CAÍDA LIBRE


Autor: RAMIR0 BRANCO

Fecha publicación: 19/03/2022

Relato

Caída libre

Cuando llegamos al hotel, lo hicimos durante la noche. La membresía al club nos brindó cierta ceremonia de llegada, pero la tardanza del vuelo nos hizo caer de madrugadas. Solo el frío, y un par de turistas que seguían en la barra hasta altas horas de la noche nos dieron la bienvenida. El resto fue irse a la cama, a tratar de combatir el agotamiento inevitable de un viaje extenso en las nubes. Al despertar del día siguiente, nadie nos puso en andas muy temprano, quizás para que aprovecháramos de tener un descanso definitivamente reponedor. A raíz de ello fue que despertamos a eso de mediodía. Cuando por reflejo inicial abrí las cortinas, un brillo resplandeciente casi me dejó ciega. Eran los nevados que refulgían dolorosamente para mis pupilas. A medida que pasaron los segundos, mis ojos se fueron acostumbrando, y ya de a poco pude ir descubriendo las pequeñas minucias metálicas que se empezaron a dibujar como el centro de esquí, y su montón de usuarios. Parecían hormigas caminando en una gigantesca montaña de azúcar, con cables y fierros diminutos. Me puse en pie y rápidamente desperté a mi tía. Si yo ya era buena para dormir, ella lo hacía aún más, por lo que, además de mantener las cortinas abiertas, encendí el radio. Fue algo bastante inútil, pues lo único que sonaba era la emisora policial, que se encargaba más bien de entregar reportes de carreteras y accesos, junto con una que otra información de carácter útil. Aun así, con el bullicio aburrido, conseguí que ella despertara. Tras las higienes y afeites respectivos, salimos de la habitación. Para nuestro infortunio, la hora del desayuno del hotel ya había terminado. Sin embargo, gracias a la membresía, pudimos hacernos de una deliciosa merienda, aunque tampoco comimos demasiado. Terminado ello, y tras volver a nuestra habitación para equiparnos, nuevamente descendimos. Ahora, con todas las intenciones definidas, y con algo más de resolución y energía, nos fuimos de lleno a la principal atracción, y objetivo central de nuestra visita: el centro de esquí. No mentían quienes hablaban de que nadie te cuenta que hay que resguardarse del frio en estos parajes. Nosotras, advertidas y preparadas, nos fuimos con nuestros trajes especiales, en busca de un par de tickets para poder hacernos de un juego de esquís de renta. Acto seguido, repetimos el proceso para poder acceder al andarivel que nos llevara hasta lo más alto. Tras hacer una breve fila, en la que en realidad casi no charlamos, pudimos al fin obtener nuestros boletos, para luego subirnos a estos asientos levadizos que en mi vida había montado antes. Mi tía sí les conocía. Ya en ellos, y de subidas, de a poco la brisa te enseña que es mejor estarse atenta, y muy firme en asirse. Fuera de este vaivén que asusta con traicionarte y tumbarte, no hay cómo saber y sentir que respiras un aire diferente. Yo, hasta ese entonces, amaba el aire marino, pero pude notar, con cierto sabor a traición, que no había mayor frescura que ese soplo de viento que parece sacado de una nevera, pero sin los hedores desagradables de los alimentos, sean cuales sean. Además, muy a confesión, en la montaña no te hace ruido esa típica pequeña fragancia a pescado que, inevitablemente, te pega en la costa. Aquí no pasa nada de eso, aunque el frio está de encargo. De la vista, ni hablar. Creo que fui de a poco entendiendo la elección que hiciera mi tía, y, fuera del pesar que significaba su compleja invitación, no podía mentirme y señalar que en verdad el lugar era hermoso, en múltiples sensorialidades. Los oídos se me taparon como tres veces, pero con el truco ese del tragar saliva, lo pude paliar. A mi tía, apenas le podía ver una enorme sonrisa. Con las gafas de esquiar que nos llevaban más de la mitad del rostro, y el sol que, a trazos tímidos, le hacía brillar los cristales, no se le notaban los ojos. Quizás hubiera yo preferido verle, para notar qué expresaban, pero la situación no lo permitía. Estando ya en el punto más alto de nuestro recorrido en ascenso, se nos hizo la hora de bajarnos. De un ligero brinco pudimos abandonar el no muy cómodo asiento que nos cobijara por espacio de minutos, y pudimos al fin ver la ladera que nos esperaba cuesta abajo. No era precisamente muy escarpada, por lo que no revestía mucha exigencia, lo que le hacía muy llevadera para cualquier novata, como yo. Cuando estaba a punto de coger a mi tía del brazo, para arrojarnos por este descenso seguro, ella se mantuvo rígida, sin permitirme moverla. En su quietud, noté que su cabeza estaba girada hacia otro sector, el cual no lucía muy dispuesto para los turistas. Una reja de prohibición indicaba que no era zona apta para la práctica del deporte blanco. Como estatua, ella permaneció mirándole, como esos perros de presa a los que nada ni nadie les hará olvidarse de lo que tienen entre cejas. Con sus pasos típicamente lentos, a esas alturas de su vida, empezó a hacerse ruta hasta este intrincado lugar. Pese a mis reconvenciones, no pude detenerle, y solo atiné a ayudarle a tratar de cruzar dicha verja, que en realidad no daba mucha batalla a quien quisiera vulnerarle. Un par de tirones por un punto débil, junto a un arbusto mediano, y ya estábamos al otro lado. La ausencia del trajín frecuente de personas le daba al lugar una atmósfera casi divina. Al dar pisadas en la nieve, nuestros esquís se hundían levemente, y casi a la rastra era posible avanzar. Hasta los árboles lucían más hermosos de este lado. Luego de unos cuantos metros de paradisiaca ruta, llegamos hasta un punto donde se detenía la breve planicie. En su límite, una ladera mucho más inclinada que la que dejáramos al bajar del andarivel. Al fondo, bastante abajo, apenas se veía una caseta, y ciertos indicios daban muestra de que más de algún osado deportista había visitado en cierta ocasión estos parajes. Ella avanzó a paso firme, pese a la nieve copiosa. Se acomodó bien sus esquís y probó la presteza de sus brazos para con los bastones. Fue inútil que tratara de convencerle de lo riesgoso y poco aconsejable de lo que estaba intentando hacer. Hubiera sido peor si le hubiera dicho que a su edad era mala idea hacerlo, pues hace rato que ese argumento de los años solo hacía que hiciera con más determinación las cosas. Lo único que hizo fue darme un fuerte y sentido abrazo, mismo que me diera antes, cuando fuera la única miembro de la familia que decidiera acompañarle en secreto a este viaje. Pese a sus aparatosos lentes, pude notar que una lágrima bajaba por su mejilla. Antes de que le diera lugar al arrepentimiento, me dio la espalda y fue a reencontrarse con el vértigo y fuego vital que enfrentaba de joven, cuando esquiaba competitivamente, mucho antes del cáncer terminal, de las eternas salas de hospital y la inevitabilidad de su pronta muerte. No sabía bien si completaría el descenso sin hacerse daño, o si es que su corazón y cuerpo soportarían la exigencia. Dudé por unos instantes si es que en verdad estaba haciendo lo correcto. Fueron eternos segundos de verle bajar sintiendo que definitivamente le perdía, aunque, quizás, por primera vez en mucho tiempo, ella por fin dejaba de sentirse perdida.