Crisantemos Rojos


Autor: Seba Drone

Fecha publicación: 24/01/2022

Relato

Crisantemos cayeron a sus pies. Sangre y pétalos. Luego su cuerpo. Por último la hoja ya bañada en rojo. Las huellas se iban alejando. Su perfume se mantuvo unos instantes flotando en el aire. Pero ya se había ido…
Tantas veces quiso llegar a conocer a alguien. Alguien que se pierda en su mirada, pero que lo entienda a la vez.
Este sería su último año en la facultad, después vendrían los años de espera hasta conseguir un trabajo estable. En un principio tendría que conformarse con un puesto de profesor sustituto. Le quedaban cuatro materias, en tiempo serían, si todo salía como él deseaba, un año más.
En una de las primeras clases fue que la conoció. Ella había llegado tarde.
Al entrar al salón casi colmado, todos se voltearon para verla, no porque había entrado alguien al curso, sino por el perfume que irradiaba.
Cuando pasó por su lado, sin querer, lo rozó con su falda. Él supo en ese momento que pasaría su vida tratando de conquistar a aquella mujer. La elegida había entrado a su vida y jamás se iría, al menos no antes de dejar una gran marca en su destino, quizás la última y más importante.
Pasaron dos semanas y ni se habían cruzado palabra. Decidió dar el primer paso. Al terminar la última clase del día, con el pretexto de pedirle unas fotocopias, puedo compartir un momento junto a ella.
Lo primero fue intercambiar nombres. Miel tuvo en sus oídos al escuchar esa voz tan suave. “Bruma” sería el nombre por el cual se perdería completamente. Sería el cantil dónde depositaría sus sueños y dónde dejaría sus alegrías para obtener el peor de sus sufrimientos.
Había pasado ya medio año y sus charlas habían sido pocas, pero intensas. Él presentía un halo de cariño, interés o quizás amor. No lo sabía con certeza.
Suponía que ella también tenía interés por él, pero por miedo al fracaso no se animaba a dar el siguiente paso.
Decirle todo lo que sentía era su mayor prioridad. Dar a luz tanto amor reprimido le era urgente. Sabía que tenía hasta fin de año y que seis meses se pasaban volando.
Si no le expresaba lo que sentía sabía que ese amor se pudriría dentro de él y cambiaría. Mutaría en odio y ya nada sería igual.
El día había llegado. Eligió un viernes, para tener tiempo de invitarla a tomar un café y ahí entregarle su secreto. Ponerlo a sus pies cual ofrenda para una diosa.
Al terminar la clase, se apuró a salir para no perderla, tenía que ser ese día y no otro.
Espero en la esquina pacientemente. Cuando la vio salir de la facultad trató de acercarse, pero se detuvo. Algo estaba mal.
Otro hombre la esperaba.
Su ilusión se deshizo en aquel prolongado abrazo. Aquel descubrimiento puso el punto final a todo.
No lo aguantó. No pudo quedarse ni un segundo más.
Se dio media vuelta, enjugó aquella lágrima amarga y se alejó.
Se sentía defraudado por el mundo. Sus pies se movían sin saber hacia dónde, ni porqué. Sólo caminó en aquel triste atardecer de su alma.
La caminata terminó en el mar. La idea de entregar su alma a las aguas era cada vez más tentadora. Ahogar tanto sufrimiento en esa negruzca marea y dejar el sufrimiento para la otra vida le parecía una acción tranquilizadora. Pero sabía que ese era el camino más fácil y encaminarse en él era sucumbir ante la cobardía.
Se dio cuenta que el dolor le había quitado el razonamiento y antes de cometer alguna estupidez decidió ir a su casa.
El camino de vuelta fue más largo que el de ida. La ira, como un manto negro, le cubría los ojos.
Al llegar a su casa, con el alma estrellada por haber impactado contra su fracasado amor, se dio cuenta que no podría vivir con ese pesar.
Tomó la campera de donde la había dejado.
Antes de salir a la calle lo sorprendió un oscuro pensamiento: “si no era de él no sería de nadie”.
Su ceguera lo había llevado a un tomar un cuchillo y salir sin reparar en futuras consecuencias. “Somos todos juguetes del destino” dijo para sí mismo, recordando aquella frase de Shakespeare. Frase que se repetiría el resto de su vida.
Al llegar a la esquina pudo distinguirla entre los árboles. Ya era de noche. Nadie circulaba en la calle a esas horas.
¿Había ido hasta su casa para reírse de él? Eso no lo podía permitir.
Vio que estaba sola, con las manos en la espalda, como cuando la ingenuidad espera para cruzar la calle.
La sangre espesa, que en estos momentos galopaba por sus venas, pudo más. Se doblegó ante su ira. No pudo contener el torrente de furia e impotencia que tenía.
Se acercó casi corriendo y de una sola estocada penetró el cuerpo de la chica.
Un trueno quebró la quietud de la noche. La lluvia no se hizo esperar.
Fue en ese instante donde, al desplomarse con sus brazos al costado del cuerpo, dejó descubrir el verdadero motivo de su presencia.

Crisantemos cayeron a sus pies. Sangre y pétalos. Luego su cuerpo. Por último la hoja bañada en rojo.

Ahí pudo entender todo. Ella estaba ahí para decirle lo mismo que había querido decirle esa tarde a la salida de la facultad.
Comprendió que ella amaba tanto su perfume, como él el suyo.
Su amor hubiera sido eterno, imperecedero.
La idea de quitarse la vida y emprender el largo viaje hacia lo desconocido junto a su amada pasó fugazmente por su mente, sin embargo no atinó a mover un dedo. Se quedó paralizado.
Sus huellas no se alejarían nunca, las únicas en alejarse serían las de su libertad.
A la mañana siguiente la policía encontró el cuerpo a sus pies. Él, todavía petrificado, tenía el semblante mojado e inanimado.
Un río rojo se escurría entre sus pies. Los pétalos, aún enrojecidos por la sangre, eran pequeños barcos varados en una laguna sangrienta.
La vida había sido justa.
Finalmente comprendió que el verdadero castigo no era la cárcel, sino vivir sabiendo que había matado al amor de su vida.
Su soledad es más sola cada día. Su alma más negra con el transcurrir de las horas.
No pasa un solo día sin recordar esos cinco segundos que cambiaron su vida. Que le quitaron sus sueños.
No pasa un solo día sin sentir ese perfume mantenerse flotando en el aire. Pero todo era en vano, ella ya se había ido…

Fin