Café y copos de nieve


Autor: Tilly Larsen

Fecha publicación: 19/03/2022

Relato

Abrió los ojos lentamente y una gran sonrisa se dibujó en su cara. El repiqueteo de la campana de Santa Llogaia la había sacado de su sueño pero no le importó, era feliz como no lo había sido nunca. Extendió un brazo y sintió el frío de las sábanas en el otro lado de la cama. Y le vino a la cabeza la noche anterior. Ahogó un grito y se tapó la cara con las dos manos al recordar todo lo que habían hecho, con lujuria, con anhelo, con desesperación, como si no hubiese un mañana, pero con la certeza de que ahora sí lo habría. Tanta pasión y deseo contenidos tantos años. Tanto tiempo coincidiendo en el espacio, pero no en el tiempo. No era su momento, pero eso ya era pasado. Hoy era hoy, 22 de septiembre, Sant Maurici: Festa Major d’Espot. Cuántas veces había soñado con estar allí ese día y ese día había llegado.

Fue su padre el que descubrió ese paraíso para la familia en un viaje casual que les cambió la vida a todos para siempre. Aunque ahora ya sabía que las casualidades no existen. La primera vez que subió desde el cruce del Pantà de la Torrassa ya se emocionó al ver la majestuosidad de la Pala en las primeras curvas y cada vez que volvía era lo primero que hacía que se le saltasen las lágrimas. Igual que la última bajada por la Rampa en cada viaje a esquiar.

Ahora ya no habría más últimas bajadas. El puesto era suyo. Era la médico titular de la estación de esquí, viendo por fin así cumplido su sueño. Era un trabajo de temporada, pero lo tuvo claro desde el principio: abriría un consultorio privado en el pueblo y lo atendería los meses que no trabajase en las pistas. Y en ello estaba. Enamorada de Espot desde el primer día y de la medicina desde que tenía uso de razón, se especializó en radiología y traumatología e hizo un máster en emergencias. Sabía que se pasaría los días entre contusiones, lesiones de ligamentos y todo tipo de huesos rotos. Un bonito reto en un destino maravilloso que la hacía estar impaciente porque llegase diciembre y con él el inicio de la temporada.

Se asomó a la ventana atraída por el sonido del agua. Las vistas al río Escrita y al puente románico eran espectaculares. El Pont de la Capella, de un solo ojo y arco de medio punto, suficiente para soportar el peso de los primeros besos y envites de su pasión desmedida unos cuantos años atrás. A veces pensaba en la memoria de las piedras y en todo lo que podrían contar si hablasen. Habían pasado algunos años de aquello pero aún se sonrojaba al recordarlo. ¿Lo recordaría él con la misma intensidad? No regresaría hasta media mañana. Le había dejado una nota: “Tengo trabajo. Te veo en unas horas. Por cierto... Ponte algo de ropa o me vas a volver loco”. No pudo evitar sonreír al leerla pensando en lo mucho que lo amaba. Se sentía exultante y pletórica. No le podía pedir nada más a la vida. Sentía la necesidad de agradecer todo lo que tenía y en ningún caso le vino a la cabeza nada material.

Con ese sentimiento de plenitud decidió salir a dar un paseo. Le encantaba esa parte del pueblo, Espot Solau, precisamente por eso, por el sol. La otra parte del pueblo, Espot Obaga, era la zona de umbría y, a pesar de ser más fría, era la que albergaba casi toda la vida social. Era el río Escrita el que dividía de esta forma al pueblo. Bajaba desde el Estany de Sant Maurici y atravesaba Espot con fuerza para acabar enriqueciendo con sus aguas al río más importante de la comarca, la Noguera Pallaresa.

En cualquier caso, era incapaz de decidir si Espot le gustaba más en invierno cubierto de nieve, en otoño con la variada gama de colores de las hojas de los árboles o en verano todo verde y lleno turistas atrapados por la belleza del Parque Nacional. Y es que era imposible no quedar maravillado con sus casi 200 lagos y estanques de alta montaña, con su vegetación salvaje y con especies tan peculiares y difíciles de encontrar en su hábitat natural como el gallfer o el trencalòs. Sabía con certeza que, de no haber sido médica, habría estudiado algo relacionado con la naturaleza y en ese caso tampoco le habría importado trabajar allí. Adoraba las excursiones por el parque, las pasarelas de madera para llegar al Estany de Sant Maurici desde el Prat de Pierró, ir descubriendo huellas de isard, de corzo o de jabalí por el camino, la presa del propio Estany de Sant Maurici, la cascada del Ratera y, cómo no, el macizo de Els Encantats, auténtico símbolo del parque. Podía pasarse horas contemplando esas míticas montañas majestuosas reflejadas en el lago recordando la leyenda de Cristòfol y Esteve, los cazadores que quedaron petrificados como castigo por subir a la montaña a cazar en lugar de asistir a la Romería y cuyas figuras, decían, se podían ver en la brecha entre los dos picos. Incluso había quien decía que se podía distinguir también la figura del perro que los acompañaba. Ella, por más que lo intentaba cada vez que subía al parque, nunca había conseguido verlo.

Pero sin duda su excursión favorita era la del Llac Negre, por muchos motivos: el primero porque podía ver los estanys de Trescuro, que le parecían los más bonitos del mundo; el segundo por la inmensa paz que se respiraba allá arriba y el tercero porque era incapaz de olvidar la última vez que habían subido hacía poco más de un mes. Habían aprovechado para hacer noche en el refugi Josep Maria Blanc coincidiendo con las Perseidas y jamás en su vida había visto el cielo como aquella noche. Todavía se emocionaba al recordarlo. Nunca había visto un espectáculo tan mágico como ese: una lluvia de estrellas en un cielo tan límpido. Y para culminar una noche mágica, habían hecho el amor al aire libre, bajo ese cielo estrellado una y otra vez hasta caer rendidos.

Decidió bajar callejeando entre las casas. Era como vivir en un pueblo de cuento: calles estrechas, casas con gruesos muros de piedra, inclinados tejados de pizarra y flores en las ventanas incluso en invierno, algo que le maravillaba. Bajó por la Iglesia, cruzó la Plaça de Sant Martí y se dirigió hacia el puente dejando el Juquim a la izquierda. Pasó por delante de La Voliaina y se adentró en la calle Roca Blanca hasta llegar a la Casa Sarros. Le gustaba salir del pueblo por ahí, casi tanto como descubrir nombres de casas: Casa Sarros, Casa Peretó, Casa Tistó, Casa Turet, Casa Palmira, Casa Colom y muchas más que todavía no había visto. La mayoría estaban habitadas por descendientes de los primeros propietarios que habían hecho el esfuerzo de cuidarlas, mantenerlas y habitarlas. Porque esos nombres eran mucho más que el nombre de una casa, tenían una historia detrás. Se preguntó si habría algún libro que recogiese esa información, el nombre de todas las casas de Espot y su historia. Anotó mentalmente preguntar si existía ese libro. Le encantaría poder conocer las historias de todas esas familias que habían transitado las calles que iba recorriendo ella ahora. Llegó casi hasta la salida de Espot y giró por un camino a la derecha buscando la carretera que bajaba de la estación de esquí para volver a entrar al pueblo por la parte alta.

El ambiente era de fiesta, un trajín de gente engalanando calles y preparando todo para los actos de esos días: conciertos, correfocs, campeonato de bitlles… Todo el mundo estaba haciendo algo. Ese día todo el pueblo subiría en Romería a la ermita de Sant Maurici y celebrarían allí una comida popular. Era una de las tradiciones más bonitas y se moría por vivirla. Llevaba muchos años yendo a Espot, pero siempre en temporada de esquí o en pleno verano y había escuchado tanto acerca de esta fiesta que soñaba con ella y estaba deseando vivirla. Eso le hizo pensar en las tradiciones que recordaba de Espot, como la Xocolatada de Carnestoltes en el Juquim cuando era pequeña o el concurso de disfraces en La Cuadra, cuando aquella niña que se llevó el premio disfrazada de espantapájaros. Y luego ya en plena adolescencia las míticas fiestas de carnaval en El Sapastre, y en La Coveta. Tampoco se quedaban atrás los disfraces en pistas y las bajadas de antorchas, con la emoción de quedarse arriba cuando la estación cerraba, los nervios pensando en no caerse en plena bajada, el orgullo de haberlo hecho bien y lo genial que sentaba el vino caliente al llegar abajo. Cuántos recuerdos bonitos y cuántas vivencias acumuladas.

Se unió al grupo que estaba empaquetando las viandas para la comida y se le hizo la boca agua viendo los manjares típicos que iban a degustar ese día: civet, remenat de bolets, un surtido de quesos y embutidos: bull de llengua, xolís y secallona. Iba a echar de menos su favorito, el embotit de carnestoltes, pero como su propio nombre indicaba, sólo se comía en época de carnaval. Lo que sí había era girella, el único embutido de cordero que había visto en su vida y que estaba para chuparse los dedos. Se percató de que tampoco faltaban las botellas de Ratafia, imprescindibles en cualquier celebración y en los días fríos de esquí, por supuesto.

Alguien llegó por detrás y le tapó los ojos. No podía verlo pero su olor era inconfundible. Se giró buscando su abrazo y sus labios y pensó en lo cierto que es eso de que uno siempre regresa a los lugares en los que amó la vida. Y deseó que ese abrazo durase para siempre, a sabiendas de que para siempre es demasiado tiempo.

Ese día Espot olía a tradición y a fiesta, a felicidad y a risas, a besos y a sueños cumplidos. No tardaría en llegar el invierno y con él su inconfundible olor a café y a copos de nieve.