Altos vuelos


Autor: Sandro Baurú

Fecha publicación: 01/02/2022

Relato

Altos vuelos

Extendió las alas y dejó que una masa de aire cálido impulsara su ascenso. El Gran Tuc de Colomers crecía en el horizonte mientras ella dejaba atrás la ladera que descendía hacia el valle. No tardó en ayudar a la corriente térmica, aleteando con fuerza cuando notó que se desentendía de ella. Al alcanzar los tres mil metros dejó de batir sus alas, y comenzó un suave descenso buscando el sustento del día. Viró hacia el sur y rodeó el Gran Encantat. Nada. Giró al norte y perdió altitud planeando hacía Sant Maurici d’Espot, donde tampoco encontró alimento alguno. Con un ligero esfuerzo, aprovechando la brisa que rolaba, puso rumbo este y se elevó de nuevo siguiendo el curso del Escrita. Cuando sobrevolaba Espot, echó en falta las cumbres y los lagos conocidos; cambió el plan de vuelo, y dio media vuelta para regresar al parque nacional en el que vivía. Fue entonces cuando vio a sus primos lejanos rondando en el cielo. Mucho más abajo que ella, tal vez a solo cien metros del suelo. Los buitres —por muy leonados que puedan llegar a ser— dependen de las térmicas para mantenerse en el aire y ganar altitud, mientras que ella, como sus otros parientes distantes, las águilas, tiene más recursos.

Además de poseer unas alas considerables —cuya envergadura puede alcanzar los tres metros en algunos ejemplares—, las de los quebrantahuesos son más estilizadas que las de otros carroñeros; su cola mucho más larga; y la musculatura y aerodinámica de su cuerpo, casi las de un águila. Casi. En cualquier caso, la rutina circular de sus familiares en el cielo captó su interés. Había algo cerca del Estany de Ratera que les interesaba. Algo que, tarde o temprano, interesará a la quebrantahuesos también, por lo que se dirige al circulo de aves y, poco después, comienza un rápido descenso.

Cuando alcanza los cincuenta metros de altura opta por no entrar en vuelo rasante, y comienza a remontar sin dejar de escrutar el terreno. Será unos días más tarde cuando valga la pena posarse —después de un intenso y agotador batir de alas con el que reducir su velocidad y preparar el incierto aterrizaje—, ya que ha comprobado que se trata de una muerte reciente. Una vaca que no salió del trámite de su último parto bien parada. La quebrantahuesos deberá aguardar a que sus primos, y otros oportunistas, se ceben con la carne putrefacta. Su dignidad, y el nombre del que hace gala, le impiden mancharse con los despojos, hundir su pico donde gusanos, larvas y moscas habitan. Aunque volverá a visitar el paraje, porque siempre recuerda la ubicación de un futuro festín delicioso. Y cuando lo haga solo las partes más duras, los huesos y grandes tendones, le estarán esperando; limpios de cualquier resto sanguinolento que pueda ofenderla. Si bien es cierto que en algunas épocas del año, cuando el alimento es escaso, otros quebrantahuesos se unirían al convite, ella aprendió a no hacerlo. La poca carne que come suele ser fresca. De pequeños reptiles normalmente, incluso de tortuga cuando la encuentra, a la cual da el mismo tratamiento que a los grandes huesos que no puede tragar enteros: los deja caer, desde la altura que considere pertinente, sobre su osario o rompedero; tantas veces como sea necesario, hasta despojar, al animal o a la médula, de su armadura.

Pero la perdida de altitud no ha sido en vano: una pareja de lagartos verdes, intentando reproducir su especie, se abandona con pasión a la tarea. Ninguno de los dos es consciente de que los movimientos que esto conlleva serán el motivo de su desgracia. La quebrantahuesos cambia la dirección que lleva bruscamente, y desciende en un picado acrobático a su encuentro. Después de un zumbido y la aparición de una súbita sombra, los dos amantes experimentan su primer y último vuelo, entre las garras de la rapaz, que emite un chillido de júbilo triunfal mientras se eleva con la pareja hacía el cielo. Se dirige sin perder tiempo al nido que ocupa desde de hace años. Situado en un risco del circo de Colomers, es un lugar seguro para criar a sus pollos; lo ha sido siempre. Algunas veces, los halcones y otras aves de presa—incluso las águilas, con quienes comparte ancestros—, la hostigan reclamando el territorio. Normalmente, el trance se solventa con una acrobacia aérea, sea un tonel o un derrape, por parte de la quebrantahuesos. Aunque también hay ocasiones en que debe dejar caer un fémur de cabra, con acierto y desde la altura adecuada, sobre los más retadores, para zanjar la querella y marcar un territorio que hace años que considera suyo. Además, es una zona rica en rocas y barros ferruginosos que ella no está dispuesta a ceder; el color anaranjado de su pecho muestra claramente el porqué.

Los pollos reciben a los lagartos con la boca bien abierta. Solo la pericia de la madre consigue que el más pequeño obtenga algo con lo que llenar la suya. El dominante suele ser más exigente, apartando al otro con sus alas, pero los adultos, los dos machos y la hembra, aseguran un reparto equitativo del alimento que llevan hasta el nido. Hace casi cuatro meses que las crías nacieron; en pocos días realizaran su primer vuelo. Un momento crítico para los de su especie. Afortunadamente para ellos, el acuerdo amoroso que su madre cerró con los dos machos les ha asegurado el sustento hasta ahora y, más tarde, les proporcionará los conocimientos necesarios para emanciparse. Todavía falta casi un año para que esto ocurra. Si tienen suerte, durante el tiempo que permanezcan al lado de su madre, aprenderán de ella a no ingerir carne podrida; o a hacerlo solo como último recurso.

Porque aunque la quebrantahuesos no lo sabe, su costumbre de ingerir solo huesos, y apenas comer algo de carne fresca, ha impedido que muriera envenenada junto a los buitres cerca del Estany de la Ratera, donde alguien dejó una vaca muerta impregnada de un insecticida muy tóxico, el carbofurano. Por suerte para ella —y sus pollos— también habrá alguien que detectará el crimen ecológico, retirará los despojos envenenados —incluidos los huesos— y limpiará la zona, evitando que la quebrantahuesos sea otra víctima de los miedos, las mentiras y la estupidez humana. Tal vez sea la inteligencia, la compasión y la solidaridad, todas ellas también humanas, las que hacen que poco después alguien más, cerca del mismo paraje, descargue el cadáver de un animal: una cabra, que vivió una vida envidiable en el Pirineo, produciendo leche, quesos, así como decenas de crías, y que una vez muerta, de puro vieja, sus dueños han decidido abandonar en el monte —con la autorización pertinente y, por supuesto, sin emponzoñar el cadáver— para que la fauna del Parque Nacional de Aigüestortes y lago San Maurici siga dando que hablar o que escribir y, más importante aún, para que lo pueda seguir haciendo siempre.