EL ÁRBOL DE LUKA


Autor: Serpentaria

Fecha publicación: 17/03/2022

Relato

EL ÁRBOL DE LUKA

Se llamaba Luka, tenía 7 años como yo y era mi mejor amigo.
Luka tenía el pelo liso y dorado como los maizales, mi madre decía que parecía un ángel pero como yo nunca había visto uno, no podía compararlo.
En realidad, no podía compararlo con nadie porque Luka para mí era especial.
Para empezar, cuando hablaba parecía que cantara, su forma de hablar me recordaba al canto del Acentor, un pájaro que vive en nuestras montañas, en Los Pirineos, pequeño y de pico alargado. Mi padre me explicó que Luka hablaba otro idioma y que no entendía ni el catalán ni el castellano, por eso teníamos que hablarle despacio y gesticular mucho.
Nunca olvidaré el día que Luka llegó a nuestro pueblo. Llegó en un autobús repleto de mujeres y niños, algunos parecían muy tristes pero otros, como Luka, sonreían al verme.
Luka llegó con su madre y un par de maletas. Cuando me vio sonrió y me dio un abrazo, como si siempre hubiéramos sido amigos.
Fuimos todos a casa y les dejamos que descansaran en la habitación que mis padres habían preparado para ellos. Mi madre me explicó que habían hecho un viaje muy largo y debían de estar cansados.
Yo quería saber más sobre Luka y le pedí a mis padres que me enseñaran fotos de su país. Me dijeron que venía de muy lejos, de un país llamado Ucrania que estaba en guerra. Allí hablaban otro idioma, el ucraniano, y por eso Luka no podía entendernos.
Su país no parecía tan distinto del nuestro. Luka también vivía en la montaña: había ríos, pantanos y bosques frondosos. ¡Ya teníamos algo más en común!
—Mamá, ¿entonces Luka será mi hermanito? ¿Se quedará para siempre con nosotros? — le preguntaba a mi madre emocionado.
—Cariño, Luka será tu amigo y estará con nosotros todo el tiempo que él quiera —respondió mi madre.
Yo siempre había deseado tener un hermano y pensaba que Luka podría serlo. Ya me imaginaba todas las cosas que haríamos juntos: podríamos ir al río a mojarnos los pies, buscar tesoros bajo el agua, jugar con los renacuajos…
Al día siguiente, Luka y yo fuimos a pasear por el pueblo. Quería enseñarle mis lugares preferidos: el río Escrita, nuestra antigua iglesia, la iglesia de Santa Llogaia, el puente por el que pasaba cada día para ir al colegio… Luka observaba todo con mucha atención, a veces me decía algo con su voz de pájaro pero yo no lograba entenderle, le sonreía y él me agarraba la mano.
En realidad, Luka y yo no necesitábamos las palabras para ser amigos.
Cuando llegamos al río, nos quitamos los zapatos y metimos los pies en el agua, ¡estaba tan fría como siempre! Entonces, Luka se sentó en una roca y agachó la cabeza, parecía que lloraba. Yo me puse muy nervioso, no sabía cómo ayudarle. Me senté a su lado y miramos juntos el agua que mojaba nuestros pies.
A Luka le gustaba trepar por los árboles, recostarse sobre la hierba húmeda, jugar conmigo a las canicas. Sin embargo, no le gustaba nada el sonido de las campanas de la iglesia, tampoco el de los aviones cuando surcaban el cielo… Siempre que escuchaba un sonido fuerte o un estruendo se quedaba inmóvil, como paralizado. Miraba a su alrededor como si algo terrible fuera a ocurrirle. Yo le agarraba la mano con fuerza, le sonreía y caminábamos juntos hasta que se le pasaba.
Una tarde, mientras paseábamos por el bosque, nos pareció ver a lo lejos un animal muy extraño, parecía una gallina pero era mucho más grande. Luka se asustó y tiraba de mi mano para que nos marcháramos pero yo tenía mucha curiosidad y me adentré en el bosque siguiendo al extraño animal, cuando por fin pude verle de cerca… ¡Era un urogallo! Mi abuela siempre decía que si se te aparecía un urogallo tenías mil años de buena suerte, por eso, me puse muy contento. Solo me dio pena no haber tenido mi cámara para hacerle una foto porque sabía que mis padres no me creerían cuando se lo contara.
El problema fue que al mirar atrás me di cuenta de que me había alejado demasiado y, lo peor de todo, no conseguía ver a Luka. Intenté encontrar el camino que había recorrido, pero no lo recordaba y empecé a asustarme. Por suerte, después de caminar un buen rato, vi que había un camino de piedras en el suelo; me pareció extraño pero lo seguí con la esperanza de que me sacara del bosque. Al final del camino estaba Luka, esperándome con una gran sonrisa.
Algunas noches, podía escuchar a Luka. Se despertaba gritando y llorando, a mí también me daban ganas de llorar y después no podía dormir. Menos mal que Luka tenía a su madre al lado para calmarle. A veces, escuchaba que se levantaban e iban a pasear por la casa, su madre le susurraba y se escuchaban besos.
Al día siguiente, Luka parecía cansado, sin embargo, no dudaba en venir conmigo al bosque o al río, mi amigo era especial también por eso: ¡era fuerte como un superhéroe!
Cuando llegó el invierno, fuimos a esquiar todos juntos, era la primera vez que salíamos del pueblo con Luka y su madre y mis padres querían llevarlos a la Vall de Núria. Yo había ido solo una vez con mis padres, pero era demasiado pequeño y no pude jugar con la nieve. ¡Me gustaba la idea de esquiar por primera vez con Luka!
Cuando nos pusieron aquellos palos debajo de los pies, no parábamos de reírnos, yo no tardé en caerme de bruces y Luka se deslizaba despacio como una hormiguita luchando por no perder el equilibrio. Al cabo de unos minutos, los dos desistimos y preferimos irnos a explorar la montaña sin palos en los pies.
Luka no parecía demasiado sorprendido por la nieve y, aunque no sabía esquiar, ¡podía hacer muñecos de nieve enormes!, tan grandes que parecían personas de verdad. De repente, cuando estaba cogiendo la nieve entre sus manos, alargó un dedo y se puso a escribir en la nieve, yo le miraba con atención… Las letras iban tomando forma en la nieve y se podía leer “Espot”, ¡lo había escrito perfectamente! No podía creer que Luka supiera escribir el nombre de mi pueblo, me preguntaba quién le habría enseñado. Al lado, dibujó un corazón. Después se sonrojó y seguimos jugando como si nada.
Una tarde, cuando volví a casa del colegio, vi que estaban todos reunidos en el salón. Luka y su madre estaban llorando y mis padres les agarraban la mano. Mi madre tenía esa expresión que a mí me causa tanta angustia, ese gesto que hace cuando mira hacia el suelo y parece que va a echarse a llorar en cualquier momento. Mi padre, como solía hacer en estas situaciones, abrazaba a mi madre y apretaba los puños. Enseguida entendí que les había ocurrido algo terrible pero no quise decir nada, solo quería sentarme al lado de Luka y abrazarle.
Al día siguiente, mis padres no me despertaron a las ocho como cada día para ir al cole. Mi madre se sentó en mi cama y me explicó que el padre de Luka había fallecido en la guerra.
—¿Recuerdas, cariño, lo que te expliqué sobre la muerte? —me preguntó mi madre.
Yo estaba tan triste que solo pude asentir con la cabeza.
—Pues el papá de Luka ya no está en este mundo —explicó mi madre.
—¿Entonces está con la luz, mamá? —pregunté emocionado.
Mi madre creía que cuando alguien moría no desaparecía sino que volvía al lugar del que había venido, ese lugar ella lo llamaba “la luz”.
—Efectivamente, hijo, el papá de Luka no ha desaparecido, solo ha cambiado de lugar y de forma —respondió mi madre acariciándome la cabeza.
En ese momento, ¡tuve una gran idea! Le pedí a Luka que me diera algo de su padre, una foto, algún recuerdo… Su madre me dio una foto en la que Luka estaba con su padre, estaban delante de una casa pequeña pero muy bonita, con un gran jardín. Al lado tenían un perro que me recordaba mucho a los perros pastores de nuestro pueblo. Parecían muy felices.
Llevé a Luka al jardín, al mismo lugar donde hacía unos días habíamos plantado un pequeño manzano. Saqué una fina cuerda de mi bolsillo y colgué la foto de Luka y su padre de una de sus pequeñas ramas. Los ojos de Luka se iluminaron, se echó a llorar, nos abrazamos… Entonces, mirando el pequeño árbol, imaginando cómo crecería con el paso del tiempo, entendí que el padre de Luka estaría siempre con nosotros.