De toda la vida


Autor: Largeto

Fecha publicación: 11/03/2022

Relato

Conocía Espot de toda la vida, porque lo veía cada vez que pasaba delante del escaparate de la agencia de viajes que había en la esquina de la casa de mis padres. El resto de carteles cambiaba, pero el de Els Encantats, con el lago Sant Maurici a sus pies, era el único que se mantenía con independencia de qué destino estuviera de moda en cada momento.

Estaban ahí cuando iba al colegio. Y siguieron, cuando lo cambié por la universidad y hasta cuando dejé de verlos a diario para hacerlo solo los domingos cuando comía con mis padres.

Por eso aún no sé por qué me detuve ese día ante el cartel. Fue como si algo sobrenatural me forzara a fijarme en él. Me vino a la cabeza el ridículo programa sobre lugares donde las brújulas se vuelven locas sin razón científica con el que me había quedado dormido la noche anterior delante del televisor.

Ahí estaba yo absorto, mirando aquellos dos picos prácticamente gemelos, unidos por la base, como si fuera la primera vez que los veía. Cuando salí del ensimismamiento, reparé en las esquinas amarillentas del póster y en cómo las capas de papel de celo se habían estado superponiendo en sus esquinas para pegarlo al cristal todos esos años.

Sin ser muy consciente de lo que hacía, me vi empujando la puerta de la agencia. Creo que solo quería saber qué unía a don Manuel, el propietario, con aquellos picos. A lo mejor era de allí y hasta lo sabían mis padres, que le conocían de toda la vida.

—Hola, buenas tardes, don Manuel. Quería preguntarle por el cartel que tiene usted en el escaparate…

— Pero ¿vas a ser tú, Ricardo? ¡No me lo puedo creer! —En la cara de don Manuel se dibujó una espléndida sonrisa, en la que dejaba ver los blanquísimos dientes nuevos con los que, no sé si él sería consciente, pero a mí me parecía que había perdido 15 años.

—¿Cómo que yo? Don Manuel, no sé de qué me habla. Yo solo…

—¡Claro que eres tú! El hombrecillo que me trajo el cartel ya me avisó de que alguien, quien menos esperara, lo vería y vendría a preguntar. Espera un momento —Dijo, mientras se giraba hacia la estantería que había detrás de él y cogía una figurita de Els Encantats tapada por papeles.

—Espere, espere, don Manuel, que no soy yo, que ya vendrá otra persona, que yo no tengo ni idea de lo que me está hablando. Yo solo quería preguntar para ir a verlos un fin de semana. Este fin de semana, vaya. He conocido a alguien y por hacer algo distinto… No sé. Llevo tantos años viendo esos picos que hoy me he dicho que por qué no ir a verlos.

—No digas más. ¡Eres tú! Tienes que llevarte esto, que es lo que me dijo aquel hombre cuando me pidió que colgara el cartel hace, no sé, 25, 26 años… ¡Qué pinta más rara tenía, por cierto, con aquel sombrero, que parecía sacado de la película ‘Casablanca’ y que le quedaba pequeño! —Manuel pareció perderse en aquel recuerdo y yo me limité a preguntarle para qué quería la figura de los picos del póster.

—No te preocupes. Ya lo sabrás. Tú llévatela y lo sabrás, como yo hoy sé que eres tú quien tenía que venir a recogerlo. Te reservo habitación en este hotel que está muy bien. Habitación doble, ¿verdad?

Cogí la estatuilla y el resguardo del hotel. Quería salir cuanto antes de la agencia de viajes. Me sentía algo avergonzado por las dudas que se me habían despertado sobre la salud mental de don Manuel y me estremecí al pensar que no podía ser mucho más mayor que mis padres.

Tampoco era tan grave hablar de hombrecillos y regalar souvenirs, me dije, y debo admitir que enseguida me olvidé y mi única preocupación pasó a ser qué pensaría mi última conquista de Tinder con la excursión que había preparado sin consultarle. Tiré Els Encantats al maletero y no volví a pensar en que, según don Manuel, había sido el elegido hasta que el viernes recogí a María en su casa. La chica, habitualmente tímida y retraída, se mostró entusiasmada con el plan desde el minuto uno, como si se tratara del lugar al que siempre había querido ir.

—¡Me encanta! ¡Vas a alucinar, pero estoy deseando ir a verlos! —Me dijo con aquel acento extraño que hacía que apenas pronunciara las erres y, en cambio, marcara tanto las eses. A mí me encantaba, porque resultaba imposible saber de dónde era y a mí me parecía que la rodeaba de misterio.

—¡Qué bien! ¿Los conocías?

—La verdad es que no, pero, no sé, ha sido oírtelos nombrar y ya solo quiero ir allí. Y te diré que no es porque los hayas vendido muy bien… —Estaba claro que el destino había sido un éxito, porque María hablaba con una espléndida sonrisa en los labios; la historia del bueno de don Manolo pareció cobrar algo de sentido, aunque solo fuera el de la feliz casualidad, pero no merecía la pena darle vueltas.

Llegamos a Espot de noche y María seguía entusiasmada. Si por ella hubiera sido, al día siguiente hubiéramos hecho un curso de escalada. Solo quería hacer una cosa: visitar el lago, pero sobre todo los picos gemelos, el mayor y el pequeño, que la leyenda dice, me contó un tanto aturulladamente, que eran dos cazadores a los que se castigó convirtiéndolos en piedra por haberse saltado una peregrinación a la ermita de Sant Maurici.

No sé cómo lo sabía. Supongo que lo habría visto en Google. Pero lo que estaba claro es que no había más opción que ver de cerca a Cristòfol y Esteve, así que apenas desayunamos salimos para el parque nacional de Aigüestortes y Estany de Sant Maurici.

María no esperó ni a que cerrara el coche. Abrió el maletero, cogió la estatuilla y la metió en su mochila a la vez que empezaba a andar en dirección a Els Encantats. Parecía que conocía el camino y que su única obsesión era llegar hasta allí. Dio igual que yo tratara de darle conversación para que aflojara un poco el paso.

—Ya que estamos, estaría genial ver un urogallo. ¿Crees que será posible? Imagino que no será fácil, que no van a tenerlos esperando a los turistas —dije riendo.

Con independencia de lo poco ingenioso del comentario, lo que estaba claro es que María no tenía interés alguno en los urogallos, porque siguió avanzando hacia los picos como si no me hubiera oído; parecía poseída.

Debo admitir que yo no estaba muy en forma, así que me sacó distancia y desde lejos la vi detenerse en la base, quitarse la mochila y alzar hacia el cielo la estatuilla de Els Encantats. De repente lo que había sido un día soleado esplendido se oscureció como si fuera a caer el diluvio universal; un rayo cruzó el firmamento para caer justo entre el encantado mayor y el pequeño. Debí dejar de mirar un segundo, porque después de aquello ya no volví a ver a María.

Corrí hacia la base de los picos a medida que el cielo se aclaraba, pero allí solo estaba su mochila. Traté de trepar por si María había conseguido subir y estaba detrás de algún saliente, pero fue inútil. Por mucho que grité su nombre no obtuve respuesta alguna y acabé recurriendo a los agentes del parque para que me ayudaran a buscarla.

Me daba miedo que pensaran que le había hecho algo, que la había hundido en el lago o qué sé yo. De hecho, a medida que pasaba el tiempo sin encontrarla, notaba que aumentaba su desconfianza hacia mí.

Ya me veía pasando la noche en el cuartelillo, cuando alguien decidió empezar por el principio y revisar las cámaras que dan acceso al parque. Quería una imagen buena de María para extender la búsqueda.

—Perdona, Ricardo. María iba sentada en el asiento del copiloto cuando entraste al parque, ¿verdad?

—Claro, ¿dónde iba a ir? —contesté, sin saber a dónde podía llevar una pregunta tan estúpida. Solo lo entendí cuando el agente me extendió la tableta y en la imagen de la cámara solo se me veía a mí; el asiento del copiloto estaba vacío.

La desconfianza se tornó en compasión y no sabría decir qué prefería que sintieran por mí. Luché contra la evidencia pidiendo que llamaran al hotel, que en recepción les informarían de que yo había llegado con María y que desayunamos los dos en el buffet. También resultó inútil. Tampoco allí la recordaban, así que pasé de principal sospechoso a pobre loco casi con la misma rapidez con la que había decidido pasar el fin de semana en Espot.

Me sentía tan derrotado cuando volví al hotel que habría dado dinero por no tener que cruzarme con nadie. Abrí la puerta de cristal mirando al suelo, como si así pudiera esquivar la mirada del recepcionista, pero no lo conseguí. El chico me estaba esperando para decirme que alguien quería verme en la cafetería. Pensé en María y no pregunté más.

Pero en el bar no estaba María. Solo había un hombrecillo con un sombrero de ala ancha que le estaba pequeño. No había nadie más, así que me acerqué a él casi por inercia.

—En nombre de mi planeta quería agradecerle su papel en esta historia. Sin usted María nunca hubiera podido regresar a casa. No se preocupe, que está bien. Es lo que deseaba desde hace años. Y tranquilo nadie va a pensar que le ha hecho algo, porque para ustedes, terrícolas, María nunca ha existido. Por eso nadie la recuerda ni la graban las cámaras—dijo con un aplomo que me dejó sin palabras.

Sin darme tiempo a reaccionar se dio la vuelta y se marchó del hotel. Y yo me quedé cual pasmarote, esperando a que alguien saliera a decirme que había sido víctima de una cámara oculta con un gran ramo de flores, como pasaba en esos programas con los que a veces que quedaba dormido viendo la tele.