y nosotros nos refugiamos aquí adentro, una paz abunda mi cuerpo y me da energía.

Regreso al buró que se encuentra junto a mi cama y recogo los lentes grandes y cuadrados que se sitúan sobre el, los coloco sobre mi rostro y las patillas heladas rosan mis orejas, ajusto mi vista y enfoco la mirada a mis manos, unas manos grandes y llenas de arrugas, justo como si llevara 3 horas en una alberca y los dedos se me hacen pasa, pero eso es temporal, el tiempo ya ha hecho esto permanente.

Eso y el hecho de que he llegado hasta aquí para terminar mi vida en un triste lugar lleno de gente igual que yo, como si no tuviéramos aspiraciones de vida mayores; nuestras familias simplemente nos vinieron a dejar aquí y nos abandonaron deseándonos los mejor para luego nunca volver.

Camino lentamente hacia el baño tratando de no tropezarme con nada en el camino, no prendo la luz porque prefiero la oscuridad y la paz que me brinda. Me lavo las manos sintiendo el agua fría tocando mi piel tibia por la cama, me quito los lentes por un segundo y me echo un poco de agua en la cara para terminar de despertar, me miro al espejo tratando de reconocer el rostro arrugado que se ve reflejado y que después de unos minutos se deforma y me causa sierta inquietud.

Salgo de mi cuarto con mi bata azul marino para la fresca mañana y saludo a Belen que se encuentra en la recepción, antes de dirigirme a la cafetería y servirme mi taza de café caliente como cada mañana; siempre le tocan los turnos de las noches pero no sé como le hace para mantenerse tan despierta, alerta y muy amable con todos nosotros.

Mariana está de guardia hoy, siempre con una bella sonrisa y mucha energía para ser tan temprano, me parece que esta preparandose para checar los signos vitales, dar medicamentos y demás, como hace cada cierto tiempo. Me serví mi café, negro, sin azúcar por que el café fuerte es mejor, si no, no es café; y aproveché para salir al jardín y observar el amanecer antes de que se llene de gente este lugar y ya no haya silencio como a mi me gusta.

Me siento en la banca blanca y helada que se encuentra debajo del sauce que tanto te gustaba Helena, ese mismo que plantamos aquí hace diez años y que en su momento medía no más de 2 metros y hoy es más grande de lo que te podrías imaginar. Ahora hay un lago frente a el, es muy tranquilo y trae paz, se asomaban las pequeñas ondas circulares de los peces aleteando debajo del agua y; como cada día, te cuento lo que he hecho y todos mis pensamientos que sabes que siempre rondan por mi cabeza.

El otro día vi a Rogelio asomarse por la ventana de su cuarto, se veía muy preocupado y parecía que buscaba algo, me pareció notar un sentimiento similar en su rostro al que siento cuando me dicen que ya no estás aquí, una cierta impotencia de que no entiendan que tú siempre me acompañarás sin importar el tiempo que pase.

Me sentí mal por un segundo de la confusión que pudo haber experimentado en ese momento pero cuando me di cuenta él ya no estaba ahí, tal vez oyó algo adentro de su habitación que lo hizo distraerse de ese hoyo profundo en el que uno puede caer cuando piensa las cosas de más… y las ideas dan vueltas… y vueltas… en la cabeza sin dejarte en paz y te empiezan a sobotear y solo quieres que ¡Se vayan al carajo! ¡Por dios que se vayan a la chingada todos esos pensamientos de mierda que rondan aquí! ¡Estoy harto! ¡Harto he dicho! ¡De que me vengan a distraer de la realidad y me quieran llevar con ellos! ¡Por favor! ¡Ya déjenme en paz! ¡Se los suplico! ¡Se los suplico!

De pronto llegaron Mariana y Roció corriendo desde el edificio un tanto alteradas, me agarraron de los brazos y otra vez la misma rutina de siempre Helena, como si esas madres que me injectan fueran a cambiar el hecho de que estás aquí conmigo, de que te veo cada día y aunque dicen que no eres real, yo se que si, si no porque otra razón podría hablarte y verte con esa hermosa sonrisa que se forma en tu bella piel blanca llena de pecas y que solo hace resaltar la cabellera rojiza que reposa sobre tu hombros y cae en unas ondas alborotadas pero casi en sintonía.

De igual manera les da igual y me meten la jeringa en el brazo, despierto en mi cama viendo hacia el techo una vez más pero ahora es de día y los rayos del sol atraviesan la ventana reflejándose en toda la habitación y tú estás a mi lado; estaba equivocado, si hay una mejor manera de empezar el día, contigo junto a mi. Me volteo de lado para poder admirar esa esencia tan relajante que me aspiras, te miro y es que siento… siento… siento que me das rabia ¡Que te quiero fuera de aquí! ¡Salte ahora! Quiero golpearte así que salte antes de que te arrepientas ¡Que te salgas te he dicho!

Te quedas ahí quieta y no reaccionas ni un poco a mis palabras pero ¡Ya no te aguanto! ¡Sal de mi vista! Agarro una almohada y empiezo a sofocar esa cara tan preciosa que me trae una desesperación inmensa y no puedo parar ¡No puedo parar! Se oyen a lo lejos las sirenas de la ambulancia y entran los enfermeros a llevarte en el carro, me hago a un lado de la habitación esperando que no sospechen de mi pero cuando me doy cuenta era yo mismo quién reposaba en esa camilla y no tú.